Hay países con tan poca historia que cualquier acontecimiento lo convierten de inmediato en celebración heroica. Ahí tenemos, si no, a Estados Unidos con su famosa batalla de El Álamo y la leyenda de David Crockett.
Sin apenas nada que rememorar, la obligada elevación en 1890 de las calles céntricas de Seattle por un problema de cañerías es hoy su equivalente turístico, por ejemplo, a nuestra catedral de León. Qué decir de Nueva Orleáns, donde sólo el jazz llenó el vacío tras la marcha de los franceses hasta la reciente tragedia del huracán Katrina.
Quizá por esa falta de referentes del pasado, los norteamericanos se pasan la vida oteando el futuro y efectuando predicciones. Muchas de ellas luego no se cumplen, claro, pero en su lugar aparecen los chips, el genoma humano y otros descubrimientos no previstos por los futurólogos. En cualquier caso, el suyo es un afán por avanzar que nos conduce al fin de la historia, en palabras de Francis Fukuyama.
Aquí, en cambio, no sólo reverdecen las ideologías, sino que ocupamos nuestro tiempo en observar el pasado por el retrovisor de la historia. En eso es en lo único en que no difieren izquierdas y derechas. A ello se han dedicado con empeño los historicistas, los regeneracionistas, los noventayochistas,… y en ello seguimos con la nonata memoria histórica que nos prepara Rodríguez Zapatero.
Hasta en política terrorista preferimos mirar atrás en vez de hacia adelante. El presidente del Gobierno y su ministro Pérez Rubalcaba acuden en sus explicaciones a la actuación del Gobierno Aznar, y los portavoces de la oposición, Pío García Escudero y Eduardo Zaplana, por su parte, se remontan hasta los GAL, cuando Felipe González. ¿Y Dato? ¿Nos acordamos del asesinato de Eduardo Dato en 1921? ¿O del general Prim en 1870?
Ya son ganas de marear la historia. Como si no tuviésemos problemas de presente de los que ocuparnos.
Nos hallamos en medio de un proceso de revisión estatutaria que aún no sabemos adónde nos llevará. La financiación autonómica y las atribuciones de competencias garantizan tensiones territoriales a corto plazo. La integración de la avalancha inmigratoria todavía está por resolver. Nuestro sistema de previsión social tiene los quinquenios contados, según el ministro Caldera. Los expertos nos previenen sobre falta de productividad laboral, competitividad empresarial y alternativas a la construcción como motor del desarrollo.
Son, éstos, los naturales problemas de futuro que, en otras circunstancias, merecerían toda nuestra atención. Pero aquí, claro, tenemos tanto empacho de pasado, de recuperación de tradiciones reales o inventadas, de recreación de la historia a nuestro gusto, que mientras vayamos tirando apenas si nos interesa encarar el futuro y tratar de mejorarlo.