
Zapatero versus Moratinos
Fernando Jáuregui
Existen diplomáticos en el horrendo edificio que ahora alberga 'provisionalmente' -pero ¿hasta cuándo?- el Ministerio de Exteriores, que piensan que la segunda legislatura ha comenzado, desde el punto de vista de la política exterior, bajo dos prismas: el de Moratinos y el de Zapatero. Dos formas de entender la diplomacia diferentes, tal vez opuestas, aunque la lealtad y disciplina del confirmado ministro de Exteriores nunca permitirán que se haga demasiado evidente. Y, sin embargo, empieza a serlo, en medio del descontento de las gentes de 'la carrera', que piensan que son menospreciadas. Demasiado 'civil' en puestos antes reservados a los profesionales de la diplomacia. Y demasiada apariencia de improvisación, dicen, en casos como la feliz resolución del secuestro del pesquero 'Playa de Bakio' por piratas somalíes.
Muchas fueron las críticas en la pasada legislatura a la política exterior española. Las de menor alcance entre esas críticas se cebaban en la figura de Miguel Angel Moratinos. Lo cierto es, sin embargo, que el responsable de la política exterior en una democracia no es el ministro del ramo, sino más bien el primer ministro. Y así ha ocurrido en la pasada legislatura: Zapatero ha sido quien ha liderado las iniciativas y la falta de ellas. Moratinos ha sido y es un diplomático de carrera, reconocido como tal entre sus colegas, que constituyen una especial casta internacional. Ha puesto en práctica la 'doctrina Zapatero', con todas sus carencias y peculiaridades.
Lo que ocurre es que la 'doctrina Zapatero' ha sido demasiado ambigua, excesivamente zigzagueante. Y poco experta, como dicen sus críticos, comenzando, claro está, por Gustavo de Arístegui, el 'azote' del gobierno en este campo durante los pasados cuatro años y los que vienen.
Claro que no fue Moratinos quien no se levantó en aquel desfile al paso de la bandera americana. Ni quien aconsejó a todos los países occidentales que retirasen sus tropas de Irak. Ni quien es incapaz de moverse con soltura entre los integrantes del Consejo europeo. Ni quien ha sido, durante cuatro años, ninguneado por George Bush, y no solamente por él.
Moratinos no ha podido, en este marco, definir un cuadro de prioridades, más allá de la enumeración de tópicos: Europa, Iberoamérica, lenta penetración en los mercados orientales. Lo único que Zapatero definió, dentro de su concepto 'buenista' de lo que es -debería ser, más bien- la política internacional, fue la necesidad de incrementar las cifras de la cooperación con los países en desarrollo, en especial los iberoamericanos y africanos. Y, así, la secretaría de Estado que fue a parar a manos de la jovencísima Leire Pajín iba a ocupar, y así seguirá siendo, un papel relevante en los esquemas del Ministerio español de Exteriores.
Pajín permanece en el cargo tras las elecciones, lo mismo que la otra secretaria de Estado procedente del partido y no de la escuela diplomática, Trinidad Jiménez, encargada de las relaciones con Iberoamérica, aunque con muchísima menor relevancia y poder en la práctica que Leire Pajín, envidiada y no demasiado querida por su influencia en ' la casa'. Y ello, pese a que Pajín, con un presupuesto que ya lo quisieran para sí otros departamentos 'gastadores', cuenta en su 'staff' con un segundo de a bordo que figura entre los diplomáticos más respetados de ' la carrera', Juan Pablo de
La designación, directamente por Zapatero, de un tercer secretario de Estado 'político' en Exteriores, el ex portavoz parlamentario Diego López Garrido, que se ocupará de las relaciones con
A Moratinos apenas le quedó un solo secretario de Estado 'profesional' que nombrar, Ángel Lossada, sustituto de Bernardino León, que se ha convertido en amigo personal del presidente y ha sido llamado a su lado en Moncloa como secretario general de
Son los movimientos 'políticos' de Zapatero, al que se le supone un escaso aprecio por ' la carrera'. Los de Moratinos caminan más en la dirección ortodoxa: él implementa lo que Zapatero le dice. Pero su manera de hacer diplomacia es diferente. Y, así, apreciamos contradicciones en la trayectoria con Europa, con Iberoamérica -primer viaje oficial de Moratinos en esta segunda legislatura--, con los Estados Unidos -dicen que nos irá en las relaciones con Washington "según quién gane" las elecciones americanas--, con Marruecos y con Africa, en general.
Resulta casi alarmante, a la vista de las cosas que nos han sucedido, por ejemplo, en Chad y Somalia, sendos secuestros que se resolvieron felizmente gracias a la intervención de potencias extranjeras, la carencia de representación diplomática de España en los países del sur del continente africano. No se trata solamente de controlar la inmigración que llega a las costas canarias: los intereses de muchos de nuestros nacionales están ocasionalmente en juego, como ocurrió en Ruanda a raíz de las declaraciones de un juez español, que irritó a las autoridades de aquel país hasta el punto de que los misioneros en la zona hubieron de permanecer encerrados en sus casas durante varios días, por temor a represalias. Ocurrió en Chad, con la tripulación española que trasladó a
Todo ello ha llevado a los planificadores del Palacio de Santa Cruz a considerar la hipótesis de reforzar las embajadas españolas en la zona. Pero la verdad es que no conocemos, más allá del algo paternalista 'Plan Africa', un proyecto más acabado para incrementar la presencia de nuestros diplomáticos -y de nuestros servicios de inteligencia, tan paralelos a los diplomáticos en una zona con la que nos unen muy pocas cosas.
El mundo está cambiando muy rápidamente: desde el nuevo inquilino de
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