
La literatura no está reñida con la jurisprudencia. Más bien todo lo contrario. Y el libro ‘Los abogados de Madrid y El Quijote’ es un ejemplo de ello: a través de la recopilación de varios textos escritos por abogados, en los que se analizan partes de la obra cervantina, se descubre con sorpresa cuantísimo tiene El Quijote de Derecho.
El Ilustre Colegio de Abogados se ha sumado al homenaje universal del IV centenario desde que fuera publicada la primera edición de El Quijote. Los autores del libro ‘Los abogados de Madrid y El Quijote’ han querido aportar una nueva visión: la relación íntima existente entre el lenguaje y el derecho.
Luís Martí Mingarro, Decano del Colegio, define la función de abogar como la capacidad de “ser la voz ante la Justicia de quienes no tienen voz; construir la paz por el derecho mediante la palabra”. Y es que la lengua (o la palabra) y su defensa (la voz) son instrumentos de escritores y abogados.
La continua defensa de la justicia por parte de Don Quijote de La Mancha en los diferentes episodios de la obra es el principal objeto de análisis. Y, al mismo tiempo, dominar la lengua para ser libres: para decir lo que se quiere decir y defender en lo que se cree. El abogado Alfredo Montoya Melgar aprovecha, en su texto, para aleccionar al lector sobre los artículos a los que obedece, sin saberlo, el caballero, como es aquél del “deber de socorro” y algunos otros sobre derecho laboral o derecho de familia.
En realidad, Don Quijote es juez, acusado, víctima y testigo: El creerse caballero le hace espectador de injusticias contra las que trata de luchar desde su locura, para terminar malparado.
En ‘Los abogados de Madrid y El Quijote’ se rememoran diferentes fragmentos del ‘Cervantes’. Antonio Garrigues Walter dice que “hay demasiada riqueza, demasiada inteligencia, demasiado genio para poder elegir en cada una de sus páginas para poder decidir la más adecuada”.
Es un libro lleno de reflexiones y críticas que, partiendo de la obra maestra, repleta de ejemplos de normas y procesos, se mezclan lo ficticio y la práctica de la cotidianidad contemporánea del Derecho. José Luis Doñoro Prieto destaca en su texto la carta de Don Quijote a Sancho Panza, gobernador de la isla Barataria, en la que advierte a su fiel servidor: “las leyes que atemorizan y no se ejecutan vienen a ser como la viga, rey de las ranas que al principio las espantó, y con el tiempo las menospreciaron y subieron a ella”, a propósito de la cual el abogado madura: “Ciertamente, son consejos que distan mucho de lo que en nuestros días caracteriza a nuestro ordenamiento jurídico, donde reina la confusión legislativa (…) Las normas carecen de pervivencia en el tiempo, fruto de reflexiones políticas y no jurídicas”.
Unos abogan por hacer referencia a la estructura de la justicia de la época mientras otros prefieren adaptar el ‘caballero de la Triste Figura’ al de un abogado laborista, que, montado en su Vespa, se va topando con injusticias idénticas a las de la ‘antinovela’ de caballerías, pero versionadas al día de hoy.
El homenaje va más allá de lo estrictamente jurídico para destacar un lado más romántico: “Todos sabemos lo que somos, lo poco que somos y lo poco que tenemos, pero no podemos aceptarlo, y la figura de don Quijote nos ayuda más que ninguna otra a superar nuestras limitaciones. Ahí reside la grandeza de un libro y nuestro vértigo hacia su triste y fascinante figura”.
Don Miguel de Cervantes escribió Don Quijote de la Mancha “seguramente, como ocurre siempre, sin tener una clara conciencia de la importancia de lo que se escribía”. Tiene la importancia de una obra de “trascendencia intemporal”: “El tiempo es un buen crítico y escribe en silencio para completar las grandes creaciones”, dice Francisco Loredo.