La intervención a la brava de Aerolíneas Argentinas no es sólo ni principalmente un problema del español Grupo Marsans, que lo es sin duda, sino una auténtica cuestión de Estado e incluso de dignidad del Estado. Como en la magistral obra cinematográfica de Eisenstein, cuando el zar Iván mandaba su embajador a la reina de Inglaterra para advertirle que Moscú controlaba las rutas entre Oriente y Occidente, “las abrirá a sus amigos, las cerrará a sus enemigos”, alguien debe ir cuanto antes a advertir a la peculiar presidenta de Argentina que España no permanecerá cruzada de brazos ante los ataques a nuestra dignidad y los asaltos a nuestros intereses, y que en cierto modo nuestro país tiene poderosa influencia sobre el control de las rutas de negocios legales entre Latinoamérica y la Unión Europea y puede, a sus enemigos, si no cerrarlas, por lo menos hacerlas muy incómodas de transitar.
En el tema concreto de aerolíneas, la señora de Kichner tiene una salida fácil y respetuosa con la dignidad de las buenas relaciones entre España y Argentina, que es, si así lo desea, hacerse con ellas mediante el pago de un justiprecio al Grupo Marsans. La expropiación pura y dura que pretende, aparte de que obliga a pensar sobre las peculiaridades del actual gobierno argentino, es una agresión no a los propietarios de Aerolíneas sino a España y al orden internacional basado en el derecho.
Se trata de una agresión que, incluso si el actual Gobierno español pasara de ello, que cuesta trabajo creerlo, antes o después recibirá merecida, seria y dura respuesta. Cierto que difícilmente se puede esperar otra cosa de gobiernos como los que actualmente padecen grandes y para nosotros entrañables países como Argentina y Venezuela, y otros de menor dimensión territorial o económica, pero no menos entrañables, como Bolivia y Ecuador, gobiernos tan impermeables a las libertades como al derecho y que son fruto de circunstancias que los explican, ya que no los justifican, y que antes o después, esperemos que más temprano que tarde, serán superadas.
Aunque más cerca de la categoría que de la anécdota, lo de Aerolíneas es sólo una incomodidad añadida en un momento crítico. La situación de la economía española se agrava. Dentro de una Europa toda ella abocada a la recesión, lo peor es que la crisis será, para España, aún más intensa. Ahí está ese testigo implacable que es la Bolsa, expresión del sentimiento de los mercados. Incluso en una semana que parecía abrir portillos a la esperanza, al final del final los datos de la realidad mantienen su coherencia con la hondura, extensión y perspectivas de la crisis, para la que ya cada vez menos ven el inicio de la salida antes de 2012. Un dato muy significativo es la pertinaz desconfianza hacia los Bancos, a pesar de la extraordinaria calidad de nuestro sistema financiero. Al final del final, las serias pérdidas de cotización del Santander –nuestro primer Banco y uno de los más sanos del mundo– han arrastrado al conjunto del sector.
La realidad es cruel. El IBEX ha terminado la semana por debajo del muy magro listón de los 8.000 puntos, cuando sólo hay que remontarnos a finales de 2007 y el inicio del actual 2008 para encontrarlo muy por encima de los 15.000 puntos. Estremece sólo escribirlo, pero es lo que hay, casi el 50% de pérdida de valor en lo que va de año. Naturalmente ¿qué otra cosa puede esperarse de los mercados cuando todos los indicadores vaticinan un estremecedor año 2009, con las familias y empresas rozando ya ese punto en el que todas las señales de alerta se disparan al mismo tiempo? ¿Qué otra cosa puede esperarse de los mercados cuando ya sólo se discute si en 2009 el paro se situará un poco por encima del terrible 17% o muy por encima, mientras se acelerará la destrucción de puestos de trabajo? ¿Qué expectativas van a descontar los mercados en este escenario?
En este contexto, “lo de Aerolíneas” se convierte en una encrucijada, porque el empresariado español no podría aceptar un signo de indiferencia o dejadez por parte del gobierno del Estado ante algo tan grave como la ocupación por la fuerza de propiedades legítimas de una empresa española. Rodríguez Zapatero debiera huir, en este asunto, de cualquier tentación por la comodidad evasiva, porque con amigos con Chávez o los Kirchner, no necesita enemigos. Los enemigos irán sobrados. ¿Será capaz Moratinos de coger con diligencia un avión, presentarse en Buenos Aires y explicar al peculiar matrimonio que allí manda la diferencia entre un sistema de derecho y la finca del señorito, con o sin “descamisados”?