La noticia de la imputación a los miembros de la cúpula militar de entonces en el proceso que se sigue por el accidente del Yak – 42 del que van a cumplirse cinco años, parece haber pasado sin pena ni gloria por las páginas pares de la prensa. Y la verdad, sin embargo, es que se trata de una decisión histórica, tanto por la relevancia de los acusados, como por los hechos que se están investigando. Y porque también es posible que se cumpla eso de que no están todos los que son.
Por eso, al margen de técnicas y principios jurídicos, rechinaba la cosa en el enjundioso hombre de a pié cuando echaba de menos el nombre de Federico Trillo Figueroa, el ministrillo de entonces, quien ya en su día se quitó de en medio y echó toda la responsabilidad en las espaldas de los militares a sus órdenes. Por supuesto que esa actitud, criticable en todos los estamentos, reviste un son especial cuando de militares se trata, enseñados a asumir responsabilidades y, sobre todo, a jamás escudarse en los subordinados.
Lo primero que hay que señalar en todo este asunto es que son dos los aspectos se investigan de nuevo: la contratación de un avión sin garantías de seguridad es una cosa; y la forma en que se “desidentificó” a las víctimas, otra. En el primer caso de investigación, el juez ha llamado a declarar como imputados a los altos mandos militares, pero no quería que se le pudiese escapar Trillo por lo que ha dado traslado al Supremo, al estar el ex ministro aforado y con todos los beneficios que eso conlleva a la hora de topar con la Justicia.
¿Pero sigue estando vivo el de las identificaciones de las víctimas que ya se “llevo por delante” también a dos militares? Porque lo que se descubrió en la siguiente legislatura fue terrorífico: en algunos féretros iban los restos equivocados de dos o tres personas y en ninguno de ellos se tenía la seguridad de que estuviese ocupado por quien se decía. Cuando todo se supo, resultó que algunas familias habían incinerado a otras personas cuyas familias reales no recuperarían sus restos jamás…
Lo que pasó, según todos los indicios, fue sencillo. En aquellas fechas los populares tenían claro que iban a repetir gobierno y con su soberbia de mayoría absoluta, creían que podrían tapar la cosas con total impunidad, pero llegó José Bono y les sacó todos los trapos sucios a ventilar, entre los aplausos de los familiares de las víctimas hartos de peregrinar pidiendo justicia.
En Turquía primó lo bien que quedaría en televisión un entierro de las 62 víctimas saliendo a hombres de sus compañeros desde el avión, con banderas y bandas de música, que un trabajo de identificación eficaz que llevaría mucho más tiempo. Además, había que imprimir velocidad a todo para que pronto se olvidase.
Descubierto el “pastel” se han multiplicado las presiones para que la justicia mirase hacia otro lado o para dificultar su labor. Los hechos son tozudos y cuando se ignoran se cobran su venganza, dicen, y en este caso parece que va a ser así, aunque el señor Trillo ahora, una vez más, y con la patética ironía de no citarlo por su nombre, echa toda la culpa a José Bono, quien le sustituyó en el ministerio y descubrió las barbaridades¡Manda huevos!