Opinion - Sergio Campos
Hace 25 años: El grito desesperado de los chilenos
12-05-2008
Corrían los primeros meses de 1983 y el cielo de Chile estaba cubierto por la espesa ceniza de una dictadura oprobiosa.
Las violaciones a los derechos humanos eran política de Estado y el crimen, la tortura, el exilio y la muerte habían llegado a ser argumentos suficientes para que, año tras año -desde septiembre de 1973- la dictadura militar fuera sancionada por la Organización de Naciones Unidas,
Los más castigados eran los dirigentes y militantes del los partidos de izquierda que en 10 años vieron desaparecer direcciones políticas completas con una persecución de la militancia que no daba tregua. El "aniquilamiento" era la máxima de la policía secreta (DINA, Dirección de Inteligencia Nacional) que conducía con especial brutalidad el general de Ejército, hoy encarcelado de por vida por sus innumerables crímenes, Manuel Contreras Sepúlveda.
La Iglesia que encabezaba el Cardenal Raúl Silva Henríquez no daba abasto recogiendo denuncias todos los días durante una década que se veía como la más sangrienta de la historia de Chile. El Comité Pro Paz, primero y después la Vicaría de la Solidaridad, constituyen la única tabla de esperanza de los perseguidos.
Con una cesantía que llegaba al 25% de la población y con planes de empleo miserables, sólo comparables con los tiempos de la esclavitud, los algo más de 13 millones de habitantes observaban con pavor cómo pasaba el tiempo y no vislumbraba una luz de esperanza. Tristemente famosos son los planes de empleo conocidos como PEM y POJH, Plan de Empleo Mínimo y Plan de Empleo para Jefes de Hogar, respectivamente.
La Democracia Cristiana (DC) también era tocada con fiereza por la dictadura. En enero de 1982, el Ex Presidente Eduardo Frei Montalva, había muerto en extrañas circunstancias. (Hoy se investiga el asesinato del ex mandatario por agentes del pinochetismo).
La Radio Presidente Balmaceda, identificada con la DC, había sido clausurada por la dictadura. Todas las libertades públicas habían sido suprimidas y el parlamento seguía cerrado. Funcionaba sólo un remedo legislativo formado por los cabecillas del Golpe de Estado.
En 1983, las Radios Cooperativa y Chilena eran la voz de los que no tenían voz. Las revistas HOY, APSI, ANALISIS y CAUCE, entre otras publicaciones, subsistían a medio morir saltando, en medio de los estados de sitio, de emergencia y las clausuras.
En ese ambiente gris los partidos políticos trataban de articularse. Pero el movimiento sindical, a partir de la Confederación de Trabajadores del Cobre, le daría un giro a la historia. El organismo laboral comandado por un desconocido Rodolfo Seguel Molina, dio el grito libertario y llamó a protestar. Mucho lo miraron con escepticismo y apostaron más bien por el fracaso. Eran aquellos dirigentes más tradicionales, que no estaban dispuestos a jugársela por un cambio de régimen. Más bien eran de la idea de “ablandar” el sistema y de entenderse con él.
Sin embargo, esa noche de mayo de 1983 se constituyó en una inmensa sorpresa, incluso para los organizadores de la protesta contra la dictadura.
El 11, fue el día que marcó el comienzo del fin de un régimen de facto que pretendía perpetuarse en el poder. Por mucho que argumenten los partidarios de Pinochet, no existía un propósito de retornar a la democracia. El cronograma fijado por los militares no era ni más ni menos que un plan para darle legitimidad a ese afán mesiánico de un oscuro militar que había ocultado en democracia sus sueños de poder absoluto.
La astucia de Pinochet era uno de sus atributos de mayor relevancia. En 1978 se había zafado del Comandante en Jefe de la Fuerza Aérea, General Gustavo Leigh Guzmán. Estaba visto que Pinochet no tenía escrúpulos y era capaz de aplicar violencia extrema incluso contra quienes lo había cooptado para dar el golpe.
Esa noche de mayo, estuvo marcada por el "cacerolazo" de las dueñas de casa que se hizo sentir en todo el territorio. Sería la primera protesta de una larga lucha, que culminaría con la primera derrota de la Constitución del 80, hecha a la medida del dictador.
Hasta llegar al plebiscito de 1988, pasaron muchas muertes y asesinatos. Por citar sólo algunos casos, recordamos a Sebastián Acevedo que se quemó “a lo bozo” para protestar por el secuestro de sus hijos. Era noviembre de 1983.
1985 se inaugura con el secuestro y degollamiento del líder sindical Tucapel Jiménez Alfaro y estuvo marcado el secuestro del profesor Manuel Guerrero Ceballos, el sociólogo José Manuel Parada y el dibujante Santiago Nattino Allende. Marzo de ese año, concluyó con la noticia que conmovió a Chile: había sido degollados por agentes del gobierno.
1986, julio: Dos jóvenes: el fotógrafo Rodrigo Rojas Denegri y la estudiante Carmen Gloria Quintana fueron quemados vivos por una patrulla militar durante una protesta. Esta vez quien cumplió las órdenes de exterminio fue el Teniente de Ejército Pedro Fernández Ditus.
Septiembre de 1986: Es secuestrado en su domicilio el periodista José Carrasco Tapia y asesinado en las cercanías del Cementerio Metropolitano. La misma suerte corrieron otros tres chilenos. Era una venganza por el atentado a Pinochet en el Cajón del Maipo.
La lista de muertos es larga. Hubo relegados y exiliados, además exonerados.
Estos son algunos de los héroes de tanta lucha por recuperar la democracia para Chile. Seguramente muchos podrán considerar que lo construido en tiempos democráticos es insuficiente y que aún existen muchos sueños pendientes, pero los hombres y mujeres que dejaron sus vidas en el camino, más los sobrevivientes de la dictadura, siempre llegarán a la misma conclusión: la democracia es un millón de veces mejor que la dictadura. Cualquiera que ésta sea.
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Sergio Campos Ulloa
Prof. De Periodismo Universidad de Chile