Con aires de estrella, tirándose a la piscina y sin calibrar todas las consecuencias, Baltasar Garzón Real, magistrado de la Audiencia Nacional, se dispone a investigar él solito todas las desapariciones producto de la Guerra Civil y de la larga noche de piedra del franquismo. Una batería de requisitorias lanzadas a los cuatro vientos de las Administraciones públicas, amén de instar a la Conferencia Episcopal Española a que abra los libros parroquiales, obtenga copias certificadas y se las envíe a su juzgado, es la prueba palpable del gran interés (no nos engañemos, cien por cien mediático) del magistrado.
No basta con la existencia de la Ley de Memoria Histórica (LMH), que ya regula todo lo regulable en tan espinosa materia. Baltasar Garzón –al que sólo le ha faltado exigir que pongan a su disposición la máquina del tiempo— sigue en sus trece de comportarse como el Juez Universal que dice ser. Su actitud personal, aventura hoy este columnista, debe guardar relación con su código genético, especialmente con el par de cromosomas relacionados con la vanidad. Esto explicaría su avidez por meterse de cabeza, tronco, abdomen y extremidades en semejante jardín. De ahí a instruir una Causa General contra el Franquismo media sólo un paso muy corto.
Para Garzón, en su afán de Pesquisidor Mayor del Reino, son peccata minuta, detalles sin importancia, hechos tan relevantes como que la Conferencia Episcopal Española no tenga personalidad jurídica frente al Gobierno de España (es el concordato con la Santa Sede el que marca como único interlocutor válido al nuncio –embajador—de Su Santidad); que, a efectos del ordenamiento jurídico interno de la Iglesia Católica cada obispo, en su diócesis, ejerza como señor feudal y sea sólo responsable ante el Papa; que el Gobierno, tras la reciente entrada en vigor de la LMH, empiece a abrir los archivos civiles y militares; que una parte considerable de los registros estatales, provinciales, municipales y/o parroquiales estén, en el mejor de los casos, desordenados, y que, además, bien voluntariamente, bien por desidia, se hayan perdido miles de expedientes sobre la represión franquista
“Fiat iustitia et pereat mundus”. Hágase justicia aunque el mundo se hunda. Vamos, que salga el sol sino por Antequera (Málaga) al menos por Torres (Jaén), su localidad natal. Como miembro del Poder Judicial, Baltasar Garzón va a la suya. Que se espabilen las Administraciones públicas, que se gasten dineros públicos cuando así lo manda y firma Su Señoría en las providencias oportunas. Hágase justicia. Que la señora de la balanza lleva los ojos vendados. Eso la estatua que la representa. Que magistrados como Garzón tienen buena vista y se saben colocar delante de las cámaras.