Un estudio hecho en Valencia concluye que los escolares de más de 6 años pasan de 1.500 a 2.000 horas anuales frente al televisor. En las aulas, solamente 1.000. Supongo que los resultados serán semejantes en Burgos, Mallorca, Almería y otros lugares.
Si uno fuese un cínico, diría que para lo que aprenden en algunos colegios mejor que no los frecuenten demasiado. Pero ni uno es un cínico ni la afirmación sería cierta: lo que aprenden en la tele aun es peor.
El problema radica en el descontrol. Otros países son más mirados en cómo utilizan su tiempo los menores: desde lo que dedican al deporte hasta la lectura. A todos nos han llegado las campañas en que tipos populares como Arnold Schwarzenegger o Shaquille O´Neal animan a los niños norteamericanos a leer.
Aquí, desde aquellos remotos y añejos dibujos animados nocturnos que instaban a ir “a la cama, que hay que descansar, para que mañana podamos madrugar” hasta hoy, no hemos vuelto a ocuparnos de que nuestros hijos apaguen el televisor. Es más: casi la mitad de los niños tiene un aparato en su propio dormitorio y lo usan cuando les da la gana.
Lo lamentable es que tales cifras y porcentajes ya ni nos escandalizan. Los asumimos como algo connatural a esta sociedad del consumo, el espectáculo y la banalización.
Todo esto no sería demasiado preocupante, digo, si tuviésemos una televisión a la altura de la escuela. No es que la docencia esté para echar cohetes: entre los absurdos vaivenes de la legislación, el desánimo del profesorado, el creciente acoso escolar y la falta de respeto por parte del alumnado, no podemos presumir precisamente de nuestro nivel educativo.
Se explica, por consiguiente, que las últimas estadísticas sitúen los conocimientos de los alumnos españoles entre los más bajos de Europa. Y en descenso.
Con todo, digo, la calidad de nuestro sistema educativo es muchísimo mejor que la de nuestra tele. Ésta incumple por sistema todas las normas sobre protección del menor, autorregulación de contenidos y hasta las leyes contra el libelo y la difamación. Las pautas de conducta que trasmite son la confrontación, la insolidaridad, el escándalo y la ausencia de valores éticos en el comportamiento. No es que lo diga uno, sino que lo denuncia repetidamente el Defensor del Pueblo, Enrique Múgica.
Y lo que dice la tele cala en el personal. Como recuerda el presidente de los consumidores valencianos, Fernando Móner, “la mente retiene el 30 por ciento de lo que se ve en imágenes y el 20 por ciento de lo que se escucha”.
O sea, que lo malo no es pasar casi todo el día frente al televisor, que también, sino lo que éste nos enseña. Si a los mayores suele atontarnos, no les cuento lo que debe suceder con los más pequeños.