Obamistas patrios
Si José Luis Rodríguez Zapatero hubiese pronunciado un discurso de investidura en el tono (elegante) y la forma (brillante e irreprochable) en que lo hizo ayer Barack H. Obama, todos le hubiésemos estado dando palos hasta en el vértice de sus circunflejas cejas. Por estos pagos, my dear Michelle and Sonsoles, somos así. Todos. Empezando por el columnista.
Sí, ahora, como las setas en otoño propicio, brotan por estos pagos infinidad de Obamistas del Primer Día. Un rápido recorrido por los medios audiovisuales patrios así nos lo ha demostrado esta mañana. La derrota es huérfana (impresionante la marcha de un George W. Bush, alicaído), pero la victoria tiene mil padres dispuestos a mostrar, si se tercia, hasta su ADN con tal de apuntarse el tanto de la paternidad. Otra cosa no, pero en España, somos especialistas en acudir rápidamente en socorro del vencedor y subirnos a su carro triunfal.
Lo cierto es que, tras los fastos washingtonianos de ayer, el discurso del cuadragésimo cuarto presidente de los Estados Unidos, ese “trabajo duro y honradez, valor y juego limpio, lealtad y patriotismo”, entendido como receta para superar la crisis, debería dar qué pensar a todos, sin excepción, de nuestros políticos. Obama, hablando en clave estadounidense, pero sin perder de vista al resto del mundo, ha tenido el valor cívico de decir lo que piensa, algo, que de todas formas, todos esperaban. Pero, mal que les pese a algunos, hoy, en su valoración del discurso inaugural de Obama, el presidente de nuestro gobierno no ha estado exagerado. ZetaPé, más allá de su crónico buenismo, estuvo a la altura de una circunstancia que, no por cercana en el tiempo, deja de ser histórica.
Hay un mucho de panglosianismo realista tanto en los conceptos expuestos por Obama como en la glosa que de ellos ha efectuado, esta mañana en el Congreso de los Diputados, Rodríguez Zapatero. Pero no por ello, tanto los del uno (Obama) como los del otro (ZetaPé) dejan de ser ciertos. Efectivamente, ayer 20 de enero de 2009, se ha producido un cambio en EE.UU. y en nuestro convulso mundo. Ojalá—esperemos—que sea para bien.
Barack H. Obama, al arrancar su carrera hacia la Casa Blanca, lo hizo bajo el lema “Yes, we can” (Sí, podemos). Cuando acabe su mandato (o sus dos mandatos presidenciales), sería de desear que pudiese decir lisa y llanamente “Yes, we did” (Sí, lo hicimos). Entre ambas frases a todos nos va mucho en ello.
[Estrambote de mal café periférico: para los nacionalistas vascos, gallegos y catalanes, así como para los nacionalistas centrípetos, sean éstos o no Aznaristas del Séptimo Día, el discurso de Obama seguro que se les ha quedado cortísimo. En ningún momento citó por su nombre a Euskadi/Euskal Herría, Galiza/Galicia o Catalunya. Como tampoco citó a España. ¿Cómo –cabe suponer que podrían decir todos a coro y cada uno pensando en su chiringuito territorial— se puede ser presidente de los EE.UU. e ignorar nuestra realidad patria? Por suerte, más allá de Vitoria, Compostela, Barcelona o Madrid, hay vida. Distinta, cierto. Y con Washington, DC, como centro de atención]