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Una vez al año puede hacer daño

23-04-2007 - L. León / Ociocrítico
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Una vez al año puede hacer daño

Las editoriales de todo tipo, incluyendo las de libros de autoayuda, las más delicadas y también las más potentes se lanzan este lunes, 23 de abril, a tirar la casa por la ventana y, al modo de los tratantes de esclavos, sacar a sus autores a firmar libros. A esto algunos le llaman la gran fiesta de la cultura. Allá ellos. Otros, por el contrario, al rebufo del fiestorro regio en el Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, con la entrega del Premio Cervantes, casi in articulo mortis (es una marca de la casa, como una tónica), ponen cara de lectores empedernidos, cuando la mayoría de las veces, no pasan de la solapa y de la contraportada.



Queda lejos el medio aforismo de “un libro al año no hace daño” que alguien, quizá un editor, apostilló con “... pero es cosa sana un libro cada semana”. Un cuerno. O dos. En España se ve la tele, se zascandilea por Internet y e destroza a modo el idioma con los dichos mensajitos SMS de los móviles y paremos de contar. Ciertamente se venden libros (no hay que fijarse nada más en las grandes tiradas del anual Premio Planeta, aunque la ganadora pueda ser Maria de la Pau Janer, por ejemplo, para que algunos se froten las manos y activen la función calculadora de su PDA).

Pero hoy, firmar lo que se dice firmar hasta cansarse y sufrir algún percance en la muñeca, unos pocos y paren ustedes de contar: Antonio Gala con “El pedestal de las estatuas”, su última cursilería,; Andreu Buenafuente, el de la tele, que le ha tomado gusto a publicar los monólogos que le escriben sus guionistas, y, por supuesto, el barcelonés Francisco González Ledesma, quien en un solo mes ha vendido 60.000 ejemplares de “La ciudad sin tiempo”, bajo el seudónimo de Enrique Moriel, un desconocido heterónimo (no el único en su carrera, ya que como Silver Kane escribió y publicó 450 novelas del Oeste, de las que se vendían a cinco pesetas).

Tres personajes de oficio reconocido: el cursi (Gala), el gracioso (Buenafuente) y el currante (González Ledesma) se perfilan como los vendedores-firmantes de la jornada. Los demás, pues a chupar rueda y a colocar unos cientos de ejemplares y a charlar con el pesado o pesada de turno. Se trata de un rito anual, prolongado luego, en Madrid por la Feria del Libro, pero que arranca en Barcelona tal día como hoy.


El bodrio de la jornada

Y entre los que chuparán rueda, entre los que no vale eso de que publiquen una vez al año que no hace daño, Jon Juaristi, ya saben, el ex etarra primitivo, que del pensamiento trotskista pasó, durante el aznarato primero a dirigir la Biblioteca Nacional y, posteriormente, el Instituto Cervantes, hasta la irrupción de ZP y su alegre muchachada, con Carmen Calvo al timón de la gabarra cultural. Juaristi, qu en 1998, con “El bucle melancólico”, un ensayo sobre el Euskadi nacionalista, obtuvo el Premio Nacional de Literatura, vé en la calle su primera novela. “La caza salvaje”, ganadora del Premio Azorín que patrocina la Diputación de Alicante.

Para el lector-escribiente, este es el auténtico peligro de este Día del Libro. Juaristi rides again, ataca de nuevo el buen hombre, en forma de dar al papel y a la acción novelada las regurgitaciones cerebrales que a un nacionalista español le ocasiona la historia de los nacionalistas vascos. Hay quien quiere ver –si damos por buena la ucronía—en el cura Martín Abadía, el nada ejemplar protagonista de la novela, un trasunto del ya jubilado Xabier Arzalluz. Quizá tenga algunos malévolos e intencionados rasgos de quien fuera el Papa Negro del PNV, pero el personaje está hecho de retazos de otros personajes clericales que, durante su etapa etarra, Juaristi llegó a conocer bien.

De hecho, el longevo Abadía es la excusa perfecta para que Juaristi, en su novela-bodrio, se cargue nada sutilmente toda la historia de las izquierdas europeas (tanto las soviéticas, como las francesas, vascas y españolas) entre 1936 y 1984. Es una especie de manifiesto, bastante burdo, contra todo lo que, durante aquella época, olió a progre (las alusiones al psiquiatra y cordobés adoptivo Carlos Castilla del Pino se las podía haber ahorrado el autor, por ejemplo). Bueno, y de paso, se podía haber ahorrado el escribir la novela de marras, un texto de perfil bajísimo, casi ínfimo, en el que hasta el general Franco suelta tacos. Cosa harto improbable, dada la pacatería verbal del dictador.

Que “La caza salvaje” pueda hacer daño al nacionalismo vascongado está por ver. Pero, sin duda alguna, dejó hecho unos zorros a un lector como yo, colocado entre la pared de seis horas a bordo de un tren de Renfe (de fumar nada, claro) y el tochazo de los cuescos mentales de Juaristi. Un libro al año, si es como este, puede hacer daño. ¡Menos mal que en el Día del Libro nos queda la Play Station o el sudoku de cualquier periódico!