
Enfrascados en la tensión de lo cotidiano y próximo, la política exterior se ha ido convirtiendo en el pariente pobre de la política española. Con sus aciertos y sus errores, quedan atrás aquellos tiempos de sintonía entre Felipe González, Kohl y Miterrand que resultaron decisivos para convertir la CEE en la actual Unión Europea, y también parece lejana aquella época en que José María Aznar, poco entusiasmado por Europa, optó por una política atlantista y la foto de las Azores. Uno y otro período, para bien o para mal, se caracterizaron por claras apuestas internacionales.
No obstante, la primera legislatura de Rodríguez Zapatero comenzó con el gran titular de la retirada de Irak pero también con el alto coste de unas gélidas relaciones con los Estados Unidos y una pérdida notable de influencia en Europa. Y pese a los esfuerzos de estos últimos cuatro años y a la capacidad y tesón del ministro Moratinos, el balance de la política exterior gubernamental sólo puede calificarse de discreto. Incluso la idea de la “alianza de civilizaciones”, convertida en la propuesta estrella de la anterior legislatura, y pese al soporte en su día de Kofi Annan y las declaraciones favorables de diversos países musulmanes, no ha pasado de ser una simple exposición de buenas intenciones, sin aplicación real y, menos aún, presupuesto y calendario para su desarrollo.
Aun a riesgo de simplificar, lo cierto es que España no posee el peso internacional que debería corresponderle. Resulta obvio, pues, que nuestra proyección exterior debería ser uno de los grandes objetivos de esta legislatura. No se trata de una cuestión de prestigio o de “grandeur”, a imitación de los hiperactivos primeros días de mandato de Sarkozy, sino sencillamente bastaría con asumir que, en una sociedad cada vez más globalizada, España no puede mantenerse al margen de las grandes decisiones políticas, ni tampoco puede permitirse el lujo de carecer de sólidas posiciones en las nuevas grandes áreas económicas. Una política exterior acertada confiere peso internacional, intensifica relaciones y contratos y, en definitiva, genera riqueza y bienestar.
Más allá de los grandes principios y de las consideraciones genéricas, un simple examen de nuestra situación permite dibujar las grandes líneas que deberían ser objeto de atención preferente en estos próximos años.
En primer lugar, al margen del semestre de presidencia española de la Unión Europea que se aproxima, resulta imprescindible que el Gobierno y en especial su presidente se impliquen con mayor intensidad en los debates existentes en el seno de la Unión. Sólo así España podrá tener algún papel relevante, no ya protagonista, en los debates centrales de los Consejos Europeos, dado que nuestra relevancia en dicho foro, hoy en día, no resulta proporcional a la importancia demográfica y económica de España en el seno de la Unión. Asimismo, el Gobierno español deberá aprovechar la inminencia de la presidencia comunitaria para intentar asumir el rol que no tuvo en los años anteriores. Ante la perspectiva de la nueva construcción europea, España no puede ser un espectador de trinchera, sólo preocupado por la cuantía de los fondos a recibir y alejado de cualquier compromiso. Debemos procurar ser parte activa en todas las decisiones importantes, y ahora se nos presenta una ocasión única para ganar peso en Europa y en la escena internacional.
Paralelamente, el Mediterráneo debería ser otro eje de atención preferente para nuestra diplomacia. La propuesta del presidente francés relativa a la creación de una Unión para el Mediterráneo ha ido recogiendo progresivas adhesiones, y sería conveniente para España asumir un papel codirector en esta iniciativa, máxime si se considera nuestra situación estratégica de proximidad con países clave de la ribera sur e incluso la necesidad de mejorar relaciones con alguno de tales países, especialmente Marruecos. La creación de una Secretaría de Estado para el Mediterráneo aparece a todas luces como una decisión correcta y necesaria, toda vez que puede aumentar nuestra influencia en una zona política complicada pero de un enorme potencial económico.
Como objetivo preferente, España ha de esforzarse en mejorar las relaciones con Estados Unidos. A partir del próximo noviembre, gane quien gane, habrá otro presidente en la Casa Blanca. Sería un buen momento para intentar superar la desconfianza generada tras nuestra retirada de Irak, sin olvidar, además, que la nueva presidencia de los Estados Unidos deberá explorar otras políticas internacionales y económicas que sin duda nos afectarán.
América Latina y el Asia emergente constituyen otros objetivos a considerar. La hipotética influencia de España en el cono sur americano debería permitirnos desempeñar un papel de liderazgo y de contención de determinadas actitudes de la izquierda populista latinoamericana, en expansión a partir del caso venezolano. También deberíamos definir nuestra política en relación a Cuba, país con el que más allá del tópico, nos unen enormes lazos afectivos e históricos; no obstante, incluso en este supuesto, creo que supondría un error romper la unidad de acción de la política exterior europea o, como mínimo, emprender políticas que no resultasen compatibles con la misma.
En cuanto a China, India y el resto de países del Asia emergente, aunque España no posea la dimensión de Estados Unidos o de Alemania, es incuestionable que debemos prestar la máxima atención a la evolución de tales países y, en lo posible, ganar peso económico y diplomático ante los mismos. China, por ejemplo, está adquiriendo niveles de desarrollo que repercuten en el conjunto de la economía mundial y que, a su vez, generarán grandes diferencias de riqueza y notables tensiones entre sus ciudadanos; todo ello se materializa, por ahora, en un contexto político de partido único que, tarde o temprano, deberá evolucionar hacia fórmulas democráticas. La India, por su parte, aspira por derecho propio a una posición de liderazgo en la zona e incluso en el conjunto de la economía mundial, con niveles espectaculares de desarrollo en ámbitos de tanto futuro como las nuevas tecnologías.
España debe esforzarse en asumir protagonismo internacional. Es incuestionable que tal propósito no se consigue sólo con mayores dosis de buena voluntad, pero como mínimo unos objetivos claros permiten adecuar nuestras líneas de actuación en la dirección correcta. Una acertada política internacional siempre constituye una inversión de futuro. Tal vez por ello, además de las grandes directrices enunciadas, nuestro Gobierno debería también plantearse la reforma de nuestro servicio exterior y una mayor dotación de recursos para el mismo. Una diplomacia ágil y efectiva, dotada de medios y presente en todos los foros necesarios, es una garantía para navegar con éxito en el océano de la globalización.
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