Es paradójico. Cuanto más desea uno olvidar, menos lo consigue. Empujar voluntariamente las cosas de la memoria hacia los márgenes de la imaginación es complicado, pues cada vez que nos ocupamos de ellas vuelven al primer plano, como si nunca las hubiéramos movido del escenario del recuerdo. Olvidar, entonces, es algo que sólo puede ocurrir de manera involuntaria, cuando los cajones de la memoria han permanecido cerrados por un tiempo y sobre ellos se han acumulado otros muebles, baratijas y demás. Después, llegar hasta las regiones más escondidas del recuerdo se vuelve cada vez más difícil, y un día cualquiera la senda de la memoria ha desaparecido engullida por la selva de lo nuevo como si nunca hubiera existido.
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El olvido, por tanto, es la muerte total. En el crimen contra la memoria no queda cuerpo acusador, no hay lápidas ni elegías. Algo muerto es algo que fue y ya no es. Algo olvidado, por el contrario, es algo que nunca existió, sobre cuya tumba no es posible llorar y de cuya historia no es posible extraer enseñanza alguna.
En las últimas fechas mucho se ha hablado de la Guerra Civil Española y de la memoria histórica. Quiero destacar dos puntos de vista que
a priori podrían parecer divergentes, pero en los que he encontrado alarmantes coincidencias. Al tiempo, a partir de estas dos opiniones me referiré a dos razones por las que siempre es necesario mantener la memoria de los hechos históricos, una de carácter retrospectivo y privado y la otra de naturaleza prospectiva y pública.
En primer lugar, quiero hablar del Cardenal-Arzobispo
Antonio María Rouco Varela, que recientemente ha afirmado en relación a la Guerra Civil y los crímenes de la represión franquista, que a veces es necesario saber olvidar. Según lo que he escrito más arriba, uno no puede saber olvidar, porque no se trata de algo que se haga voluntariamente como botar un balón, tocar el violín o hablar un idioma, sino de algo que llega únicamente con el tiempo necesario para que la memoria se recomponga y, de algún modo, haga las paces consigo misma. Olvidar un suceso sobre el que existe disputa o cuyas circunstancias no se han esclarecido, sobre todo si reviste tintes traumáticos, como en el caso de los torturados y desaparecidos de la represión de la dictadura franquista, es poco menos que imposible, porque ese suceso nunca abandona la escena del recuerdo, se mantiene en pie, desafiante, reclamando la justicia que conlleva el reconocimiento de que efectivamente en algún momento se produjo. Al tiempo, olvidar que existieron determinadas personas que fueron torturadas y murieron de manera injusta y víctimas de la arbitrariedad franquista supone un crimen intolerable. De manera retrospectiva y privada, el reconocer hoy que efectivamente esos torturados y asesinados existieron sirve, en cierta manera, para reparar moralmente su causa, para dar sentido a su muerte y para proclamar que no vivieron en vano. Su dignidad -y la de sus familias- como seres humanos exige que se les recuerde y se conozca su historia.
En segundo término me referiré al Presidente del Gobierno,
José Luís Rodríguez Zapatero, cuyo discurso en la cuestión de la memoria histórica ha coqueteado con el olvido de manera similar a la de Rouco Varela. Hace pocas fechas el Presidente acogía como una buena noticia que los ciudadanos, especialmente los más jóvenes, no recordaran la fecha del 20-N y que, en general, la etapa franquista esté paulatinamente cayendo en el olvido. Al contrario que Zapatero, considero que son precisamente los episodios más duros de la historia de un país los que nunca deben olvidar sus ciudadanos.
Robert Musil comentaba que el éxito puede hacer que todo se olvide, pero creo que este es un lujo que nadie debe permitirse. Los demonios no se pueden enterrar si uno no se enfrenta a ellos, y el olvidar determinados errores históricos puede llevar a que estos se repitan. La dictadura franquista debe permanecer en nuestro recuerdo como una advertencia prospectiva y pública de los horrores históricos de nuestro país, que ha de mirar al pasado como mira al futuro, sin complejos y con voluntad de justicia. Las páginas deben pasarse, sí, pero siempre después de leerlas.