Aquellos barros trajeron estos lodos. O pagar justos por pecadores. Ambos sabios refranes españoles se pueden aplicar a la perfección a la polémica que se ha montado por la negativa de Inglaterra a jugar un amistoso en el Bernabéu, un estadio en el que una minoría -pero muy chillona- insultó a algunos de los futbolistas negros del equipo, Defoe, Wright-Philips, Jenas y Cole, en el transcurso de otro amistoso contra 'la Roja'. Aunque los dirigentes ingleses están en su derecho de adoptar esta medida -como la Federación Española lo está de poner el nuevo amistoso donde quiera-, la misma nos parece excesiva.
Por supuesto que es indudable que existieron los gritos xenófobos -"al bote, negro el que no bote" y otras lindezas-, pero no parece justo generalizar y meter en el saco a todos los asistentes al Bernabéu en particular y de rebote a la afición española. Por supuesto que unos días antes el inefable y poco educado seleccionador español Luis Aragonés volvió a meter la pata con su léxico torpe al dirigirse a Reyes para motivarle espetando: "dígale al negro -por Henry- que ueste es mejor". Y, si queremos también echamos en el saco negativo las mofas a Lewis Hamilton en el Gran Premio de Cataluña de F-1 hace exactamente un año. Pero, al margen de todo ello, no creo que los británicos -ni nosotros- en general puedan presumir a lo largo de su historia imperial de un comportamiento correcto con los nativos de sus colonias. Y, sobre todo, también en sus estadios, de vez en cuando, acontecen sucesos similares, pero...
Pero con una diferencia muy importante y en la que sí tenemos que callarnos e intentar imitarles: los castigos allí son duros y ejemplares. No sólo duros y ejemplares, también inmediatos. Por parte de clubes y de la Federación, que se gastan una importante cifra de dinero en su prevención. La mano dura no tiene excepciones y los clubes, a diferencia de los españoles -salvo el Barça de Laporta en esto-, son los primeros en expulsar a los racistas, a los insultadores y/o a los que fomentan la violencia. Es más, el resto de los seguidores colaboran con la policía y los agentes de seguridad para identificar a los que caen en semejantes desafueros.Y el más reciente ejemplo, bien apoyado también por Juande Ramos, el entrenador del Tottenham, ocurrió la semana pasada con un grupo de sus hinchas que profirieron gritos homófobos contra Sol Campbell, el jugador de color del Portsmouth.
En definitiva, que racistas hay en todas partes e incidentes de este tipo también. Pero la forma de erradicarlos es bien distinta en el Reino Unido que aquí. De modo que, aunque el asunto se haya exagerado por sus dirigentes federativos futboleros, no habría ocurrido si sus homólogos españoles -ay el impresentable Villar- se hubieran dedicado a perseguir a los radicales que los profirieron en vez de echar tierra al asunto. Ojalá esta polémica sirva para eso, para aplicar la ideología oficial inglesa, que no se queda sólo en el deporte, sino que se extiende a todos los aspectos sociales: a los racistas, ni una.