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No, efectivamente, los topillos a la parrilla no se comen. Uno, al modo catalán y con el correspondiente alioli (si es, además de membrillo, como que mejor) el único roedor que se zampa de tal modo sería el conejo, ni quiera el de monte, sino el doméstico. Otros roedores como la liebre o el citado conejo de monte como que requieren preparaciones de amorosas cazuelas, así guisadas con mimo y según técnicas ancestrales (Sergi Arola y Darío Bassa, por favor, que se abstengan). Pero eso, que el cronista viajero persiste en su estancia en Rueda, capital de la Denominación de Origen de su nombre. O sea, que la cosa sigue yendo de vinos. De vinos y de algunas amigas pasadas y presentes, tal que Doña Verdejo y Doña Palomino.
La semana próxima la villa de Rueda celebra su fiesta mayor. Su
patrona es la Virgen de la Asunción, la Virgen de Agosto, para entendernos. Ni el viñedo ni sus inesperados y, hasta ahora, poco habituales enemigos, los ratones de campo conocidos como topillos (esos que, por lo visto, le sirven de coartada al colega Ramón Pi para atacar a socialdemócratas, en un forzado ejercicio de malabarismo periodístico. “Unos topillos por aquí, y Zapatero que no dimite. Et voilà!” y, por ahí, a la derecha y todo seguido) son preocupación suficiente como para que los caleros (que así gustan llamarse los rodenses) pasen por alto las Fiestas de la Asunción. Si acaso, por ambos motivos, habrá ración extra de oraciones en la barroca iglesia parroquial.
Hablemos de vinos. Los de Rueda, claro está. Y de su Denominación de Origen, la más antigua de Castilla y León. Variedades de la autóctona Verdejo (una joya enológica); del Sauvignon (ya naturalizada en la zona); la Viura, originaria de Cataluña, donde recibe el nombre de Macabeo (una de las tres madres del cava, junto a la Xarel.lo y la Parellada) y la Palomino, propia del marco del Jerez/Xerès/Sherry y que, allá por los años 30 del pasado siglo, fue introducida en el término municipal de Medina del Campo por vinateros andaluces. El Consejo Regulador de la DO Rueda, con buen criterio, hace años que limitó la plantación de nuevas cepas de palomino. La zona de producción amparada por la DO Rueda se encuentra en la Comunidad de Castilla y León y está integrada por 72 municipios, de los cuales 53 se sitúan al sur de la provincia de Valladolid, 17 al oeste de Segovia y dos al norte de Ávila.
Las diferentes variedades de uva cultivadas están repartidas de manera irregular por los distintos términos municipales que conforman la DO Rueda.
Sin embargo, el viñedo alcanza su mayor concentración e intensidad en los términos municipales de La Seca (con 3.300 hectáreas en producción y en la que, por desgracia, han llegado los topillos), Rueda y Serrada. Y, en cuanto a bodegas acogidas a las contraetiquetas de la DO hay censadas, a día de hoy, 45, de las cuales, catorce están en La Seca, trece en la villa de Rueda y las dieciocho restantes repartidas por once municipios.
En cuanto a la producción, digamos que en la última vendimia, la de 2006, en la DO Rueda se recogieron 41.276.467 kilos de uva blanca que han pasado los rigurosos controles de calidad del Consejo Regulador, lo que supuso un incremento del 22,74% respecto al año 2005. La variedad Verdejo, autóctona de la zona y razón del éxito de la DO Rueda, alcanzó la última campaña una producción de 28.027.489 kg, representando el 67,90% de la uva blanca recogida en toda la Denominación de Origen. Efectivamente, “Rueda es más”.

Como ya dijimos ayer, la villa de Rueda es escala obligada, de las de parada, fonda y compra, tanto del que va en dirección a Galicia, León y Asturias, como del que desciende hacia Madrid. Dicho en forma breve, en postal de urgencia a la peste de tu cuñada: “Rueda. Piensos y riegos excelentes. Nativos amistosos”. Efectivamente, amistosos, que no obsequiosos ni pelotas. Tampoco chulitos de mesa de dominó. Serios, que no secos y formales.
Y al cronista viajero, curioso enológico de antiguo, le apetece dedicarle un parrafito al vino dorado de Rueda, el que se elabora con uva palomino, por oxidación en barrica, y que da unos aceptables 15 grados.
Encelado como el cronista ha estado siempre con la Verdejo, que junto con las gallegas Albariño, Godello y Treixadura, forma parte de las gloriosas favoritas de su harén de polígamo vínico, la Palomino rodense en forma de vino dorado fue un descubrimiento relativamente tardío. Para desgracia propia, claro. Ni suplanta ni sustituye a un jerez tres palos cortados. Es otra cosa. Una excelente cosa. Un vino que se agradece, por ejemplo, en los fríos invernales, cuando te tomas una taza –más bien tazón—de humeante caldo aromatizado con hierbabuena. O simplemente fresco, ni siquiera frío, para acompañar unas aceitunas con hueso o unos tacos de queso de oveja bien curado.
Los Gatón Brothers, felices –espero que también acaudalados-- propietarios del Bar Leo de Rueda, conocen la devoción del cronista por este vino dorado, sólo comparable por la aversión que siente por el pan de la inmensa mayoría de zonas españolas. Ese hijo espurio de armarios de fermentación y hornos industriales. Escala en Rueda, aprovisionamiento en el Bar Leo y pelotera panificadora con José Luis, el mayor de los Gatón, es ya una gloriosa tradición viajera. Como lo son los reiterados intentos de que este cronista pruebe el espumoso rodense. Ni caso, como Magdalena Álvarez, ministra de Fomento, ante las airadas protestas de los usuarios de ferrocarriles y aeropuertos. Hasta que, en este viaje, de camino hacia Rueda, el cronista, en Tordesillas, hizo el experimento que, años ha, le sugirió el italiano Luigi Molinaro, propietario de un restaurante de la Place Molard, en Ginebra (Suiza), y que, con la esperanza de adquirir la benevolencia del lector, comparto de mil amores. En una copa de flauta, deposite en el fondo, a ojo, un poco de Campari, luego rellénela con un vino espumoso (en el original se trató de un Asti spumante). La cosa funciona y se obtiene un agradable cóctel de verano. Y así resultó con el espumoso brut de Rueda. Satisfactorio y digno de repetición.
Y, ahora, carretera y manta... Hacia otras latitudes... Quizá hacia Portonovo o Sanxenxo, localidades pontevedresas en las que agostea Mariano Rajoy y lo más selecto del peperío galaico. Esa será otra historia del contraverano...