2012-02-11 22:30:44


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Saque el topillo de mis viñas

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Los ecocatastrofistas, versión apocalíptica del ecologismo, están encantadísimos con el tema de los topillos invasores de las tierras de pan llevar y vino manar de Castilla y León. La plaga de esos roedores viene a confirmar sus siempre negativos presagios. A falta de nuevas raciones de asesinatos masivos, apariciones en sucinto bikini de Ana García Obregón, colisiones múltiples en autopista, lluvias torrenciales en Nepal, ataques de salmonelosis en cuchipandas familiares, huelgas de recogida de basuras a cinco minutos de inicio de fiestas patronales y otras desgracias de similar corte y confección, la proliferación de los dañinos roedores sirve para abrir portadas de telediarios.

De momento, los topillos se han cebado –nunca mejor dicho--  en campos cerealeros vallisoletanos, en plan una de las siete plagas de Egipto. Ni que decir tiene que los agricultores están hasta al techo de la cosechadora. Todas las organizaciones agrarias se han lanzado a la yugular del Gobierno autónomo castellano-leonés pidiendo soluciones. Y tienen más razón que todo el santoral completo. Pero la cosa se agrava cuando los voraces invasores, además, ahítos de cereal, se lanzan hacia los viñedos de las Denominaciones de Origen de Rueda y las vecinas de Ribera de Duero (de momento, su parte más occidental) y Cigales (notables rosados que se agradecen, fresquitos que no helados, en plena canícula). ¡Hay que combatir la plaga!. De momento, en campos de trigo, con todas las precauciones propias del caso, la Junta de Castilla y León ha autorizado la quema de rastrojos. El fuego purificador se encarga de dejar hechos a la barbacoa a los ratones invasores. Caen a cientos, pero son decenas de miles los que siguen causando estragos.

Y, en esas, que al cronista viajero le suena el teléfono. “¿Te has olvidado de nosotros? ¿Qué pasa que no nos vienes a ver?”. Son mis amigos, los hermanos José-Luis y Félix Gatón, respetables y respetados taberneros (Bar Leo, calle Real, 9. Rueda, Valladolid). Bueno, pues habrá que hacer algo. O sea, que al cronista se le pone cara de Jinks, el gato cañí que perseguía ratones al grito de “¡odio a esoh marditoh roedoreh!” y se va de viaje, en plan Exterminator. Que si malo es que los ratones se merienden el trigo, es peor que arrasen viñedos, especialmente si son los de Rueda, mi segundo blanco favorito, en su monovarietal de verdejo, claro.



Mal asunto. Como les cuento. Silvia Clemente Municio, consejera de Agricultura y Ganadería de Castilla y León, hace apenas un mes que aterrizó en el cargo, aunque no en el Gobierno autónomo, que había sido titular de Cultura y Turismo en la anterior legislatura. Cuando a finales del pasado mes de julio, hacia el día 24, los agricultores le apretaron las tuercas, hizo un mohín de femme fatale (la dama, amén de joven es vistosilla) y dijo que creaba una comisión de expertos para estudiar el combate de la plaga, que se reuniría en septiembre. Gran patinazo y subsiguiente cabreo de los afectados, que llevaban tres meses clamando en un desierto de sordos autonómicos. Ahora andan con lo de la quema controladísima de rastrojos, que no pasa de ser un parche paliativo. Lo malo es que, tras el fuego, la consejera acepta lo de envenenar el grano que los topillos han ido atesorando en galerías alternativas de sus laberínticas madrigueras. Doña Silvia pasa de una tacada de femme fatale a Lucrezia Borgia castellanoleonesa. Un peligroso salto cualitativo.

¡Ojo con el veneno, que lo elabora el diablo! Envenenar topillos tiene pésimas consecuencias en la cadena trófica, especialmente en las ya de por sí escasas aves rapaces diurnas (halcones) y nocturnas (búhos y lechuzas), amén de los casi exterminados zorros. Por muchos cadáveres de topillos envenenados que se recojan a mano, siempre quedarán sobre el terreno muchísimos más. En la Naturaleza, aunque esté manipulada por el hombre, nada se destruye, porque todo se transforma.

El trashumante cronista se para a pensar en lo que puede representar una invasión de roedores en una tierra de viñedos, justamente ahora casi en la mitad de agosto, cuando en el caso de Rueda, quedan entre seis y ocho semanas para la vendimia. Como para ponerse a acaparar botellas de vino verdejo, en previsión de la escasez presumible.

Así, en estas cavilaciones, hasta llegar a la villa de Rueda (1.495 habitantes, en un término municipal de 90,5 kilómetros cuadrados, con una renta per cápita de unos 23.415 euros anuales). Es la capital de la denominación de origen a la que da nombre, la más antigua de las nueve castellanoleonesas, ya que se constituyó en 1977. Población más larga que ancha, que lleva más de tres siglos viviendo de, por y para el vino. Y no les va mal. No gana en habitantes, pero en su término municipal da trabajo a 1.100 personas y, desde 2004, sigue creciendo la creación de empleo directo. Al pie de la A-6, la autovía que lleva a Galicia, Rueda es escala obligada, parada y fonda para el viajero. Hay de todo (incluso cajeros automáticos que no se quedan sin dinero en fin de semana, ¡milagro!) y en poco metros. Y si el vino es bueno, sus habitantes, los rodenses, popularmente conocidos como caleros, están en armónica consonancia con las virtudes de su producto local estrella.

Fin de etapa. ¿Tendrán topillos a la parrilla en el Bar Leo?. Mejor quedarse con una tabla de embutidos y de quesos, para rematar con la gloria de la cecina de vaca. ¿Para beber?... De entrada, un Rueda dorado, obtenido por oxidación de la uva palomino, acompañado de un platito de aceitunas. Luego, a por un Viña Cobranza (Bodegas Antaño, S.A.), de tinta fina, como en la vecina Ribera de Duero.  Porque, a pesar de líos internos en el Consejo Regulador de la DO, en Rueda también hay tintos... Tintos y espumosos que no cavas, obtenidos según el método tradicional. ¡Toma ya, Sant Sadurní de Anoia!. Pero eso queda ya para mañana...


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