
Cuando Hugo Chávez insulta a los estadounidenses (ya no sólo a su desastroso gobierno) o amenaza con “apoyar cualquier movimiento armado en Bolivia” si Evo Morales es derrocado, uno no sabe qué es peor: que el presidente de un país, como ignorando la magnitud de su cargo, profiera semejantes barbaridades, o que esas mismas barbaridades arranquen entusiastas aplausos en una multitud embelesada por el carisma de su líder (o por las dádivas que su chequera le permite repartir).
Y cuando el mismo Chávez denuncia el imperialismo de Estados Unidos o condena la instalación de bases militares norteamericanas en algún país de la región, uno no deja de preguntarse si el presidente venezolano es tan sólo un maestro del cinismo o si está tan convencido de la validez de su “proyecto bolivariano” que no es capaz de ver la viga en su propio ojo. Pues, al parecer, para Chávez no hay nada de malo cuando él se involucra, con total insolencia, en asuntos internos de otros países o cuando recibe con los brazos abiertos a aviones rusos para que ejecuten maniobras militares en territorio venezolano.
Y tampoco se entiende cómo funciona la balanza de principios de Chávez que, por un lado, proclama a los vientos la necesidad de mantener el orden democrático en Bolivia ante la amenaza de “movimientos separatistas” opuestos a su discípulo Evo Morales, y, por otro, no tiene recelo en pedir que un grupo terrorista como las FARC, que atenta contra la seguridad y la democracia de Colombia, sea reconocido como “fuerza insurgente”.
Pero lo más preocupante es que otros presidentes admiren a este personaje, que pese a contar con enormes recursos no ha sabido mejorar la calidad de vida de su gente. Cuánta será la devoción que por él se siente al interior de nuestro gobierno “altivo y soberano”, que ante su injerencia en asuntos internos del Ecuador, tan sólo se ha presentado una tibia petición (lejos quedó la firmeza mostrada ante Colombia y la agresividad con que el presidente Correa se refiere a sus opositores). Al parecer, la tan manoseada soberanía del país pesa menos que la gratitud que Correa siente por Chávez, cuyo libreto, al fin y al cabo, ha copiado al pie de la letra.
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