El viernes, para completar el escenario de la semana en la que el IPC, con el 5%, alcanzó la peor cifra desde julio de 1995, y en la que el sector de la construcción confesó desalentado que “lo peor está por venir”, el IBEX recortó otro 3,03% y por debajo de los 11.400 puntos, a niveles de febrero de 2006, contabilizó la pérdida prácticamente de la cuarta parte de su valor desde comienzo del año actual. Lo cierto es que la realidad parece empeñada semana a semana en desmentir, para peor, las previsiones más pesimistas, mientras vuelven a llegar señales inquietantes desde Estados Unidos.
Contra viento y marea, y con algunas excepciones muy matizadas, el Gobierno mantiene el discurso oficial que espera que antes de final de 2009 se hagan visibles los primeros síntomas de inicio de la recuperación, mientras los analistas independientes auguran una crisis prolongada, en la que no cabe esperar el inicio del siguiente despegue hasta 2011 ó 2012. La polémica no es precisamente banal, porque la diferencia entre una y otra posibilidades es, aparte de la intensidad del “ajuste duro” que nadie discute ya en la inversión y el empleo, el riesgo de que llegasen a dispararse las quiebras y suspensiones de pagos.
Se mire por donde se mire, aumenta el desequilibrio exterior y no es descabellado temer un ajuste tremendo de la demanda interna, habida cuenta de que la economía española no puede, sencillamente no puede, financiar un déficit de la balanza de pagos por cuenta corriente del 10% del PIB. Al final del final es “la cuenta de la vieja”. Ninguna economía puede vivir indefinidamente por encima de sus posibilidades.
Esta semana hemos asistido a la exteriorización de situaciones críticas en algunas compañías, que están siendo noticia por su importancia. Pero hay un subyacente de miles de situaciones críticas en empresas menos importantes y millones en muy afectadas economías familiares. Deuda alta, tipos de interés al alza, endurecimiento e incluso restricción del crédito, descenso de ventas y beneficios, en un escenario de deterioro de las expectativas económicas, es inevitable que se traduzca, como el pescado que se muerde la cola, en una caída sustancial de la inversión.
¿Qué es lo “patriótico” en estas circunstancias? ¿Poner el foco de la opinión pública en la lejana recuperación que, naturalmente, vendrá después de la crisis, para evitar que el pánico agudice o acelere las peores consecuencias de la crisis? Todo indica que es la tesis personal de Rodríguez Zapatero. Es algo así como el viejo “llueve, ya escampará” que, siendo verdad, encubre la renuncia a conducir los acontecimientos desde una confortable instalación sobre los movimientos de la marea. ¿Hay algo que hacer con el siempre discutido “componente psicológico” de la crisis?
¿Acaso sería mejor, o por lo menos más propio de una sociedad abierta, libre, madura y responsable, contar y explicar la verdad de lo que sucede a la ciudadanía, para aunar voluntades y concertar entre todos un plan razonable para cruzar la crisis con el menor daño posible y acometer las reformas estructurales que son imprescindibles para que, al otro lado de la crisis, la economía española esté en condiciones de aprovechar al máximo y con la mayor rapidez la recuperación, cuando ésta llegue? Cada cual puede darse la respuesta que considere más acertada.
Admitido ya por tirios y troyanos que estamos inmersos en una seria crisis económica, que es algo muy distinto y desde luego peor que aquellas divertidas evasiones de la “intensa desaceleración” y otros hallazgos similares del marketing político, el debate se traslada ahora a una cuestión que, siendo estrictamente de números, tiene mucho de psicológico. ¿Entraremos o no en recesión? Y en caso de que suceda lo peor ¿en qué condiciones de gravedad y con qué perspectivas de duración se producirá?
¿De verdad no estamos ya en crecimiento cero? ¿De verdad no estamos ya en el umbral del crecimiento negativo? Sucederá lo que tenga que suceder, pero hay una importante responsabilidad política por delante. La semana anterior, cuando todos los grupos parlamentarios del Congreso, incluso los que mantienen mejores relaciones con el PSOE, enfrentaron a Rodríguez Zapatero con la realidad de la crisis, sobrevolaba el hemiciclo la necesidad, incluso el apremio, de un marco de concertación en el que todas las fuerzas políticas pudieran aunar esfuerzos para afrontar con los mejores niveles posibles de seguridad el huracán económico que se cierne sobre el país.
No se produjo la oferta. Y no se produjo porque carecería de sentido sin invitar a ella al principal partido de la oposición, que tiene el voto de diez millones de ciudadanos. Así están las cosas, como en los peores tiempos. A la oposición, ni agua. Pero esto no es sensato, por desafortunada que pudiera haber sido la tarea de oposición del PP en la anterior Legislatura. Por encima de todas las legítimas diferencias políticas está, o debiera estar, el interés general del país, es decir, de los ciudadanos, porque un país no es ni debe ser otra cosa que sus ciudadanos. El segundo semestre de este año verá inexorablemente el endurecimiento de la crisis, y fuera del voluntarismo político nada permite a estas alturas predecir que 2009 sea mejor, incluso que no vaya a ser peor. ¿Tan imposible es el entendimiento? Entre todos hemos creado este interés general que llamamos España, nada menos que la octava potencia económica del mundo, y el primer interés de todos debiera ser salvarnos.