Nunca he entendido el recelo de los españoles hacia los políticos con patrimonio personal. Esa suspicacia ha impedido que personas de posibles, como Rodrigo Rato, pudiesen aspirar a la presidencia de la nación.
En Estados Unidos sucede justamente lo contrario, quizás por su primigenia ética protestante, según el análisis de Max Weber. Lo cierto es que los norteamericanos creen que quien ha triunfado en la empresa privada también puede hacerlo en la vida pública, refugio muchas veces de los menos preparados. En tiempos del inefable Richard Nixon llegó a acuñarse incluso una especie de malévolo eslogan: “Si tienes dos hijos, dedica el listo a los negocios y al tonto mételo en política”.
Vienen a cuento estas reflexiones por el paso al sector privado de dos importantes personajes públicos: Eduardo Zaplana, ex portavoz del PP, y David Taguas, asesor económico de Rodríguez Zapatero, con lo que se evidencia que éstas no son cuestiones de un determinado color político, sino de oferta y de demanda. ¿Cuántos otros políticos no desearían recibir ofertas como las suyas? Muchos de ellos, en cambio, sobreviven sin esperanza de futuro, aferrados al cargo y bajo el cobijo del erario, antes que ir inevitablemente al INEM.
Para refrendar esta hipótesis, mi admirado amigo Javier Paniagua, socialista sagaz y penetrante, reflexionaba públicamente en una tertulia televisiva: “¿No os dais cuenta del excesivo número de funcionarios entre los políticos? Y es porque la vuelta a la función pública constituye un colchón cuando vienen mal dadas”.En lo único que se debe ser de una exquisita exigencia es en que no se vulnere la ley de incompatibilidades: tanto en el caso de Taguas, de Zaplana o de quien sea. Pero me temo que ellos, como antes Miguel Boyer, Jaume Matas, Josep Piqué y muchos otros, cuando han estado en política lo han hecho por vocación pública, pudiendo haber ganado muchísimo más dinero en la empresa privada.