Arde Gaza. Tras tres días de ataques israelíes resulta difícil añadir algo nuevo a lo mucho que ya se ha escrito. El balance hasta el momento deja más de 350 muertos y 1500 heridos. Desde Israel advierten que es sólo el principio. Sólo existe una palabra para describir este infierno. Esa palabra es horror. Pero es tras el horror donde debemos mirar para tratar de recomponer la cordura, pedazo a pedazo, y buscar, con un profundo análisis, una solución al sufrimiento que el Estado de Israel inflige mientras escribo estas líneas al pueblo palestino. Varias son las ideas que, en esta tarea de pensar qué es exactamente lo que está ocurriendo en Gaza y cuáles pueden ser sus consecuencias, me vienen a la mente.
La primera es la ironía que desvela a la historia como una dama caprichosa y cruel. El pueblo judío, que tanto ha sufrido en su existencia la injusticia de las persecuciones y humillaciones lleva décadas pagando con esa misma moneda al pueblo palestino. La autoridad moral que confirió a judíos de todo el mundo la experiencia de la Shoah ha sufrido un nuevo y quizá definitivo golpe con los ataques del 27 de diciembre. En su corta historia el Estado de Israel ha dilapidado sistemáticamente la simpatía global que generaron nombres como Sobibor, Treblinka o Auschwitz-Birkenau, nombres que allanaron el camino para la fundación del Estado de Israel en 1948, cuando el recuerdo de las víctimas nazis estaba aún fresco. El calendario, sin embargo, no se detuvo ahí. Las decisiones de Israel en sus 60 años de historia le han valido las antipatías y desprecio de no pocos Estados e individuos alrededor de todo el mundo.
Es precisamente en la disyuntiva individuo-Estado donde quiero incidir en segundo lugar. Alrededor de todo el planeta parece existir un evidente divorcio entre la opinión pública y los gobiernos. Desde el sábado múltiples redes sociales han pedido el cese de la violencia en Gaza y condenado a Israel por sus desproporcionados ataques. La respuesta de millones de personas unidas a través de plataformas no estatales como ONGs o soportes web ha sido clara y decidida. Lamentablemente no han seguido el mismo camino los Estados que componen la sociedad internacional. Un ridículo Ban Ki Moon, Secretario General de una obsoleta Organización de las Naciones Unidas con un perfil bajo, servil y complaciente, y una cobarde Europa no han osado levantar la voz contra Estados Unidos, que se ha apresurado a ponerse del lado de Tel Aviv y responsabilizar del sufrimiento palestino a Hamas.
Es evidente que Hamas y sus cohetes Kassam tienen su parte de responsabilidad. La organización radical islámica se equivocó al denunciar la tregua con Israel unilateralmente y al rechazar la mediación de Egipto en el conflicto palestino, y se equivoca gravemente, al igual que Israel, cuando se obceca en no reconocer al Estado judío como interlocutor válido. En este sentido, la ministra de exteriores israelí y futura candidata por Kadima a las próximas elecciones generales Tzipi Livni afirma que la visión futuro de Hamas es una guerra interminable. No le falta razón, pero su acusación es de ida y vuelta, pues también Israel busca, a través de medios violentos, la aniquilación del enemigo político, en este caso de Hamas, sin importar las cruentas consecuencias para la población civil palestina.
Esto último me lleva a una tercera idea. Desconfío de los maximalismos, de las opciones y posiciones fanáticas. La política es peligrosa cuando tiende al infinito porque las opciones que se manejan entonces presentan normalmente la aniquilación de unos intereses a favor de otros. Israel invoca su derecho a realizar una guerra que entiende justa contra un enemigo definido como terrorista y que ataca sistemáticamente su territorio. Ese es su casus belli, que define su ius ad bellum o derecho a ir a la guerra. Sin embargo, no debemos olvidar que no sólo es importante que haya una causa de guerra legítima, sino que resulta esencial el cómo se conducen las partes y los medios que se utilizan en el conflicto armado, el llamado ius in bello. La actual ofensiva israelí se ha cobrado más de 350 víctimas mortales en apenas cuatro días. En esos mismos cuatro días, el fuego palestino ha causado una baja israelí. Trescientos cincuenta (350) contra uno (1). Eso no es todo. Según cifras de Amnistía Internacional, con este último ataque, los palestinos muertos a manos de Israel este año superan los 700, un tercio de los cuales eran civiles desarmados entre los que se encontraban al menos 70 niños. En el mismo período, las bajas israelíes causadas por grupos armados palestinos han sido 25.
Ante esta proporción sobra casi cualquier comentario, sin embargo, es preciso añadir que mientras las facciones palestinas están reconocidas como grupos terroristas, Israel es un Estado democrático que tiene una responsabilidad especial como referente moral. Es importante que, aunque parece que el propio Israel lo ha olvidado, nosotros recordemos esto y seamos valientes para atrevernos a hacer lo que nuestros representantes no hacen: clamar por el fin de la carnicería israelí en Gaza y del régimen de apartheid impuesto sobre las poblaciones palestinas tanto de la franja como de Cisjordania, así como solicitar con decisión sanciones contra Israel, alivio humanitario a los habitantes de Gaza y sometimiento de Hamas que obliguen a todos a volver a una mesa de negociación bajo supervisión internacional independiente donde se alcance una paz justa.
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