Retorna de sus (in)merecidas vacaciones el cronista y, entre otras muchas lindezas que le ofrece la actualidad, se encuentra con algo tan extraño como un nuevo episodio relacionado con la ola-gastronómica-que-nos-invade sector pillería a lo divino y a ver si cuela. Les cuento.
La que dice ser y llamarse Toñi Vicente regenta en la capital gallega, desde hace ya unos cuantos años, un restaurante -caro, no nos engañemos-que goza de un gran predicamento entre políticos, periodistas y pudientes en general. Esta fama no es producto sólo de la buena -dicen- cocina de la susodicha cordon bleu (a ver si nos enteramos que éste es el femenino de chef cuisine, denominación que diga lo que diga la ministra Aído es sólo masculina) sino que, además, viene dada por una eficiente campaña de relaciones públicas y de imagen que la propia cocinera se ha encargado de poner en marcha. Hasta aquí, lícito marketing y economía de libre mercado.
Pues bien, la tal señora Vicente, en su momento consiguió que su restaurante homónimo obtuviera una estrella Michelin. Libaciones y ofrendas al dios -menor, por supuesto- de la cocina y en el restaurante paz y allá IVA, el 7% aplicable a la hostelería. Nada que no estemos acostumbrados a ver e, incluso, a pagar.
Todo, en este verano de 2008, rarísimo por su climatología, iba bien tanto para el restaurante como su propietaria hasta que, hará cosa de once días, ésta es cogida in fraganti -y por tercera vez- adquiriendo un capacho de vieiras a unos pescadores furtivos de la contaminadísima ría de Ferrol. Así consta en el juzgado correspondiente y en el atestado de la Guardia Civil. Como imputados por un delito contra la salud pública, junto a la señora Vicente, dos restauradores más, el dueño de una cetárea y el representante legal de una empresa comercializadora de mariscos.
Y aquí ardió sino Troya, sí Compostela. Doña Toñi Vicente protesta por su imputación judicial y dice que es sólo un malentendido, que ella tiene una bien merecida fama de competente restauradora y el hecho de que las vieiras objeto del tejemaneje furtivista fuesen tremendamente tóxicas son menudencias, algo así como para echar pelillos a la ría (de Ferrol, por supuesto).
A partir de aquí, los coros defensivos de la señora Vicente entran en acción. Saltan a la palestra cocineros gallegos de renombre que rompen cuchillos jamoneros, espátulas y cucharones en su defensa. En su apoyo, además, hay políticos como el carismático nacionalista Xosé Manuel Beiras, vinateros como Emilio Rojo (el mejor ribeiro de autor que existe sobre la faz de la Tierra), artistas, catedráticos de universidad, intelectuales, editores, arquitectos como Óscar Refoxo y una nutridísima representación de la prensa local compostelana. Todos ellos loan los muchos merecimientos de una “figura de la cocina” sobre la que además se ha “sembrado la duda”.
Hasta aquí la historia. La señora Vicente se escuda en que ella no es la única que compra marisco a furtivos [las vieiras contaminadas de Ferrol los furtivos las venden entre 0,80 y 1,50 euros la unidad; la señora Vicente tiene -¿tenía?- en la carta de su restaurante cuatro preparaciones con este marisco, con precios que oscilan entre los 21 y los 24 euros por ración] y alega que ella no va a echar por la borda su larga trayectoria culinaria. ¿Moraleja? Ninguna. ¿Corolario? Uno muy sencillo y al socrático modo (que es como el gallego, pero con más empaque intelectual): ¿alguien se imagina la que se puede montar cuando en un restaurante multitudinario del gremio de bodas, bautizos y comuniones, se produce un incidente masivo de salmonelosis en un cóctel de gambas, un salpicón de marisco o en una democrática ensaladilla rusa? La de Jesucristo Superstar, sin ir más lejos…
Claro que la señora Vicente, bien apoyada por sus amigos, fieles al dicho “cría fama y échate a dormir” -bueno y a comprar marisco a los furtivos- reclaman impunidad culinaria. Como para que se pongan los pelos de punta, incluso en la capilarmente reforestada cabeza de José Bono, presidente que lo es, del Congreso de los Diputados.
[Estrambote histórico-comilón: sobre las tres de la tarde del pasado viernes, 12 de los corrientes, medio centenar de defensores de Toñi Vicente, en un conjunto variopinto y multidisciplinar -el señalado más arriba- se reunieron en torno a una mesa en un “almuerzo de desagravio” a la judicialmente imputada cordon bleu… Salmón marinado, gazpacho, atún en escabeche templado y vieiras regadas con albariño fueron los platos de un menú rematado con un helado de canela y bizcocho de pan y todo bien regado con albariño. Toñi Vicente, al fin del ágape, pasó a saludar a sus defensores y se ofreció para invitar al almuerzo. Todos ellos se negaron y abonaron sólo 35 euros por cabeza. ¿Alguien dijo que comer en Toñi Vicente es caro? Hombre, si se trata de un almuerzo a mayor honra y gloria de la cocinera, seguro que no, que para algo tiene que contar la devoción a la Causa, ¿verdad?]
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