
Apenas unos minutos después de la conclusión del cara a cara televisivo, el Partido Socialista celebraba su aplastante victoria en el debate mientras el Partido Popular celebraba su aplastante victoria en el debate. Y los analistas y los medios y los simpatizantes de unos utilizan a su favor los argumentos que los otros analistas y los otros medios y los otros simpatizantes argumentan en su contra. La economía, la educación, la sanidad, la lucha antiterrorista. Los mismos datos se leen de formas antagónicas, las palabras 100 veces pronunciadas ahora se niegan. La verdad es una mentira, o un prisma, o un juego de espejos. La realidad no existe, sólo existe la presunción de que existe, y de que nos pertenece.
La realidad puede ser un jardín de senderos que se bifurcan, y entonces entramos en Borges y en una lectura infinita de nosotros mismos y de los infinitos libros que él leyó, que son todos. Entonces entramos en ese laberinto de signos que es la literatura, donde todos los desenlaces ocurren y cada uno es el punto de partida de otras bifurcaciones. Borges reflexiona: Un invisible laberinto de tiempo. Como la política, como internet, como la existencia de Dios. Y nos cuenta, refiriéndolo a una lejana historia: Ts`ui Pên diría una vez: ‘Me retiro a escribir un libro’. Y otra: ‘Me retiro a construir un laberinto’. Todos imaginaron dos obras; nadie pensó que libro y laberinto eran un solo objeto. Bienvenido a este laberinto que es la vida. Bienvenido a este libro, que eres tú.
Para bien y para mejor, un laberinto no es únicamente una sucesión de tramos cerrados y un solo destino, una espiral de elecciones e indecisiones o una batalla geométrica contra uno mismo. Un laberinto es también una explanada infinita, el desierto de Arabia, una terapia discursiva enfundado en una bata blanca, con zapatillas blancas, entre cuatro paredes blancas y dos sillas metálicas, y blancas. Un laberinto es una línea recta infinita, un camino llano cuyo horizonte se acerca y se aleja, como se acerca y se aleja la línea imaginaria donde se juntan el cielo y el mar. Un laberinto ya es leer a Borges, es intentar comprender a Kafka, es salir de tu cabeza y entrar en la cabeza de otro sin perder tu propia cabeza. Un laberinto es levantarse por la mañana y acostarse por la noche, cruzando una y otra vez las esperanzas del amanecer y los miedos del atardecer y las esperanzas del amanecer. Un laberinto es amar y convertirse en el objeto amado. Un laberinto es escribir una historia de amor, porque ninguna historia es tan laberíntica como la que escriben dos personas en torno a sí mismos, y a su amor.
Ahora imagina ese laberinto escrito por uno solo de los dos, e imagina el laberinto del otro, y los sucesivos laberintos que se crean y se destruyen y se andan y se desandan. Imagina ese laberinto, cualquiera de ellos. Ahora empieza a andar. Ahora es tu laberinto. Ahora es tu historia de amor hacia cualquier otra parte.
I. Entrar y salir
Son las 9 de la mañana. Estación de Atocha. Madrid. El próximo tren por vía 2 no efectuará parada. Las 87 personas que esperan en el anden de la vía 2 suspiran, se lamentan, miran sus relojes y sus móviles y los relojes de sus móviles. Alguno se acuerda en voz alta de los familiares de los trabajadores de RENFE y después menciona a Zapatero, que si los precios, que si el AVE, y entonces alguien menta a Rajoy, a Aznar, y la espera se tiñe de sangre y de recuerdos y de incomprensión y de miedo. Un señor demasiado mayor para tener prisa lleva varios minutos farfullando. Álex le observa sorprendido, reconfortado por la insensatez inofensiva de la vejez. Álex llega tarde al trabajo, pero tampoco le preocupa demasiado. Una señora demasiado mayor para tener prisa lleva varios minutos sonriendo. Marga la observa sorprendida, reconfortada por la insensatez inofensiva de la vejez. Marga espera sentada en los bancos de metal con un macuto repleto de pasado y una mochila vacía para dejar hueco al futuro. En algún momento, en medio del aséptico e indiscriminado cruce de miradas que tiene lugar en cualquier aglomeración de personas, las miradas de Álex y de Marga y del viejo y de la vieja se cruzan, pero ellos aún no se conocen.
El tiempo pasa, el sol trepa por el cielo. Otro tren se acerca, reduce la velocidad, y sigue el destino que le marcan las vías. Al menos 34 personas se han ido ya al metro. Todavía no se oye ninguna explicación por la megafonía. Varios viajeros se han dirigido a los puestos de atención al cliente y a los revisores y trabajadores de cercanías que van de un lado a otro de la estación. Otro tren. Otro adiós. Sólo quedan 13 personas en el andén, esperando. Álex y Marga y el viejo y la vieja están sentados en el mismo banco de metal. Álex ha sacado un libro; Marga se ha puesto los cascos; el viejo refunfuña ojeando un periódico gratuito; la vieja sonríe ojeando un periódico gratuito. Otro tren. Otro viaje perdido. El andén está casi vacío. Nadie ha dicho nada y nadie sabe nada. Álex y Marga y el viejo y la vieja son los únicos que esperan el tren de la vía 2. Hay más trenes y más vías y más tiempo y más transportes. Pero ellos esperan. Un minuto, tres minutos, 20 minutos, una hora. ¿Y tú a quién vas a votar, chavalote? Álex no contesta. Esperan.
El tiempo pasa, qué importa ya cuánto. En algún momento del futuro, o del presente, un tren se para delante suyo. Abre sus puertas.
A. Álex y Marga y el viejo y la vieja se miran, se levantan y entran en el tren, todos en el mismo vagón. El tren cierra sus puertas e inicia la marcha.
B. Álex y Marga y el viejo y la vieja apenas se inmutan, ninguno se levanta y el tiempo enmudece y vigila. El tren cierra sus puertas e inicia la marcha.
(Álex y Marga entran y el viejo y la vieja no. Entra Álex pero no Marga y sí la vieja pero no el viejo. Etcétera. Para hacer este laberinto más transitable, hemos reducido las múltiples posibilidades a solo un par de elecciones, como ocurre casi siempre en política, en el juego, en el amor.)