Opinion - Miguel Ángel San Martín
Gestos nobles
09-07-2008
Muchas veces, mi amigo, hablamos en coloquios espontáneos alrededor de un mate, cobijándonos del frío junto a una estufa, de aquellos gestos nobles que vivimos cotidianamente y que los protagonizan personas sencillas que rodean nuestras vidas.
Nadie los destaca, porque son anónimos y surgen de pronto casi sin pensarlos.
Hace un tiempo, en estas páginas escribí sobre José Bustamante, un mueblista tapicero afectado por una artrosis cruel, que cuando puede da trabajo a discapacitados carentes de audición y de palabra. Y también hablé de la mecenas de Chillán, Silvia Molina, que lleva 25 años con su sala de exposiciones abierta a los creadores de nuestra tierra. A aquellos que surgen por doquier en nuestra geografía, pero que no tienen oportunidades para mostrar su arte. Incluso más: Silvia es capaz de donar su propio arte, muy valorado en los círculos entendidos, pero que ella entrega sin costo cuando hay una causa noble en beneficio de la cultura grande.
Gestos sencillos. Pero que engrandecen a quienes los protagonizan.
En los últimos días nos ha golpeado uno de esos gestos que considero de la mayor envergadura y que debería ser el inicio de una cruzada social, porque ennoblece al ser humano. Se trata de la donación de órganos.
Cuando la vida le florecía, Tati Villamán le puso firma a su voluntad de donar sus órganos para salvar a otros que los necesitaran imperiosamente. Lo hizo pensando justamente en la vida, en la continuación de la suya propia, pero como gesto de solidaridad sin límites. Lo habló con su círculo íntimo para que su voluntad se respetara. El destino se la llevó muy pronto, injustamente pronto. Sin embargo, su gesto la mantiene hoy en nuestro recuerdo y en la sonrisa de otros seres que recibieron su aporte vital. Su familia, sus seres queridos, supieron respetar su voluntad y concretarla en la hora del dolor.
Pienso, mi amigo, que debemos rescatar ese ejemplo sublime de solidaridad humana. De seguir ese ejemplo magnífico. De recoger la lección y continuar en la generosa senda trazada por una mujer joven que partió físicamente mucho antes de lo que le correspondía.
Hace ya más de dos décadas, conocí en España a Antonio Oller, un español sencillo, solidario, pleno de vitalidad. Me honró con su amistad y compartí muchas horas y tareas sociales, junto a su familia. En un momento de confidencias, me contó que él había recibido un riñón de un donante anónimo, justo cuando la ciencia le había puesto fecha de caducidad a su existencia. Me dijo que había sido para él un renacer, un volver a vivir con nuevas ilusiones y renovadas inquietudes. Que había aprendido a discernir cuestiones que antes tenía confusas con respecto al ser humano. Que había vuelto a la vida gracias a la generosidad de otro ser que le legó parte de su cuerpo.
Sin duda, mi amigo, la muerte nos puede cambiar la vida.
Este tipo de gestos solidarios deben multiplicarse para que la Humanidad crezca moralmente. Debemos ser depositarios dignos de tanto ejemplo sublime que existe en cada rincón del mundo.
En Chile, las donaciones de órganos están reguladas por la Ley 19.451, cuyo Reglamento está contenido en el Decreto 656 del Ministerio de Salud. Y puede donar cualquier persona, sólo con tres contraindicaciones: ser portador de VIH, tener infecciones graves no controladas y cáncer con metástasis. Uno puede convertirse en donante manifestándolo al momento de obtener o renovar la licencia de conducir o el carnet de identidad. También, mediante declaración notarial. O en un documento que se firma al internarse en un establecimiento hospitalario, ante el Director del Hospital. No tiene ningún costo, incluso en las notarías, porque entienden que éste es un trámite que refleja una voluntad de ayuda desinteresada.
A pesar de todo lo anteriormente dicho, hay un asunto de la mayor importancia: tenemos que manifestar nuestra voluntar de donar órganos a nuestra familia, pues son ellos los que tendrán la última palabra cuando llegue el momento de hacer efectiva la donación.
Existe en el mundo una creciente ola solidaria al respecto. Es una ola magnífica que está llegando a las playas de nuestro entorno y que está reflejada en un poema escrito por Gladys Gómez Talquenca, madre argentina de un trasplantado. No, amigo, no lo voy a transcribir completo, sólo una pequeña parte: “Gracias a ti, donante, por tu amor a la vida. Por tu solidaridad anónima, genuina, transparente…Gracias por sembrar esperanza donde no la hay. Gracias a ti, donante, por doblegar a la muerte, multiplicando la vida…”.
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Miguel Ángel San Martín
Periodista
(Este artículo fue publicado en La Discusión de Chillán el 6/07/2008)