Lo del TIPNIS (Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro-Sécure) es capítulo de una narrativa que se adentra por rutas cada vez más sombrías, propias de realidades en las que se ha enseñoreado la miseria y donde la desesperación inflama el forcejeo por una fuente de sobrevivencia, entre grupos idénticamente desposeídos. Aun cuando confrontamos una de las peores situaciones de pobreza, en comparación con la mayor parte de nuestros vecinos latinoamericanos, la nuestra no es exactamente una sociedad caracterizada por la escasez extrema, ni estamos atravesando una coyuntura de apabullante crisis económica.
Las causas de la víctima mortal y los dos heridos que sería el saldo de bajas de los enfrentamientos entre colonizadores e indígenas ocurridos esta semana no son, ni sólo ni principalmente, económicas. O, dicho de una manera más clara, esta particular disputa por un “bien escaso” ha sido gatillada por influencias extraeconómicas. Los factores políticos fueron predominantes en la segunda mitad del siglo anterior, cuando se impulsó desde el Estado la confrontación entre campesinos y trabajadores mineros, como parte de una estrategia de neutralización del así llamado “enemigo interno”. Los principales núcleos de poder, incluyendo en un vistoso primer plano a los externos, fomentaron las querellas entre los grupos sociales subalternos como un resorte para contener y desarticular cualquier posibilidad de cuestionamiento del orden social.
Ahora se trata de otra cosa: porque los enfrentamientos afectan mayoritariamente a sectores que conforman la base social que genera e impulsa las transformaciones políticas y sociales que se están ejecutando en el país y, lo que es más llamativo, al sujeto constituyente, sometido a una importante tensión entre sus componentes clasista y étnico. Al repasar el registro de las luchas entre pobres durante la década en curso, sobresalen los apedreamientos entre colonizadores de Caranavi y Alto Beni con campesinos yungueños que bloqueaban caminos (2003), el ascenso de conflictos urbanos por disputa de terrenos en barriadas populares, luego, la gran contienda entre cooperativistas y proletarios mineros en Huanuni (2006), que es también un salto cualitativo en materia de encarnizamiento (16 muertos y casi un centenar de heridos) dentro de una secuencia arrastrada en un curso de años y el aumento de veces y violencia con que se disputan la posesión y el usufructo de recursos naturales. Tierra y yacimientos minerales son las causas más comunes de las hostilidades, pero el abanico de conflictos y los objetos en disputa se suman y diversifican.
El estímulo más importante al fortalecimiento de esta tendencia parece encontrarse en la supremacía que se otorga ideológicamente a las riquezas naturales como supuesto elemento decisivo del desarrollo y la movilidad social. Muchos de quienes participan en estas luchas son productores que saben por experiencia que la voluntad, el talento, la disciplina, la solidaridad y la organización importan más que la disponibilidad de una riqueza extraíble y, sin embargo, se enganchan y se ven arrastrados por interpretaciones y relatos que enaltecen y reifican a los recursos naturales, por encima de los sociales. Las víctimas y los daños sobre la unidad y fortaleza del bloque que moviliza y garantiza los cambios son argumentos más que suficientes para impulsar y movilizar tras una reforma intelectual y ética que es la pieza clave de una transformación perdurable y trascendente.
* Profesor universitario
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