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Las ballenas asombran

08-10-2007
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Los guías cuentan todo con pasión
Por Marina Pina
A partir de julio la Patagonia se viste de fiesta, Chubut se engalana para recibir, año tras año, a sus visitantes más queridos: las ballenas, los pingüinos, y toda clase de animales provenientes de diferentes partes del mundo que van a la provincia argentina para aparearse.

Pero entre todos esos turistas hay mucha preparación por detrás, siguiendo a estos animales hay personas dispuestas a mostrar a los curiosos todas las maravillas de la península. Los guías, esas personas con las que es imposible pasar un mal rato, la que nos enseñan tanto de un país y de los que, pocas veces, nos damos cuenta de lo que les cuesta su pasión.

Dante tiene 37 años y dos hijas. Es moreno, con el pelo ondulado y una sonrisa perfecta y permanente. Pasa la mayoría del día montado en su furgoneta, se mueve por los aeropuertos de Chubut como pez en el agua y se encarga de llevar a los turistas a sus alojamientos. Su jornada laboral empieza a las 9 de la mañana, cuando llega el primer vuelo desde Buenos Aires. ¿Cuándo termina? No lo sabe, los problemas que desde hace meses arrastra el tráfico aéreo han hecho que este argentino desconozca lo que es la rutina.

Claudia tiene 45 años y una hija de 14, es porteña pero su amor por la naturaleza la llevó a vivir en Puerto Madryn. Todos los días de la semana va a algún hotel para recoger a los visitantes y llevarles a todas las excursiones. Es una mujer cercana, amable y paciente. Las distancias, de hasta 200 Km, que separa a los animales de Madryn las hace entretenidas con sus charlas sobre la fauna existente. Se para cada vez que un animal autóctono se cruza por su camino: “estos son guanacos, pertenecen a la familia de las llamas, también escupen y tienen muy mal humor, pero son lindísimos ¿Quieren sacarles una foto?” ,explica Claudia, y así, con todos los animales terrestres que se acercan a las carreteras.

Claudia acompaña a los curiosos durante dos días como mínimo, su presencia deja de ser incómoda a los dos minutos. Sale de su casa a las 7 de la mañana y no sabe a qué hora va a regresar, hay excursiones, como la de los elefantes marinos, que no tienen hora límite. “todos los domingos hacemos asado en casa, pero esta semana lo pasamos al viernes porque yo no iba a estar, es difícil ser guía y estar con la familia”, explica esta madre.

Cuando vamos a ver la ballena franca austral un hombre “quemado” de apodo “Alacrán” nos acompaña. Vive en la capital argentina, es marino y aprovecha sus vacaciones para enseñar a la gente lo que el sabe sobre estos mamíferos y, en la medida en que pueda, “trasmitir a las personas un poquito de mi amor por estos animales”, explica ante la pregunta de por qué pasa los días libres trabajando. El viaje está programado para una hora y media, pero cuando se levanta un día de sol, nadie sabe a qué hora se volverá a tierra. “Alacrán” y su compañero Fernando Alonso, buscan a las ballenas, saben cuando saltan, cuando sacan la cola, cuando están preñadas...

Junto a ellos conocemos secretos que nadie sabe, ellos hacen por la naturaleza cosas increíbles como sacrificar sus vacaciones, o alejarse de sus familias, o pasar 8 horas al día en una zodiac sufriendo el viento, el frío, el sol y  el balanceo del barco.
Juan tiene 27 años y transcurre los días en la pingüinera. Recorre el kilómetro de ruta de arriba para bajo y al revés, controla que nadie se salga del sendero, que no molesten a los pingüinos, que no tiren basura. Ama su trabajo “poder pasar el día entre estos maravillosos animales me compensa cualquier tipo de caminata, aunque las heridas en los pies ya formen parte de mi día a día”, ironiza el guardaespaldas de los pingüinos, apodo con el que sus compañeros le refieren y que se ha ganado a pulso.

Y como ellos hay muchísimas personas, no solo en Chubut, sino en todo el mundo, que pasan sus días, que sacrifican el tiempo de sus familias, para adherirse a la vida de los turistas, una vida cansada, de levantarse cuando aún no ha salido el sol, hacer mucha carretera y dar, siempre con una sonrisa, todo lo que tienen dentro. Su conocimiento, su amor por lo que hacen.

Los guías son aquellas, según el diccionario de la Real Academia Española, “personas autorizadas para enseñar a los forasteros las cosas notables de una ciudad, o para acompañar a los visitantes de un museo y darles información sobre los objetos expuestos”, pero también las definen como “aquello que dirige o encamina”, esto podría tomarse como la labor principal de los guías, las personas que nos dirigen por los lugares que desconocemos y nos encaminan a tratar de entender todo lo que en los sitios que nos muestran acontece o acontecía hace siglos, años o minutos.

Ellos son una fuente de conocimiento inmediato, mejor casi que Internet, porque nos ayudan a comprender cosas mientras las vivimos, no mientras las leemos.

Son personas que pasan todo el día a nuestro lado, que se adaptan a nuestros horarios de comida, a nuestros hábitos y nuestra lengua. Y tienen la amabilidad de confesarnos los secretos más curiosos de la naturaleza, de otras culturas o de otros países.

La gente va a ver ballenas y solo ve ballenas, algunos aconsejan mirar más allá, por ejemplo, cuando cuentan a sus conocidos todo lo que han aprendido, la cara de aquella persona que se lo enseñó cruzará su mente. Todos los voluntarios que se adaptan a sus ritmos, a sus peticiones y sus gustos.

Aquellos quienes no piden nada pero seguro que desean que les escuche, les mire a los ojos y les agradezca, con esos pequeños gestos, lo que ellos dan.
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