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EEUU busca a un sucesor para Musharraf
Opinion - Walter Krohne

EEUU busca a un sucesor para Musharraf

29-12-2007
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Mucho más que pesar mundial por lo ocurrido en Pakistán, que terminó trágica y cobardemente con la vida de la líder opositora Benazir Bhutto, existe hoy un  tremendo desaliento por haberse frustrado una vez más y por tiempo indefinido la posibilidad que tenía la única potencia nuclear islámica de abrir una puerta segura para establecer una democracia que, tras años de violencia, ha quedado definitivamente muy alejada en el tiempo para los 165 millones de paquistaníes.

Ubicado en medio de la gran hoguera del mundo, en el Cercano Oriente, limitando con India, Irán, Afganistán, China y  el mar Arábigo, Pakistán es un país que jamás ha visto la paz interna desde que nació en 1933, tras unir a cinco provincias musulmanas del norte de la India (Punjab, Cachemira, Sind y Baluchistan). A pocos les ha interesado lo que ocurre en su complejo territorio que siempre ha estado entre el Bien y el Mal al ser  utilizado para el beneficio estratégico de una u otra gran potencia o de grupos y organizaciones fundamentalistas.

Los autores de este crimen permanecen en el anonimato, aunque según una versión del “Asia Times” no confirmada, la cúpula de Al Qaeda se habría adjudicado el atentado que calificó de “primera gran victoria contra los infieles que declararon la guerra a los mujadahines”. Como preludio de lo que ha ocurrido, el máximo líder de Al Qaeda, Osama bin Laden, llamó a los paquistaníes, en septiembre pasado,  a apoyar la guerra santa que él estaba impulsando.

Es obligatorio rebelarse contra el gobierno apóstata de Islamabad” fue el llamado de Osama, en septiembre de 2007, tras la matanza militar de 102 islamistas estudiantes del Corán que se atrincheraron en la Mezquita Roja de Islamabad, en julio pasado.

Sin embargo, aparte de Al Qaeda son varias las fuentes interesadas en causar el caos generalizado en Pakistán, como los talibanes afganos que han sido combatidos con tenacidad por el presidente, ex dictador y ex jefe de las Fuerzas Armadas, Pervez Musharraf; como también otros grupos extremistas que condenan la política pro estadounidense y de “sumisión a los dictados de Washington” que practica el gobierno.

Las miradas se concentran en la figura de Musharraf, quien hasta ahora ha hecho todo lo posible para conservar el poder y ganar las elecciones parlamentarias que él mismo fijó para el próximo 8 de enero y en las cuales su principal fuerza rival opositora era impulsada precisamente por la carismática Benazir Bhutto. El 16 de noviembre, el Parlamento en Islamabad y los cuatro parlamentos regionales quedaron disueltos al terminarse el período legislativo. Ahora el presidente espera obtener una mayoría de escaños para emprender “las reformas democráticas”, según ha prometido el mismo. Para que todo ocurra en un marco de la mayor normalidad posible, Musharraf no puede arriesgar nada y en ningún caso le era conveniente un nuevo baño de sangre como el que mató a Bhutto, que ahora puede dejar en suspenso las elecciones y causar mayores turbulencias políticas.

Musharraf comenzó este mes un nuevo periodo presidencial de cinco años tras vencer en unos controvertidos comicios el 6 de octubre pasado y ser confirmado como presidente por el Tribunal Supremo. Terminó así para él una dictadura militar de ocho años y hoy quiere aparecer como un líder civil, elegido por el pueblo paquistaní y que desea convertir a Pakistán en un estado democrático. En 1999, él dio un golpe de estado porque estaba harto de los enredos democráticos. Por eso cuesta pensar que precisamente él conduzca al país por una nueva senda democrática. Esto lo creen muy pocos, menos los analistas, porque Musharraf “nació dictador y morirá dictador”, dicen.

El fuerte deseo de mantener el poder lo llevó a hacer todo lo que le pidieron, especialmente desde Estados Unidos y Europa: permitió el regreso a Pakistán de los máximos líderes opositores Benazir Bhutto y Nawaz Sharif; levantó el estado de excepción; renunció a la jefatura de las Fuerzas Armadas; adelantó las elecciones parlamentarias; y comenzó algunas etapas informales de diálogo con la oposición para ver posibilidades futuras de un “cogobierno”.

Pero, por otra parte, Musharraf, sintonizando bien al presidente estadounidense,  George Bush, distrae constantemente la atención con el argumento de la “guerra contra el terrorismo”. Así tiene motivos para detener a activistas, periodistas y abogados; violar los derechos humanos; y anular la libertad de expresión. Y entre estas guerras --la santa y la antiterrorista--, se ubicaba la líder del Partido del Pueblo (Partido Popular de  Pakistán-PPP)  Benazir Bhutto –hija del ejecutado ex presidente paquistaní y ex primer ministro Zulfikar Alí Bhutto-  quien quería un Pakistán libre de todas las amarras externas de extremistas que ganan cada vez más territorio, mientras jueces, abogados y defensores de los derechos humanos desaparecen físicamente tras ser torturados.

Su posición moderada era vista con buenos ojos por  Estados Unidos, donde se le consideraba una figura clave para evitar que la única potencia islámica cayera en manos no confiables para Washington. Esta perspectiva ha fracasado ahora rotundamente.

Aquí se cumple otra vez el axioma de que “la violencia sólo trae más violencia”, sin resolver los problemas cruciales y sólo deteriorando la moral de una población entera que se ha acostumbrado a  vivir en continuos baños de sangre y en pobreza extrema. El 74 por ciento de la población paquistaní sigue viviendo, en pleno siglo 21, con  un euro al día, equivalente a 725 pesos chilenos.

Y justamente, el  año que termina ha sido para  Pakistán un nuevo agudo período de violencia y  sangre, comparándose sólo con lo que ocurre en Irak y  Afganistán. Todo comenzó en marzo cuando Musharraf destituyó al juez supremo de Pakistán (Iftikhar Mohammad Chaudry), a quien el mismo tribunal se vio obligado a restituir en el cargo  tras la matanza en la Mezquita Roja de Islamabad.  Hoy vive bajo arresto domiciliario.

Cuando Benazir Bhutto regresó del exilio, el 18 de octubre, fue recibida con un atentado terrorista que mató a 140 personas, pero ella salvó milagrosamente.  En lo que va del año suman más de 50 los actos de terrorismo registrados con una larga lista de muertos y heridos.

Desde ya, Sharif,  insistía ante Bhutto para conversar sobre un plan destinado a boicotear las previstas elecciones por “falta de pureza”. El diálogo alcanzó a existir y la idea era aislar a Musharraf. Sin embargo, en el marco de estas inquietudes cívicas siempre se olvida que el actual presidente es aliado estratégico de EEUU en la lucha antiterrorista y por lo tanto su permanencia en el poder no es un tema que se decidirá en Islamabad.

El problema está en que no se ha encontrado aún un reemplazante para Musharraf, tras pasar este ex militar de garante de la seguridad regional a causante de la inestabilidad en un punto del mundo que es crucial para los intereses estadounidenses, especialmente tras el fracaso de la operación Irak y las amenazas nucleares provenientes de Irán.

Sin bien los principales asesores de EEUU quieren premiar a Musharraf con una especie de “exilio dorado”, especialmente por los servicios que le prestó a la gran potencia tras el atentado de las torres gemelas de Nueva York, falta aún el  nombre de su sucesor. Quizá el general Ashfaq Pervez Kayani (55), un liberal bien conectado en Washington, designado por Musharraf  al frente del Ejército paquistaní, sea un candidato potencial que está siendo observado.

En esta forma, Benazir Bhutto, tras ocupar ya dos veces el cargo de primera ministra que terminó derrocada, pagó un precio sumamente alto para intentar resolver un problema de poder cuya decisión final será tomada en Washington  y muy lejos de donde operan los actores políticos paquistaníes. En todo caso, el país ha quedado al borde de una guerra civil que preocupa con mucha fuerza a los estadounidenses y europeos,  porque no hay que olvidar que Pakistán tiene armas nucleares y comparte con Afganistán e Irán una larga frontera.

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Walter Krohne
Periodista
walterk@vtr.net
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