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El pasajero negro
Opinion - Enrique Fernández

El pasajero negro

05-09-2008
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Subió en la estación Universidad de Chile.

Era un joven negro, alto, delgado y serio. A esa hora, próxima al mediodía, el metro viajaba con algunos asientos desocupados. El pasajero negro no tuvo inconveniente en acomodarse junto a una ventana. En el asiento del frente un oficinista –“ejecutivos”, les dicen ahora- hizo como que no lo vio y siguió ojeando su diario gratuito. A su lado una estudiante universitaria también lo miró de reojo mientras escuchaba a través de sus audífonos la voz de Madona que salía desde su MP3.

En el asiento del pasillo, junto al viajero negro, nadie se sentó.

El joven parecía reflexionar, con la cabeza gacha coronada por un gorro y una visera que llevaba una leyenda en inglés. ¿Sería de Jamaica o de Panamá? ¿De Holanda o de Sudáfrica? 

- ¡Estación Santa Lucía!– anunció el conductor a través del altavoz.

Casi nadie bajó. En cambio, numerosos pasajeros subieron y el vagón se completó. Una dama de cabellos rubios y algunas canas se acercó al último asiento que quedaba libre. Llevaba una pequeña cartera de cuero, una voluminosa carpeta y una bolsa plástica con el logotipo de una elegante tienda. Entonces vio al joven pasajero y prefirió seguir de pie.

- Señora, aquí tiene asiento –le indicó un niño desde el otro costado del pasillo. Ella agradeció la invitación con una delicada sonrisa y ocupó el espacio que le ofrecía tan prematuro caballero. El asiento del pasillo, junto al pasajero negro, continuó vacío.

La cantidad de viajeros aumentó en la Estación Universidad Católica. Los pasajeros de pie también aumentaron. Pero el pasajero de color seguía solo. Nadie parecía advertir su presencia. Lo observaban de soslayo sobre el tenue espejo que ofrecía la ventana cuando el tren cruzaba la oscuridad del túnel entre una estación y otra.

- ¡Próxima estación… Baquedano!: Punto de combinación con Línea Cinco –proclamó ahora el conductor, poniendo más énfasis en el anuncio. “Por favor, deje descender antes de abordar el tren”, agregó en tono que intentaba ser cortés, cuando el vagón se detuvo bajo la Plaza Italia.

Lo que ocurrió ahí fue caótico: Una multitud se abalanzó sobre los carros. Más de alguien ignoró la cortés petición del conductor y subió a empujones para conseguir un asiento, como quien busca una aguja en un pajar. Cuando el vagón se puso en marcha ya no cabía nadie más. El oficinista y la estudiante con sus audífonos se habían bajado. Ahora un anciano con aspecto de carabinero jubilado y una joven madre con su bebé se habían instalado frente al pasajero solitario.

Y el asiento del pasillo, junto a él, siguió vacío.

Tras su ingreso al barrio alto de la ciudad, el tren hizo su entrada triunfal a las estaciones Salvador, Manuel Montt y Pedro de Valdivia. En Los Leones descendió un grupo considerable, pero aún algunos usuarios permanecían de pie sin que nadie se dignara sentarse junto al silencioso pasajero de la piel oscura. ¿Sería un turista interesado en las bellezas naturales y la hospitalidad de Chile? ¿O era uno de los 100.000 peruanos y ecuatorianos que han emigrado a este territorio en los últimos diez años, atraídos por su modelo económico y las posibilidades de una vida nueva?

Porque en Perú y Ecuador hay una considerable población negra, heredera de aquellas generaciones de esclavos que llegaron en tiempos de la conquista y la colonización. En Chile, no, por cierto. Los chilenos, a los que alguien definió como “los ingleses de América”, no tienen esa oscura presencia. Sólo exhiben una minoría étnica de un millón de indígenas, herederos de los pueblos mapuche, pehuenche, aymara y rapa-nui. Claro que estos últimos viven perdidos en el Pacífico, en la legendaria Isla de Pascua, a 3.700 kilómetros de la costa. Y en conjunto esta minoría apenas representa el 7,5% de la población total del país.

- ¡Estación Tobalaba!: Combinación con Línea Cuatro…

Esta vez el vagón quedó casi desierto. La mayor parte de los viajeros descendió. También lo hizo el pasajero negro. Una vez en el andén miró hacia uno y otro lado sin saber qué rumbo tomar. Un vigilante de casaca amarilla pasó por su lado y el joven lo interceptó para preguntarle por la salida. El funcionario lo miró sorprendido y sin emitir palabra le mostró con su dedo índice dónde estaba la escalera.

Fue entonces cuando el pasajero negro sonrió por primera vez y salió a la superficie.

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Enrique Fernández
Periodista
Profesor universitario
 
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Comentarios de los lectores
Enviado por: Carmen Reyes / 12-09-2008 19:21
Enrique! Fantastico ver tu columna, y buenisima! Espero ir a Chile antes de fin de anho. Un abrazo cordial!

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