El fundamentalismo de mercado está en la raíz de esta crisis económica internacional, que ya la podemos definir como la primera gran crisis del modelo de globalización neoliberal.
Aunque inmediatamente después de las primeras operaciones de rescate, de compra de activos financieros por parte de los Estados, de los avales públicos para operaciones fianacieras, de los procesos de nacionalización de entidades fianacieras, en definitiva, de socialización de las pérdidas, ya están surgiendo voces lideradas por el Presidente de Estados Unidos, de que no hay que poner en cuestión el actual modelo económico sustentado en el libre mercado a secas.
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Creo que es conveniente rescatar un artículo publicado hace ya unas semanas por
Slavoj Zizek en el País, que, sin conocer estas declaraciones, ya ponía el dedo en la llaga en torno a lo que podía pasar después de este tsunami financiero:
“La ideología dominante intentará imponer una versión de lo sucedido que no responsabilice del colapso al sistema capitalista globalizado como tal, sino a sus distorsiones secundarias adicionales (normas legales demasiado relajadas, corrupción de las grandes instituciones financieras, etc...)”.
Y es que, efectivamente, hay que abrir un amplio debate social y político, a fondo además, sobre lo que está sucediendo, sobre la raíz de la crisis, sobre los cambios que ineludiblemente hay que impulsar, sobre el papel que han de jugar la política y las instituciones públicas para liderarlo, para evitar con ello que los ciclos se repitan, y que los cimientos del modelo, injustos socialmente y fracasados en términos económicos, se mantengan.
La Confederación Europea de Sindicatos participa de esta reflexión desde una importante declaración que recientemente ha realizado desde sus órganos ejecutivos. En ésta, analiza la crisis financiera y la recesión económica, manifestando que estamos ante un punto de inflexión del capitalismo de casino.
Para el sindicalismo europeo es absolutamente necesario revertir el estado de las cosas. Los gobiernos no pueden contentarse con socorrer los mercados financieros sin avanzar en el grado de influencia pública que asegure que no volverá a ocurrir, por lo que hace falta dar una respuesta política para poner fin a la irracionalidad y voracidad de los mercados financieros, para poner fin a su preeminencia sobe la economía real, a la que está lastrando profunda y muy gravemente, con consecuencias muy negativas para el empleo y la estabilidad laboral.
Y es que este modelo de globalización financiera, sin normas ni económicas ni financieras, como tampoco sociales y laborales, ha supuesto un incremento muy notable de la desigualdad, a todos lo niveles, entre países y dentro de los mismos, así como un incremento también de la economía sumergida. En este sentido, es conveniente subrayar, con datos de la OIT, que el 80 por ciento de la población mundial tiene una seguridad social muy residual, o sencillamente no accede ella.
Un modelo de globalización financiera que ha penalizado la inversión productiva, que ha hecho que las inversiones en infraestructuras haya crecido menos que los flujos de capital, que la recaudación tributaria se haya reducido en paralelo a que se ha venido poniendo en cuestión la existencia de fuertes Estados de Bienestar.
Un modelo de globalización que ha penalizado a las rentas del trabajo. Efectivamente, el crecimiento de las rentas del capital ha ido parejo a la pérdida de peso de las rentas del trabajo al igual que la reducción del gasto público y la desregulación de los mercados financieros, ha ido en detrimento también de la inversión productiva.
Es imprescindible, por tanto, un cambio en el modelo económico, que debe de ir acompañado de la arquitectura de un Gobierno mundial capaz de vincular globalización con cohesión social a escala mundial, lo que la OIT, en definitiva, ha llamado Agenda del Trabajo Decente.