Las hipotecas y de cómo engañar a poderosas masas de votantes
El penúltimo anuncio de campaña del PSOE se ha dirigido, sin molestarse ya en buscar algún pretexto o justificación conceptual, directamente al bolsillo de los millones de españoles agobiados por el encarecimiento de sus hipotecas y que viven pendientes del angustioso pago de sus cuotas. La inolvidable reflexión de despedida de quien probablemente fue el mejor columnista norteamericano, Walter Lippman, sigue vigente en todos sus desoladores contenidos. No sólo los políticos que conoció Lippman en su dilatada y brillante vida periodística, sino muchos en la mayoría de los países, son en efecto personas mediocres y acobardadas, únicamente aplicadas al empleo de técnicas electorales para seducir o incluso engañar a poderosas masas de votantes.
Tengo viejo cariño y respeto por Pedro Solbes y para escribir lo que sigue debo hacer la advertencia, o la excepción, de que al fin y al cabo no es un político en el sentido personal del término, sino un competente y honesto funcionario llevado por el inevitable juego del azar y la necesidad, que a todos nos determina, a cargos políticos de los que seguramente no disfruta. Quiero advertir con ello que no es ni mucho menos vil el personaje, que actúa bajo circunstancias y presiones que le desbordan, aunque sea una vileza anunciar en la recta final de campaña la oferta de hacer gratuita la novación que prorrogue en el tiempo el pago de cuotas pero las haga individualmente más pequeñas y por tanto más llevaderas.
Este enésimo “gadget” de campaña recibió la rápida aquiescencia de la AEB, cosa lógica, ya que al fin y al cabo los Bancos y Cajas aumentan con ello su negocio. Aunque parezca superfluo, a veces hay que recordar que el negocio de las entidades financieras no es coger dinero sino prestarlo, aunque lo segundo conlleve lo primero, esto es, captar el dinero para prestar, que es donde ahora hay dificultades, porque los problemas interiores de solvencia y liquidez ya no pueden paliarse en unos mercados financieros internacionales, también afectados por la crisis y que además nos miran con creciente recelo de que hayamos vuelto a ser “el enfermo de Europa”.
Escrito lo anterior y subrayado el muy sincero respeto a la persona del vicepresidente, el anuncio de Solbes tiene algunas incongruencias no menores, respecto a las que resulta sorprendente la lentitud de reflejos de la oposición. Afirma Solbes, y se ha lanzado rápidamente en su apoyo el clan de los adictos, que es “una medida dirigida a los más necesitados”. Insistió en ello Rodríguez Zapatero, al fin y al cabo el verdadero impulsor de la medida pensada por alguien, no Solbes, de su entorno, en el primero de sus debates televisados con Rajoy. Bueno ¿y quiénes son los más necesitados?
Antes, la encuesta a las familias informaba del porcentaje de ellas con dificultades para llegar a fin de mes, pero esa pregunta se suprimió precisamente por decisión del actual Gobierno, es decir, de Solbes. Por tanto, la medida, aparte su innegable “tirón” electoral, sea o no disparatada, es por lo menos dos cosas: intervencionista, es decir, en la ya conocida línea del actual Gobierno de intervenir en la vida empresarial y financiera, pero también contradictoria con decisiones anteriores. Además, ante un horizonte ominoso de los mercados financieros ¿es de verdad una solución ésta de aflojar el dogal que asfixia a los consumidores por la expeditiva vía de alargar el tiempo de pago, esto es, aumentar el tamaño del dogal?
¿Resultarán finalmente asequibles los electores de nuestro país, como los norteamericanos que observaba Lippman, al aluvión de ofertas de oportunidad que son fruto de las técnicas electorales? Lo sabremos muy pronto, el ya cercano 9 de marzo. Mientras, Rodríguez Zapatero sigue haciendo lo que le conviene en ese sentido de “seducir y engañar a poderosas masas de votantes”, que es negar incluso las evidencias y por tanto, negar que estemos en plena crisis financiera y en el umbral de una muy seria crisis económica.
Sabido es que el papel aguanta todo lo que se ponga. Los gráficos exhibidos por Rodríguez Zapatero en el primer debate electoral son un ejemplo de cómo presentar lo negro en bonitos colores para ocultar la realidad de los datos y las cifras. Pero, con más veracidad que en la célebre serie de televisión sobre extraterrestres y siniestras conspiraciones, “la verdad está ahí fuera”, al alcance de quien se tome la molestia de mirarla. La verdad es, por ejemplo, que la crisis financiera de Estados Unidos ha volatilizado ya más de un billón de dólares, entendido como billón español, es decir, millón de millones de dólares.
De momento, ya sabemos que la crisis financiera de Estados Unidos se ha llevado por el agujero la fruslería de un billón (entendido en el concepto español, esto es, millón de millones) de dólares. El horizonte es ominoso… Ningún economista serio niega que, más temprano que tarde, la situación de la economía de la primera potencia del mundo será una recesión o lo más parecido a una recesión. La economía española, entre otras europeas, se encamina al mismo naufragio con menos salvavidas. ¿Y todo lo que se puede hacer es un baile de ofrecimientos de dádivas a los electores, por cierto pagadas con “pólvora de rey”, es decir, con el dinero del Estado, que es y sólo es el de todos los ciudadanos, en vez de tomarse en serie la política económica y las reformas estructurales necesarias? ¡Qué razón tenía Walter Lippman!