
Cuando el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, le negó la renovación de la licencia a la cadena Radio Caracas Televisión hace ahora seis meses, y el canal se vio obligado a cerrar, una ráfaga del pasado que yo creía superada por América Latina hizo sonar la caja de recuerdos. A mi memoria volvieron los días en que los militares que controlaron la región en los años 80 cerraban los medios de comunicación que se atrevían a denunciar sus atropellos, mientras se apoderaban de otros para convertirlos en sus panfletos particulares.
El próximo 2 de diciembre el pueblo venezolano votará a favor o en contra de una nueva constitución que, de aprobarse, prácticamente perpetuaría a Chávez en el poder. Otro recuerdo: el General Omar Torrijos incluyendo su nombre en la Constitución panameña como jefe supremo del estado.
Pensé que ahí quedaría la cosa, pero Chávez insiste en no dejarme bajar de la máquina del tiempo. Su interpretación de la reacción del rey de España en la Cumbre Iberoamericana cuando el monarca lo mandó a callar –“explotaron 500 años de soberbia imperial”, dijo Chávez- me mandó de una dolorosa patada a los años escolares, cuando algunos maestros insistían con saña en el concepto del cruel conquistador español, e intentaban plantar en nuestros espíritus un odio que a los niños latinoamericanos del siglo XX ya no nos tocaba sentir.
Pero ojalá fueran sólo sus dotes de dictador en ciernes y su retórica nacionalista lo que martillan mi cabeza. El problema es que el presidente de Venezuela también va haciendo gala de algunas de las peores cualidades del macho latinoamericano que hemos visto antes en otros gobernantes; esas que hieren profundamente a los núcleos sociales, las familias, y que las mujeres que hemos crecido en los países hispanos conocemos tan bien: un egocentrismo rampante, una profunda necesidad de ir por la vida haciéndose el gracioso y una tendencia incontrolable a hablar de más. Lo que me lleva a imaginar a alguna señora, en cualquier punto del continente, diciéndole “¿por qué no te callas?” al marido que usa el pronombre “yo” cada vez que empieza un monólogo disfrazado de conversación.
Chávez ha empezado a ser un socio pesado para el resto de los presidentes latinoamericanos. Alvaro Uribe ya no lo quiere como negociador en el conflicto de rehenes con las FARC y también se ha enfrascado en un dime que te diré con el presidente venezolano. Mientras que Michelle Bachelet está enfadada porque Chávez fue a la cumbre de la OPEP y en vez de defender los intereses de los países latinos, como al parecer ella le había pedido, dijo que no le parecía tan mal que el barril de petróleo esté rozando los 100 dólares, e incluso que si el precio debía subir más, pues que subiera. Michelle tiene toda la razón para estar molesta.
Pero Chávez se las arregla para encontrar amigos. Tiene a Fidel, a Evo, y antes de su periplo por algunos países de Europa la semana pasada, el presidente de Venezuela volvió a reunirse con el presidente iraní y ambos pronosticaron, una vez más, la caída del “imperialismo” de Estados Unidos.
Chávez y Ahmadineyad son tal para cual. Se llaman “hermanos”, “revolucionarios” y sostienen en sus manos el control del petróleo de sus países, un recurso que, traducido a dólares, es una cifra nada despreciable. Los presidentes no sólo tienen a Estados Unidos como enemigo común, sino que además son conocidos por dejar momentos memorables allá donde van.
En la Cumbre Iberoamericana Chávez llegó tarde preguntando con ironía si Fidel Castro ya estaba allí, cantó, se saltó todos los protocolos e hizo enfadar al rey. Inolvidable.
Los neoyorquinos tampoco olvidarán la visita de Mahmoud Ahmadineyad a la ciudad el pasado septiembre, cuando vino para hablar en la Asamblea General de las Naciones Unidas.
En un acto de franca provocación y para demostrar que aquí se respeta la libertad de expresión, la Universidad de Columbia aprovechó la oportunidad para invitarle a dar un discurso. Y tal y como esperábamos, el presidente iraní hizo gala de toda su enrevesada retórica y de sus más retrógrados pensamientos.
Ahmadineyad empezó diciendo que el holocausto que acabó con la vida de 6 millones de personas durante la Segunda Guerra Mundial, era un hecho que todavía estaba por probarse y que necesitaba más investigación.
Y cuando se le preguntó sobre el respeto a los derechos humanos en Irán, incluidos las mujeres y los homosexuales, el iraní contestó que en su país no existían homosexuales como en Estados Unidos. “Eso es un fenómeno que no tenemos en Irán”, espetó ante cientos de estudiantes que empezaron el abucheo antes de que la traducción simultánea hubiera terminado.
Cada uno a su estilo, Chávez y Ahmadineyad son tal cual para cual. El iraní tiene sonrisa y verborrea de dictador; el venezolano se está forjando el camino.
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