
No es momento de dar paso a nuevos “cantos de sirena”, sino a un proyecto que nos una a todos.
Pocas veces en la historia de nuestro país un proceso constitucional ha recibido tanta atención, desde la elección de los asambleístas que habrían de redactarla hasta la propia Carta Magna una vez concluida.
Ásperas polémicas, dudas sobre su autenticidad, sospechas sobre sus intenciones y defensa apasionada, a veces a ciegas, suscitó durante este año la Ley de leyes que se nos entregó en Montecristi.
Nos toca acudir a votar por su destino —el del proyecto constitucional—, que es el de todos, sin importar a qué estrato social pertenezcamos y cuáles sean nuestra ideología, creencia religiosa o región. Es un deber cívico, por cuanto responde a una obligación que tenemos para con nuestros conciudadanos.
Porque el voto es lo que nos vincula, y garantiza que nuestros derechos se hagan efectivos.
Así hicieron nuestros antepasados, en ocasiones bajo fuertes presiones, incertidumbres y desconfianza. Votaron entonces con esperanzas parecidas, experiencias dolorosas, aplastados por las dudas o impulsados por convicciones maduras. En coyunturas económicas, políticas y sociales tan difíciles como las de hoy, soñando con una Patria mejor, nacida de un deseo auténtico de hacer cristalizar la utopía del bien común.
El de ahora es otro episodio de nuestro devenir como pueblo y nación. Hoy nos toca decidir si aceptamos o no esta propuesta de cambio. Y lo esencial: si a ese cambio, por su calidad intrínseca, vale la pena otorgarle nuestra confianza o no. No es momento de dar paso a nuevos “cantos de sirena”, sino a un proyecto que nos una a todos, por el bien de todos, en paz y justicia plena.
OPINIONES 







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