El último argumento sobre la inmigración, ahora que hay elecciones, es el siguiente: si los inmigrantes viven aquí, trabajan aquí y se reproducen aquí, ¿por qué no han de elegir también aquí quién quieren que les gobierne?
Dicho así, suena bien, pero contradice algo tan elemental como aquello de una persona, un voto. Hace unos meses, el presidente rumano, Traian Basescu, estuvo en Castellón y en Madrid para pedir el sufragio de sus compatriotas en el referéndum para su continuidad. Si aquéllos deciden sobre el destino de Rumania, ¿también han de hacerlo sobre el de España?
Cuando ésta era tierra de emigrantes, los españoles de Suiza, Alemania o Francia no podían votar en aquellos países. Lamentablemente tampoco podían hacerlo en España, pues estábamos bajo la dictadura de Francisco Franco.
El principio básico de la democracia es que todos los ciudadanos tienen los mismos derechos y deberes y eligen ellos a sus representantes. Por eso, los naturales de cada país —por nacimiento o por asimilación— tienen el derecho inalienable de votar. La Unión Europea lo ha ampliado, en su ámbito territorial y para las elecciones municipales, a aquellos de sus ciudadanos censados en otro país. Sólo en la Comunidad Valenciana hay ya 15 municipios con más extranjeros que nacionales; resulta lógico, pues, que un alemán censado en Sant Vicent del Raspeig, por ejemplo, vote en la localidad alicantina y no en su Ulm natal, donde ya no reside.
Claro que existe la clamorosa excepción de la doble nacionalidad. Aquellos ciudadanos naturales de dos países pueden ejercer el derecho de sufragio en ambos, como los hijos de españoles en Argentina, pongo por caso; posibilidad que según el ministro Jesús Caldera podría extenderse a los nietos en la próxima legislatura.Pero hablábamos de inmigrantes.
Por supuesto que habría que allanar su acceso al voto. Siempre que ellos quisieran y de la única manera legal posible: facilitando su naturalización. Para ello, la UE debería establecer unas normas comunes. No puede ser que Sarkozy diga una cosa, Rodríguez Zapatero otra y Gordon Brown una tercera.
Si Europa aspira a ser algo más que un mercado, debe establecer una política de inmigración común e integrar a todos aquellos inmigrantes que lo deseen y cumplan los requisitos pertinentes: unos, continuando siendo ciudadanos de su país de origen; otros, naturalizándose en el país de acogida. Sólo estos últimos, en el uso de su legítima libertad, tendrían el derecho al voto.
Así serían más felices ellos y colaborarían en hacer más felices a los demás.