Opinion - Enrique Fernández
Secuestrada en isla de Pascua
26-07-2008
Cuando ella anunció que se iría por una semana a la Isla de Pascua, él se sorprendió, pero no le quedaba alternativa. María José quería celebrar su cumpleaños y pasar allá sus vacaciones de invierno junto a seis amigas, recién egresadas como ella de la universidad.
-Buen viaje –fue lo único que se le ocurrió decir a él.
Partieron un martes de madrugada. Como mariposas que salen de sus capullos sobrevolaron durante seis horas la inmensidad del Pacífico. Salvaron la distancia de 3.700 kilómetros que separan a la isla de la costa chilena. Y pocos minutos después de llegar, la Coté envió su primer anuncio, a través del celular.
- ¡Esto es una maravilla… Estamos fascinadas!
Él pareció comprender. Pensó que era natural enamorarse a primera vista de ese paisaje apacible y misterioso. Imposible no deslumbrarse con aquellos cientos de estatuas de piedra volcánica, los gigantescos “moais” tendidos de espalda sobre la ladera del volcán Rano Raraku. ¿Es acaso el silencioso mensaje de una batalla campal entre un pueblo invasor y una civilización invadida, cuyo rastro se perdió para siempre en el tiempo? Era inevitable encantarse con la playa de Anakena, con la suavidad de los 4.000 habitantes de Rapa Nui, con los bailes nocturnos del grupo Kari Kari, con los cantos de origen polinésico, con toda la energía del solitario territorio insular.
Una semana después, cuando el grupo de jóvenes egresadas debía regresar al continente, llegó el segundo anuncio de la Coté, que él escuchó atónito en su celular:
- Me voy a quedar.
Esta vez él ya no se contuvo. Le explicó que no podía dejar todo botado en la ciudad: su trabajo, su familia, sus comodidades, sus amistades. Le advirtió que en la isla los inmigrantes del “conti” no son bienvenidos. “Ellos nos culpan de haberles llevado el sida, la marihuana y otras expresiones similares de nuestra cultura”, le dijo. “No me importa”, replicó la joven.
- Te quiero mucho, pero trata de comprenderme –insistió, mientras se le quebraba la voz en un sollozo. Él terminó entonces por aceptar y tratar de comprender. Quiso entender que el mundo es de los jóvenes. Y si ellos no encuentran aquí lo que les han dejado de herencia los adultos, tienen derecho a no inscribirse en los registros electorales, a objetar el sistema educacional, a marchar por las calles pidiendo una sociedad mejor. Y también tienen derecho a “virarse”, como dicen ellos.
Las seis amigas regresaron. Le trajeron de regalo la pequeña réplica de un “moai” Mostraron unos videos donde aparecen ellas junto a otros jóvenes pascuenses. Y le contaron lo bien que estaba María José, que había hecho nuevos amigos, que no tenía planes para volver. Pero también le dijeron que a veces se dejaba arrastrar por la nostalgia, cuando echaba de menos los peluches de su dormitorio. O cuando evocaba las complicidades con su hermana menor y las conversaciones con su amorosa mamá.
Y le aseguraron que también lo recordaba a él, su padre, que sigue esperando su regreso.
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Enrique Fernández
Periodista

Comentarios de los lectores
Enviado por: Paula / 28-11-2008 15:58
¿Y dónde está el secuestro?
Ella se quedó solita... nadie la tenía amarrada en las fotos y los videos...
Enviado por: Maui / 27-07-2008 15:56
Me identifico totalmente con tu hija, yo habría hecho lo mismo. Algún día pienso volver.
Enviado por: HeReHaRa Maori Rapa Nui / 27-07-2008 12:12
No sufras por tu hija, la Isla embelesa a las personas con su magia, las secuestra, pero un día las deja ir.