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Reposición de la inmortal obra de Rostand

Carrión, un Cyrano genialmente humano

09-10-2007 - Emilio Martínez
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Carrión, un Cyrano genialmente humano

Juan Pedro Carrión, genial, borda y pone broche perfecto a la nueva representación en el Teatro Español de Madrid del inmortal Cyrano de Bergerac, del que explota a tope su condición humana en el que posiblemente sea el mejor Cyrano jamás encarnado en España.

Representar a Cyrano de Bergerac, uno de los personajes emblemáticos del teatro universal, es todo un premio, pero también todo un reto, posiblemente de los más dificiles en esta profesión-vocación que es ser actor. Máxime si la anterior puesta en escena, también como ahora en el Teatro Español de Madrid, la protagonizó otro de los grandes-grandes de nuestro panorama: Manuel Galiana. Pero José Pedro Carrión no sólo iguala la ya genial actuación de su antecesor, sino que llega a superarlo en algunos pequeños detalles.

Porque ahora John Strasberg, y la producción en general, apuestan por el lado más humano del personaje, por su faceta menos heroica y más sufridora, menos tópica y más cercana al hombre de a pie. Hasta el punto de que casi nada importa la tremebunda nariz de Cyrano, que pasa prácticamente desapercibida ante la fuerza de sus sentimientos amorosos, ante la tragedia interna que vive mientras externamente aparece como un pendenciero, burlón e inteligente.

Para ello era condición necesaria, suficiente e imprescindible un actorazo capaz de mil registros, sí, pero sobre todo incapaz de la sobreactuación a que puede prestarse el extraordinario personaje de Edmond Rostand, creado hace 110 años. Y ahí  es donde toma ventaja Carrión, no sólo sobre Galiana, sino sobre todos los Cyranos que hemos visto, Depardieu -en el cine- incluido.

Un actorazo con una amplísima trayectoria desde sus tiempos gloriosos del TEI que estremeciendo sus fibras sensibles, rompiéndose las tripas en el escenario con mesura, contención, prodigalidad y verdad -mas sin una exageración, sin un gesto excesivo-, transmitiera todo ello a los espectadores. Unos espectadores que sufren como él, a los que les pone una aguja en el esófago, a los que oprime compulsivamente el corazón. Unos espectadores que vibran y disfrutan parigualmente a Cyrano-Carrión.

Carga ética y estética

Además, y con el denominador común de la belleza y fuerza de los versos, todo se desarrolla sin abandonar la carga de ética y estética moral, sin abandonar su rebeldía antisistema, sin abandonar la reflexión, la honestidad, la tolerancia, la bondad y, quizás lo más importante, la dignidad. Quedando una reflexión final para el espectador crítico: en la más de una centuria que tiene la obra, no sólo no ha envejecido sino que desgraciadamente hoy, en estos desorientados tiempos posmodernos de capitalismo salvaje y olé, del fin (ganar dinero, triunfar) que justifica los medios (el hombre es un lobo para el hombre), es más actual, mucho más que entonces.

La obra cuenta también con la apropiada música de Mariano Díaz, la magnífica escenografía de Daniel Bianco y el acertadísimo vestuario de María Luisa Engel, que suman razones para hacer obligatorio ir a verla, a sentirla y a disfrutarla. Porque la guinda a todo ello, con buenas réplicas a cargo de Lucía Quintana (Rosana, el amor prohibido de Cyrano) y Cristóbal Suárez (Cristián, de quien está enamorada ella) y un aceptable nivel medio en los demás actores, la pone un sublime Carrión. No sólo el más humano, sino posiblemente el mejor Cyrano de los muchos que lo han encarnado. Corran, corran a verlo.