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El coronel SÍ tiene quien le escriba

El coronel SÍ tiene quien le escriba

En un reciente coloquio público con el escritor José Miguel Varas, autor de la novela “Milico” (título enigmático; ilustración de tapa dudosa, pero una obra muy importante sobre el golpe y los primeros años de la dictadura, que se lee ávidamente desde la primera a la última página), tuve oportunidad de recordar una coincidencia. De que tanto nuestro más reciente Premio Nacional de Literatura —Varas—, como el periodista Augusto Olivares, que sucumbió junto a Allende en La Moneda, y el mejor guerrillero del MIR, Luciano Cruz, muerto accidentalmente en 1971, eran los tres hijos de coroneles del Ejército de Chile, caballeros que muy poco tenían que ver con la orientación política de sus hijos…

Me faltó mencionar al padre del actual senador Carlos Ominami, coronel de la FACH, del mismo nombre, a quien conocí personalmente, y que sí fue un constitucionalista militante, no necesariamente un “allendista”, por lo que debió enfrentar la tortura y la cárcel luego del 11-S-73, junto a otros altos oficiales, entre los que estaba el padre de la actual Presidenta de la República. 

Pero mis referencias sólo quieren llegar hasta el grado de coronel y sus relaciones con la política y la literatura. Parto con “El coronel no tiene quien le escriba” de Gabriel García Márquez, y sigo con el coronel Juan Domingo Perón del período 1945-49 (sólo ese lapso), que es un ejemplo luminoso, a nivel mundial, de confluencia de intereses entre un pueblo y unas FFAA realmente nacionalistas, liderados por un caudillo carismático, identificado corazón-a-corazón con las masas, fenómeno que jamás comprenderán los diletantes que se titulan de cientistas políticos en universidades estadounidenses o europeas,  o los que estudiaron marxismo en un manual de a chaucha.

Súmese al coronel Nasser en Egipto y, mutatis mutandi (cambiando lo que hay que cambiar), al coronel Gadaffi, y sobre todo, al coronel Jacobo Árbenz, de Guatemala, cuyo derrocamiento en 1954 afectó tan profundamente la carrera política de Ernesto Che Guevara.

Excluyo deliberadamente de esta lista a nuestro contemporáneo Hugo Chávez, de la ubérrima Venezuela que produce tantos productos sorprendentes, quien hizo sus mayores diabluras —en el sentido chileno de la palabra—, cuando tenía sólo el grado de teniente-coronel, o sea, comandante, lo que lo excluye de las disquisiciones de esta crónica.

Coronel de milicias fue don Bernardo O’Higgins, antes de incorporarse oficialmente al Ejército con sus inquilinos de “Las Canteras”, cargo que se daba a todos los hacendados que hacían lo mismo en distintos puntos de Sudamérica, por diferentes motivos, como “os coroneles” del nordeste brasileño descritos por Jorge Amado en “Gabriela clavo y canela” y otros de sus libros, hasta bien avanzado el siglo XX.

Coronel-hacendado fue también Tomás de Allende, de Córdoba, Argentina, que se sumó al Ejército de los Andes de San Martín y O’Higgins, cruzó la cordillera y fundó aquí una familia que tiene entre sus descendientes en Chile a Salvador Allende Gossens y a la escritora Isabel Allende. Aparte de las ramificaciones “Allendes” y “Alliende”, que proceden del mismo tronco. Hay incluso un cura de este último apellido, de nombre Joaquín, que es igualito al Chicho cuando tenía su edad, y que me perdonen los masones y los “marianitos” (digo, católicos) por esta comparación extemporánea.

En las FFAA actuales, el grado de coronel (capitán de navío en la Armada) se obtiene alrededor de los 50 años, “la flor de la edad” según un personaje de la novela “La tía Julia y el escribidor” de Mario Vargas Llosa. Es esa madurez o plenitud —a punto de ascender al generalato—  la que torna impacientes a algunos coroneles, cuando la espera es muy larga, y los lleva a encabezar iniciativas rupturistas en algunos pocos casos —dependiendo de las circunstancias históricas—, o los convierte en “chupa-patas” del alto mando, en espera de recibir el ascenso, cuando no se limitan a esperar la jubilación. Entre los primeros, el caso de Pinochet que también alguna vez fue coronel, aunque sobre él se ha escrito demasiado.

Coronel asimismo, en el tiempo de sus mayores barrabasadas y “top-ten” mundial en torturas y asesinatos, fue Manuel Contreras Sepúlveda, que después de ser removido ascendió a general, mientras se quedaron en el grado de coronel dos de ellos, miembros de los servicios secretos, que se han suicidado en los últimos dos años, en un relumbre de conciencia moral que no ha iluminado a ningún general de la guerra sucia donde todos participaron.

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Camilo Taufic
Periodista
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