
La chiquita pidió que como regalo por su cumpleaños número tres quería saludar al alcalde que había prohibido la venta de los fuegos artificiales que tanto daño causan hiriendo a los niños.
El burgomaestre de Bogotá aceptó y recibió a la pequeña y a su madre. Ahí le contaron que vivían solas y en gran pobreza. Finalizando la reunión, casi en la puerta, le dijo: ´Me olvidaba, alcalde, cuando voy a pegar a mi hija ésta corre al teléfono y dice que va a hablar con usted´. La historia, una de las tantas buenas historias que contó Antanas Mokus en su visita a La Paz, me conmovió, no tanto porque de ahí surgió un proyecto contra la violencia familiar, sino porque pienso en lo indefenso que se ha de haber sentido ese ser ante la amenaza de alguien no sólo infinitamente más fuerte sino alguien que se quiere. Muchas de las víctimas de violencia familiar terminan pensando que fueron tan culpables que al final merecían el castigo.
Y como dice ese matemático que fue rector de la universidad y luego alcalde de la capital colombiana dos veces: ´La violencia no tiene excusa. Toda explicación es una justificación´.
Así lo creo, no hay una sola excusa por la que se explique por qué se puede pegar a una persona que se dice amar. Mucho peor si se trata de niños. Y si me obligan voy más allá: no se puede golpear a nadie, y que alguien lo hace debe ser sancionado por la sociedad.
Por otro lado, gran parte de los problemas de la sociedad tienen que ver con que niños lacerados crecen en medio del miedo y del rencor.
Una sociedad libre no puede crear cobardes, sino gente prudente y tolerante. Nada de esto último se consigue pegando a los niños. De hecho, el Día de la Madre y del Padre debería estar acompañado de una campaña en la que se señale claramente que ser progenitor no solamente es traer a un niño al mundo, vestirlo y mandarlo al colegio, sino darle amor y enseñarle que la única manera de arreglar un problema es hablar con los niños, reflexionar con ellos, enseñarles que la autoridad no está ni en los gritos ni en los golpes, sino en el reconocimiento de que papá y mamá saben más porque han vivido.
Antanas Mokus me enseñó mucho en los dos días que estuvo aquí porque sus historias eran una especie de parábolas modernas, así que de cierre de columna le regalo otra: Campaña contra la mafia en Palermo y Sicilia. Encabezaban la lucha dos jueces incorruptibles, los periodistas y el alcalde de la primera ciudad. La respuesta fue fulminante: sicarios mataron a los dos representantes de la ley. La prensa tituló: Próxima víctima: el alcalde de Palermo.
La cosa no estaba para bollos. De pronto el burgomaestre de la ciudad italiana recibe un llamado de una comisaría, desde la que le anuncian que dos madres pedían poner a sus cinco hijos de pocos años a disposición del alcalde para que lo acompañen 24 horas del día. A ver si los mafiosos eran capaces de ordenar matar también a los pequeños. La compañía no fue necesaria, pero dio origen a una inmensa marcha de madres y de hijos para defender la vida del jefe de la ciudad.
Y dio resultado, la mafia tuvo miedo.
¿Ven, mis queridos lectores? La magia está en que los niños son capaces de parar la violencia, ojalá los mayores paremos la que ejercemos contra ellos. Y ojo, violencia también es tenerlos en la calle abandonados. Si uno pasa indiferente frente a un chiquillo que duerme en la vía pública y no hace nada, no se sorprenda cuando ese niño tenga 15 años y le coloque un cuchillo en la garganta.
*Jaime Iturri S.
es periodista.
Tomado de la edición de La Razón 04/07/08
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