Opinion - Marcel Garcés
El “centralismo democrático” de la ultraderecha chilena
08-07-2008
El mensaje del ganador de la contienda interna de la UDI, senador Juan Antonio Coloma, este domingo, fue terminante: no hay espacio para las disidencias en el interior del partido, no hay espacio para las tendencias, para el pensamiento político diferente, autónomo.
El mensaje era claro, y con alguna razón los analistas han identificado el estilo orgánico interno del principal partido de la oposición de Derecha, heredero político directo del pinochetismo, como “leninista”.
Se trata de los métodos, claro, no de la ideología.
En el fondo, todas las dictaduras, la de la burguesía, de los militares, de las iglesias o religiones, la de los integrista de todos los portes y pensamientos, las de “ derecho divino”, o la “del proletariado”, coinciden en su horror a la disidencia, es decir, al pensamiento diverso, al pensamiento libre, el pensamiento en suma, a las tendencias o sensibilidades, a las personas que coinciden o discrepan con una manera de mirar las cosas.
Todo lo que atente contra la disciplina férrea, la unidad granítica, la voluntad, la decisión “del Partido”, del líder o de la fe, debe ser anulado, aplastado, eliminado.
No importa que en el caso de la UDI el opositor a la conducción, el “renovador” de métodos y de accionar político, el diputado, José Antonio Kast, haya obtenido un 36,4 por ciento del poco democrático y escasamente representativo “cuerpo electoral” de la UDI, integrado por 700 dirigentes , en la primera elección para elegir una directiva que haya hecho la UDI en su historia.
Esto de la democracia interna, en realidad, no es el fuerte de la organización nacida al amparo de la dictadura de Pinochet.
Pero más allá de su origen, hay que reconocer que la férrea disciplina interna de la que han hecho gala (suman una mezcla de misioneros, comandos y populistas) les ha dado algunos triunfos.
De manera que en esta etapa de la historia estiman que ha llegado la hora de “asaltar el poder”. Y la elección y la llamada de atención a los perdedores a no caer en la tentación de mantener un comportamiento “disidente” y mantener su cohesión interna como corriente de pensamiento, es algo perfectamente identificable con las prácticas de los partidos comunistas, en la estrategia y táctica de la revolución.
Si uno lo mira fríamente, a la hora del asalto a las fortalezas enemigas ni la democracia, ni las opiniones distintas, ni la disidencia y mucho menos las dudas sobre tal o cual aspecto de la lucha, son aceptables.
Sólo se acepta la subordinación total al mando único. Se obedecen las órdenes, sólo la vista al frente, porque se trata del momento definitivo. Y cualquier debilidad es asumida como traición y debe ser aniquilada.
Lo cierto es que para los “coroneles” de la UDI, y esto es más que sentido figurado, tampoco les resulta tan ajena esta disciplina militar.
Fueron formados en ella, se nutrieron de la dicotomía de amigos-enemigos, (si no andan con metralletas eliminando marxistas o demócratas es sólo porque el qué dirán, no por falta de ganas, según se desprende de ciertos editoriales y arengas internas).
En el fondo, estiman que la democracia es una debilidad del sociedad, ya que no permite el orden, el cumplimiento de la voluntad única (los trabajadores a trabajar, los estudiantes a estudiar y no andar en manifestaciones en demanda de quizás que tonterías, como la Educación Pública o un sueldo digno) de quienes están destinados por la divinidad, (por derecho divino, creía Pinochet que estaba en el poder) a gobernar.
El problema es, sin embargo, mucho más que su nostalgia por el poder absoluto, lo que se traslada, como se ve, al interior de sus partidos. Pero en fin, sería cosa de ellos.
Lo que sucede es que esta gente, que no tiene ningún aprecio por la democracia, pretende gobernar el país.
Y como es natural, el ciudadano tiene el derecho a preguntarse que si son tan dictatoriales, absolutistas y brutales en sus comportamientos internos, con sus amigos, con los suyos, cómo aplicarán sus prácticas políticas con el resto de los ciudadanos.
Cabe preguntarse ¿qué tipo de gobierno es el que proponen a los chilenos, qué tipo de política practicarán, qué tipo de democracia “implantarían” si llegaran al Poder?: por cierto, nada democrática o que dé cabida a la expresión de distintas opiniones.
Pero también será un gobierno sin pastilla del Día Después, sin respeto a los derechos de los trabajadores, de los jóvenes, de las mujeres, de los mapuches, sin derechos reproductivos, sin derecho a voto para los chilenos en el extranjero, sin reajuste de los salarios mínimos, sin derechos laborales, sin salud garantizada por el Estado, sin educación digna para los sectores populares.
Este es el modelo neoliberal con el cual quieren eliminar lo avanzado en políticas sociales.
Y todo, sin disidencias, sin reclamo, sin protesta. Un modelo de autoritarismo civil, pero draconiano.
Sólo que ni la unidad granítica es posible, por muy totalitario que sea el modelo de Partido que se pretenda imponer, ni la sociedad está dispuesta a dejarse arrebatar nuevamente sus libertades democráticas.
La dramática experiencia del socialismo real, de los partidos comunistas del mundo, de su proyecto desmoronado de gobierno universal, así lo constata.
El “centralismo democrático”- que como se sabe era sólo centralismo, en los hechos concretos- no fue capaz de oponerse a las fuerzas de la historia.
Mucho menos lo será el remedo autoritario que insiste en poner en práctica la UDI en Chile, en su afán de recuperar el poder que tuvo con la dictadura de Pinochet.
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Marcel Garcés
Periodista