Hoy todo son palmaditas en la espalda, demasiadas a mi parecer. Aunque cierto es que viendo los Goya de los últimos años es fácil que la cosa salga mejor echándole un poquito de imaginación, tan sólo un poquito. De eso y de recursos Corbacho no anduvo corto anoche, pero ciertas cosas llegaron a chirriar durante la gala de los Goya.
Antes que nada, lo más alarmante fue eso de ver una gala en diferido. ¿Para qué hacerlo así?, ¿para censurar los previsibles momentos de aburrimiento?, ¿para tapar la boca a gente que se enrolla demasiado en sus discursos?
Sea como fuere, la gala empezó pintando bien -el anuncio de 'Be Water My Friend' da juego hasta para unos premios de cine-. El soporífero espectáculo de otros años no se repitió, gracias a un presentador que intentó mantener el ritmo bien alto. Tan alto que aquello llegó a parecerse demasiado a una versión estilizada de Homo Zaping.
Si otros años se apostó por un clasicismo que llegó a aburrir al más despierto este año se apostó por algo aún peor, por la horterada irreverente. Corbacho es un tipo simpaticote sí, pero su desfile de trajes que dañaban la vista fue para mí el punto negro de la gala. Y no es que la calidad de unos premios como estos se midan por su estilismo, pero se antoja como un recurso insulso para llamar la atención del espectador.
Para dar espectáculo no es necesario dar la nota, ya sea con un traje o haciendo el mono sobre el escenario. Fallaron, como en tantas otras ocasiones, muchos de los actores y actrices encargados de repartir los 'pequeños premios'. De éstos, pocos no parecían nerviosos o artificiales a la hora de presentar a los candidatos y luego dar el premio. A mi parecer, para este cometido, lo mejor sería tirar de alguien con tablas en el campo del teatro, acostumbrado a hablar frente a un auditorio numeroso.
Desde una perspectiva general los Goya de este año mejoraron frente a los anteriores, pero hay que ser exigentes e ir más allá. No es de lógica imitar el show a la americana de los Oscars, pero si se quiere atraer la atención hay que hacerlo bien y con buen gusto, ayer quizás faltó algo de esto.
Se echó de menos al gran vencedor Almodóvar, que por 'h' o por 'b' no se presentó. Sus razones tendrá, quizás relacionadas con sus desencuentros con la Academia, pero en la noche grande del cine español uno de nuestros directores más internacionales no debió faltar.
La música sí que falló. Estrella Morente, sobresaliente, pero creo que más actuaciones musicales hubieran amenizado más la gala para los telespectadores y para los allí presentes.
Por último, algo que no me gustó es eso de otorgarle protagonismo a determinados personajes -la mayoría conocidos por series de TV- en lugar de a los verdaderos protagonistas: los premiados. Ahora, tan sólo nos queda una resaca semi dulce y la esperanza de que el próximo año los Goya se consoliden como una noche para pasarlo bien delante de la tele. Para ello habrá que pensar nuevas fórmulas, escenarios, participantes...La cuenta atrás ya ha empezado.