TITO B. DIAGONAL
Barcelonés de alta cuna y más alto standing financiero, muy apreciado en anteriores etapas de este diario, vuelve a ilustrarnos sobre los entresijos de las clases pudientes.
No, si los apocalípticos y profetas de la crisis económica española hasta parece que van a tener razón. Lo que yo os cuente, amadísimos, globalizados, megaletileonorisofiados y racionados niños y niñas que me leéis. ¡Sube el precio del arroz! Hasta un 30% de sobrecoste puede llegar a tener cualquiera de las variedades de este cereal. Lo mismo da que sea grano de Calasparra (el más valorado por los perpetradores sin causa de paellas dominicales) o basmati, el de los curries indios. Y no sé a lo que esperan los anunciadores del desastre para culpar a ZetaPé por las decisiones de los mercados agrícolas internacionales. Primero vino lo de los piratas somalíes que secuestraron al Playa de Bakio, un pesquero bermeotarra. ¿A qué espera Rodríguez Zapatero para dar a la orden a Carme Chacón, la ministra de Defensa, para que resuelvan a tiros la situación como Dios y la Patria demandan? Un calzonazos Zapatero, como diría académicamente, el eximio periodista de la canela fina.
Puestas así las cosas, los arroceros patrios –o sea los productores agrícolas—del Delta del Ebro están por no ceder ni una sola gota de agua a la Generalitat para paliar la sed barcelonesa. Por una vez que pueden sacarle rendimiento a sus tierras (bueno, eso será si los intermediarios, que los hay, se/les dejan), no es cuestión de andarse con miramientos.44
Dicen los oenegeros y los antiglobalizadores profesionales que se avecinan malos tiempos para los alimentos asequibles. Aquí, el que no corre, vuela. Millones de personas del Tercer Mundo tienen el arroz como el alimento principal de su dieta diaria. Eso por no hablar de los españoles y españolas que hacen de la paella, al menos una vez por semana, una de sus señas de identidad. Y, claro, todos tienen que rascarse el bolsillo… Averigüemos el por qué.
Qui prodest?, ¿a quién beneficia?, pero dicho en latín, que es la frase que me sopla Damián, mi redicho valet de chambre. A los arroceros, por supuesto. Pero no a todos, sino a quienes controlan la comercialización del ya carísimo producto. Por ejemplo, a los japoneses, cuyas empresas dominan el mercado del Sudeste asiático. Y, por descontado, a los chinos, con su comunismo capitalista. Tanto en Japón como en China, el arroz no sólo es alimento, sino bebida. Y los gobiernos de ambos países, a lo Pedro Solbes, se frotan las manos pensando en la subida de sus respectivos impuestos sobre bebidas alcohólicas. Los precios del sake japonés y del vino de arroz chino pegarán un subidón fiscal de mil dragones orientales. En ambos casos, pequeñines/as míos/as, más pasta para sus erarios respectivos. Negocio redondo.
Claro que, como me decía hace unos meses mi amigo Patxi Barrenetxea, del PNV y de Neguri de toda la vida, primero empezaron ellos, los chinos y los japoneses, a dejarnos sin angulas. Porque esto es monopolio. Resulta que, de unos años a esta parte, son los chinos los que se acercan a Euskadi y Galicia, en la época apropiada de la pesca de la angula, para comprarla viva. Luego, en avión se llevan los alevines a los arrozales chinos, donde los sueltan. Durante tres o cuatro años, el nacisturus de la anguila, se pone tibio comiendo larvas de gorgojos de los arrozales y engorda cosa mala. Pasado este tiempo, los chinos pescan vivas a las anguilas y se las venden a los japoneses –ictiófagos por antonomasia--, para que hagan ora sushi, ora naguiri-maki. Se ha cerrado el ciclo. Nunca la globalización ha sido más paradigmática.
Pues que no vengan ahora los nipones a intentar comprar excedentes de arroz del Delta del Ebro y de la Albufera valenciana. Ni siquiera del Bajo Guadalquivir. El arroz española, se queda en España. Aunque, claro está, como bien escaso. Por lo cual tengo a bien recomendaros a los de las clases bajas que suprimáis la paella dominical. Os saldría carísima, ya no por el precio del marisco congelado, sino por el precio del arroz. ¿Qué tal si las clases populares os conformáis con unas migas de pastor, con su panceta –poca, que hay que reducir grasas—y un poquito de chorizo? Aprovecharéis el pan seco y, de paso, os ahorraréis una pasta.