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La paliza
Opinion - Simón Pachano |

La paliza

06-10-2008
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En el argot boxístico callejero se inspiró el Presidente para calificar el resultado del referéndum constitucional. Las razones para ello no hay que buscarlas en la dimensión del triunfo sino en la manera en que entendió y llevó adelante todo el proceso. Desde su primera campaña electoral, toda su actividad fue realizada como una lucha en contra de unos enemigos a los que debía eliminar (políticamente, por supuesto).

Fue una cruzada para acabar con la partidocracia, con los pelucones, con los pitufos y con los defensores de la larga y oscura noche neoliberal que querían volver al pasado. Durante más de dos años se consagró casi exclusivamente a esa guerra en la que no podía haber sino vencedores y vencidos. O, con mayor precisión, vencidos y vencedor. Desde esa perspectiva no cabía otro adjetivo que paliza para interpretar el resultado del referéndum. Era el juego del todo o nada, sin términos medios que pudieran dejar el mínimo asomo de duda.

Los hechos, en concreto, son claros. El Presidente se alzó con la victoria y sepultó a los que debía sepultar. A partir de ese momento nadie existe frente a él. Su Constitución fue aprobada y con ella el régimen de transición. Este último le da, en el corto plazo, todo el margen de acción que quiera tener, mientras la primera le abre las puertas para moverse a sus anchas en el largo plazo. De aquí en adelante podrá definir el camino por el que quiera transitar sin las molestias que podían presentar los enemigos que rondaban por allí, ya sea como seres reales o como los fantasmas a los que aludió Alberto Acosta en un foro académico. Ni siquiera tendrá el estorbo de los infiltrados, silenciados por la montaña de votos pero también por la hábil y oportuna visita de la mañana del domingo electoral. La superviviente Asamblea, por sí misma o transformada en Congresillo, será el instrumento del primer momento, tanto para marcar la cancha como para hacer posible la próxima victoria. En definitiva, no hay enemigos a la vista. No hay moros en la costa. No hay molinos de viento que justifiquen enfilar las lanzas y romperlas.

Queda por saber, entonces, en qué podrá sostenerse de aquí en adelante la lógica de la paliza cuando no hay a quién apalear. La próxima batalla, la de la reelección, no podrá seguir la pauta marcada hasta ahora. Si lo hace, se arriesgará a perder algo más que los dieciocho puntos que se restaron en este referéndum con respecto al de abril del año pasado. Con Constitución propia, con congresito de bolsillo, con autoridades de control nombradas a dedo, con instituciones electorales de confianza, en fin, con la soledad absoluta del poder, habrá suficiente tiempo para pensar en lo equivocado que estaba Clausewitz cuando sostenía que el fin de la guerra es eliminar al enemigo. Y así, entre pensamiento y pensamiento, alguien descubrirá por ahí al enemigo ideal, a ese muñeco de paja que cada sábado y a lo largo de la campaña recibirá la paliza.

Artículo tomado del diario EL UNIVERSO

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