
Uno no elige a la familia. Se tienen y punto. Mariano Rajoy tiene un primo con opinión sobre el cambio climático, que no necesariamente es la que le tradujo su primo político. Y Rajoy tiene también un cuñado que no sabe de clima, pero si de cuentas. Y de las echadas en una de las obras megalómanas que el PP y Fraga pusieron en marcha en Galicia, la ciudad de las Artes, deberá dar cuenta hoy ante el justicia. El cuñado, no Rajoy.
Pero, por si acaso, Zaplana, que es de la familia política de Rajoy, ha salido en su defensa con el argumento de siempre: la culpa es de Zapatero. Mejor ha sido la defensa hecha de Rajoy por su conmilitona, que es también categoría familiar política, Esperanza Aguirre. Dice la presidenta de la Comunidad de Madrid que ella comparte las opiniones de Rajoy al cien por cien. No al noventa ni al ochenta, adhesión que deja a su rival en la lucha por las lentejas de la primogenitura, el alcalde de la capital de España, Alberto Ruiz Gallardón.
Los pepenólogos, especialistas en desentrañar las entrañas de la familia popular, se preguntan ahora si Rajoy también apoya al cien por cien las opiniones de Esperanza. Y, en ese caso, si apoya la mediación de la presidenta madrileña para que don Juan Carlos diera un “trato humano” a Federico Jiménez Losantos.
Si fuera así, que no tengo porque dudarlo, ya que no me costa diferencia entre Esperanza y Mariano, muy unidos de siempre y más desde que tomaron tierra juntos y la brava en un helicóptero con sobrecarga –las desgracias y los milagros unen mucho--, tendría que pensar que la mediación de Aguirre era, en realidad, no una embajada del periodista, sino del partido, preocupado porque el rey estaba preocupado --Revilla dixit-- por los ataques de la COPE y de la extrema derecha y no por la quema de sus fotografías en Cataluña, tema del que los populares habían hecho bandera contra el Gobierno socialista.
Aunque, a lo mejor todo es más sencillo, y lo único que quería Aguirre es el visto bueno del monarca para el cambio de empleo de Jiménez Losantos, que dejaría la emisora de los obispos para dirigir la televisión de Esperanza, Telemadrid. Y claro pedir la abdicación del rey desde la COPE es una cosa --los obispos sabrán por qué lo permiten—y otra hacerlo desde una televisión propiedad de la Comunidad de Madrid y pagada con los impuestos de los españoles. Claro que, pensándolo bien, también somos todos los que pagamos las facturas de la Conferencia Episcopal, incluidas las que pasa mensualmente el periodista insultador.