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Primavera de flores marchitas
Opinion - Claudia Benavente

Primavera de flores marchitas

17-12-2007
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Más allá de nuestro color político, de nuestra tendencia ideológica, de nuestros intereses directos o simplemente de la forma cómo encaramos la realidad, hay momentos más claros o más obscuros. Aún sabiendo que hay terrenos de intensa polarización y que cuando avanza uno, retrocede el otro, hay momentos de malestar para Bolivia. Y tal vez ahora tengamos fiebre.

Los otros síntomas pueden aparecer en cualquier lugar de nuestro cuerpo. En el estómago, por ejemplo, cuando la tele nos dice que el aceite, el arroz, el azúcar o la carne están patinando sobre sus precios. El Gobierno insiste en señalar que los dueños de los chanchos, opositores a Evo, son los responsables directos de la inflación. Grandes medios dicen lo contrario. Vamos al mercado y todo sube y baja, como nuestro estado de ánimo en este último tiempo.

Otro síntoma aparece, sin ninguna autorización, en la cabeza. Una migraña imposible con los sobresaltos de la pobre Asamblea. Pobre porque ha esperado hasta el cansancio un acuerdo y se ha estancado en la A, pobre porque ha sido empujoneada por los actores políticos de un lado y del otro, políticos que han pateado un tablero con poco avance de peones; pobre porque los medios se han enfocado en los conflictos, en los enfrentamientos y no se han tomado la molestia de decirnos cómo se ha avanzado en los informes.

Pobre porque se ha demostrado que lo que se gana en la legalidad se cobra a menudo en legitimidad. Pobre porque encaja en las palabras de Silvio Rodríguez cuando le canta a esa asamblea de flores marchitas.

El otro síntoma que pocos médicos saben identificar y menos saben olfatear gran parte de los actores del Congreso, de movimientos sociales, de comités cívicos o del Ejecutivo, es ese que nos da de punzadas en el corazón. Ese que nos quiebra el alma cuando vemos animales inocentes torturados como sólo la imaginación del ser humano da cabida. Muchos seguimos construyendo nuestras pesadillas con el pis de perros a punto de ser degollados. A muchos no nos cuecen los argumentos que se apresuran a recordar que el occidente realiza peores sacrificios o que hay un sentido "indígena" que salva este acto de ser un sin sentido.

No hay antropólogo ni intelectual con artículo sesudo ni psicoanalista que ayude a limpiarnos de este mal sueño que ha sido la realidad. Son las pesadillas que llegan cuando abrimos los ojos y vemos, por la tele o en las calles, cómo había crecido nuestra intolerancia con el que es diferente de nosotros.

Parece un mal chiste que lo que hemos leído en textos de la colonia y después, siga circulando en los caminos de nuestras mentes: el desprecio por el otro porque su piel es apenas más obscura que la que vemos en el espejo, porque el que no habla castellano y viste chamarra de indio urbano está en los pasillos del poder, que hoy está vacío de los de siempre, porque el profesional más blanco con apellido de político tradicional ha sido exiliado a la tierra de Nunca Jamás porque sí; el desprecio porque lleva polleras y tiene poder de decisión en el país, el desprecio porque nació más arriba o más abajo, el desprecio porque no es como nosotros y por lo tanto hay que echarlo de nuestra idea de democracia.

Estos pocos síntomas de una enfermedad de país difícil de aliviar son suficientes para declarar el final de una primavera de flores marchitas en medio del fuego de los intolerantes.

 

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