Porque tienes demasiada magia enclaustrada en las entrañas de tu parsimoniosa mirada; estás atrapado en las voces estridentes, horrísonas, embriagadas de la luz que no cesa de montarse en ti, obcecada con el olor de las palabras paridas sin pausa. Por eso es que tú no irás a la Atenas sueca. Esta vez no.
La culpa es tuya, por no aprender a soñar menos, nihilista irredento, te acuestas como el marinero de Neruda un día con la muerte y al día siguiente resucitas en Ixca Cienfuegos o en alguna de las disociaciones de Artemio Cruz.
No, esta vez tampoco, pero ya te dije, la culpa es de tu mente volátil, de tu espíritu virgiliano, carente de una Beatriz dantesca que tome tu mano y te sepa decir basta. Ya no sabes dónde se acaba el hombre y dónde empiezan los universos ficticios, en los que no importa el número de planetas o si las estrellas tienen nombres raros e indecibles.
Pensé en decírtelo, pero no hallaba cómo. Descubrí que la mejor manera era a través de las letras que ahora, como siempre, acaricias con tus parpadeos, pérfidas amantes que desentendidas de pertenecerte, se dejan escarcear inifinitamente.
Imagino a Jorge Luis, sentado en el nirvana, con una lágrima besando sus ojos dormidos, meneando la cabeza y agradeciendo a Dios por vez primera ser ciego, o la mueca de Octavio desde el Mictlán, sumergido en la paradoja de compartir tu dolor y de preservar su ficticia hegemonía.
Tú sabes que hay pecados imperdonables, actos aplastantes que te marcan; tú lo sabes, no puedes llamarte a engañado porque eres el hombre del siglo que se fue y a la vez la palabra de la centuria amodorrada en la guerrilla ideológica, convertida en avionazos y golpes suicidas; eres un escritor sin idioma, y eso no es fácil de entender cuando se tienen las grandes ínfulas de esos hombres serios y adustos, semidioses del verbo y del arte perdidos en el peso de su mundo; la lengua de los García Lorca, de los Nervos, de los Góngoras y del dios amado por Nicolás II te quedó chica entre tanta tinta derramada en nombre de la imaginación.
Ahora te lamentarás de no haber sido hijo de la media luna, en lugar de que el Quinto Sol te robara de las entrañas del destino y te trajera a la tierra sangrante del ombligo de la Luna; el mal sabor de boca no te lo quita el sentirte ciudadano del mundo.
Seguramente crees en la justicia y ahora piensas que otro día será.
De esta no te salvaste, de nada sirvió vivir las exequias cervantinas, ni tu canto políglota colándose en las entrañas de Melpómene. Aunque tus novelas, como ángeles dormidos en el edén merezcan la eternidad, esta vez, nuevamente, tú no, Carlos.
Ahora te toca ser el cazador solitario.
Literato y ensayista
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