
Hablar de fracaso con mayúsculas de la cumbre de la FAO la semana pasada sería una terrible injusticia para esas personas, invisibles a los ojos de la opinión pública, que lucharon denodadamente para que se celebrara este encuentro. Al menos hay que reconocerles que algo consiguieron: la mayor campaña de marketing con la que podía soñar un publicista, porque a estas alturas toda la humanidad sabe que no podemos perder ni un minuto, cuando 25.000 personas pierden la vida a causa del hambre cada día y un bebé sufre desnutrición cada cinco segundos.
Puestos a rescatar, mientras en Roma 50 jefes de Estado y de Gobierno y más de un centenar de ministros no conseguían hilvanar algo más que un acuerdo de mínimos, en muchos rincones del mundo se estaba operando el milagro cotidiano de rescatar de la hambruna a madres y niños gracias a las ONGs que operan sobre el terreno, dando respuesta a las verdaderas necesidades de estas poblaciones apremiadas por el calentamiento global y el incremento desmedido del precio de los alimentos.
Así pasa en lugares como Lesotho y Swazilandia, apenas dos pequeños puntos en el mapa, incrustados en el corazón de Sudáfrica. No están elegidos al azar, sino por su record nada envidiable, de acaparar el mayor porcentaje de SIDA del mundo.
Mientras en Roma discrepaban, en Maseru y Mbabane, sus capitales, una logista canadiense, un nutricionista etiope, una monja norteamericana, una enfermera zimbabuesa, un diplomático danés, una nutricionista valenciana y una trabajadora social swazi estaban colaborando codo con codo para evitar que la esperanza de vida de estos dos pueblos no se estanque en los 37 años de edad.
SOLO EN SWALIZANDIA CADA DIA MUEREN 60 PERSONAS POR EL VIH, dejando a 130.000 niños huérfanos a causa de la infección, de un total de un millón de habitantes.
En un país rural como Swazilandia, en el que el 80% de la población vive de la agricultura de subsistencia y en el que se ha pasado de cultivar 120.000 toneladas de grano en el año 2000 a tan sólo 20.000 de 2007, llamar eufemísticamente “sutnami silencioso” a la falta de alimentos, es algo más que faltar a la verdad. Los rostros de los niños con síntomas de desnutrición severa, esas caritas con edemas en la cara que apenas les dejan abrir los ojos, o la hinchazón en los pies que les impiden caminar, gritan por si solos. Bien lo sabe el nutricionista de la misión
española de Acción contra el Hambre, Wondu Asefa, que cada día consigue que la temible estadística de 1 de cada 4 niños menores de cinco años desnutridos, no se convierta en una condena a muerte. Detrás de esos despersonalizados números están bebés de carne y hueso, como Puleng, que a los siete años ingresó desnutrida y afectada por el SIDA en el hospital Scott, donde han conseguido estabilizarla o Mamoroa, una pequeña de apenas dos años que llegó tan grave al hospital St.Josephs de Morija que ni la dieta que obra milagros en otros miles de pequeños consiguió mantenerla con vida, muriendo tres días después de su ingreso en brazos de su madre, en una poco acogedora sala de hospital donde impera el silencio más absoluto que no se atreven a alterar estos pequeños convalecientes.
EL PUMPLY NUT, LA DIETA MILAGRO
Afortunadamente son muchos más los bebés que consiguen superar las deficiencias que provoca la escasez de alimentos de los que corren la suerte de Mamoroa y en gran parte gracias a un complejo nutricional de diseño, denominado Pumply Nut. Bajo los auspicios de la OMS, las Ongs la suministran a estos pequeños en sobres higiénicamente envasados de color metalizado. Su dulzorro sabor a crema de cacahuete permite que los niños los chupen como una deliciosa chuche, aunque en realidad se trate del alimento base que les va a rescatar de la enfermedad segura.
Eva Vicent, nutricionista de la misión española de Acción contra el Hambre es la responsable de formar a las enfermeras locales que sobre el terreno se van a ocupar de contactar con las madres de estos bebés en riesgo de desnutrición o cuando la enfermedad ya se ha manifestado.
Derivar a estos pequeños desnutridos de los centros de salud primaria a los hospitales, cuando los casos se agravan es una ardua tarea que requiere de toda su capacidad de persuasión. Ahí radica una de las habilidades de esta enfermera que lleva a sus espaldas cuatro misiones anteriores en países igualmente asolados por la escasez de alimentos. Para esas madres, tomar la decisión de marchar de la aldea, caminando entre dos y cuatro horas para ingresarlos y permanecer con ellos durante un tiempo incierto, mientras en el hogar espera el resto de sus hijos, no es una decisión fácil.
Para la monja norteamericana de la misión Cabrini, Barbara Staley, los transportes son una de las asignaturas pendientes que impide atraer a los enfermos a los hospitales. En un país donde un 33% de la población está infectada por el SIDA resulta difícil de explicar a un periodista europeo por qué en los centros sanitarios más de la mitad de las camas están sin ocupar.
Una de las razones es tener que pagar entre 8 y 10 días de salario para acudir desde la aldea al hospital. Eso está fuera del alcance de las familias, que prefieren enfrentarse a la muerte en la pequeña cabaña, sin condiciones higiénicas mínimas y sin el remedio de los retrovirales que podrían atajar la infección, porque el enfermo al borde de la muerte está demasiado débil como para caminar.
Igual de sorprendente resulta, para quien se sumerge desde el primer mundo en este círculo vicioso de hambre y SIDA, el que a pesar de que no hay familia en la que no hayan tenido que enterrar a padres e hijos y aunque los retrovirales resultan gratuitos y los preservativos se reparten libremente, no sean suficiente argumento para acabar con el contagio. La ignorancia y la tradición juegan malas pasadas en estos casos, de ahí la importancia de las mediadoras, trabajadoras sociales locales que hablan la propia lengua y comparten costumbres. Son elegidas concienzudamente por los responsables de las misiones, como la que dirige la canadiense Gwynneth Wong de Acción contra el Hambre.
EL CÍRCULO VICIOSO DEL HAMBRE Y EL SIDA
Cuando no hay recursos para alimentarse adecuadamente el sistema inmunológico se debilita y tiene menos posibilidades de defenderse frente a la tuberculosis o el SIDA . Por otra parte, los medicamentos como los retrovirales se absorven peor en un organismo que no se alimenta adecuadamente y además ¿han probado Vds. a tomar pastillas con el estómago vacío?
Si falta el padre o la madre o ambos, se empobrece la dieta y esa nueva generación crece con la espada de Damocles… un círculo vicioso que las organizaciones que operan en las pequeñas comunidades en las que apenas quedan abuelos y niños tratan de romper con alimentos ya enriquecidos para paliar las deficiencias alimenticias. Una solución precaria a un problema cronificado.
A MENOS DE UNA HORA DE LA CIVILIZACIÓN
El turista que se acerca a la capita Swazi, Mnbebane, como extensión de su viaje por Sudáfrica, apenas la diferenciará de cualquier otra ciudad media sudafricana. Se puede degustar una magnífica cocina portuguesa, influencia de la vecina Mozambique, también francesa e italiana. Tampoco va a echar de menos cualquiera de los productos de higiene a los que estamos acostumbrados si se los dejó olvidados en casa. Y, sin embargo, a tan sólo 70 kilómetros de polvoriento camino, en Lubombo, el hambre es una realidad para miles de familias. Pequeñas aldeas de entre 30 y 40 personas, con sus pequeñas cabañas de abode y paja, sufren la pérdida de toda una generación de hombres y mujeres entre los 20 y los 50 años que han fallecido a causa del SIDA o por el contagio de la tuberculosis que el hacinamiento facilita. La abuela, a la que cariñosamente llaman “gogo” acoge a l0 y 12 nietos de diferentes padres, los hijos e hijas que ha perdido por culpa de la enfermedad.
En Lobombo se encuentra la misión Cabrini que en los años 70 fundaron estas misioneras, con la intención de educar en la fe. Ahora no tienen reparos en repartir preservativos y abordar con realismo la promiscuidad de una población que necesita más remedios que caritativos consejos. Allí se encuentra el orfanato que acoge durante la semana a esos niños y adolescentes que de otro modo no podrían llevarse nada a la boca y que se perpetuarían en el analfabetismo.
EL PRINCIPIO DE SOLIDARIDAD SE CONSERVA
Esta generación no debe perder la relación con su familia. Un parentesco algunas veces lejano, pero que la madre Barbara Staley defiende, porque les permite conservar las raíces. Por eso les anima a acudir los fines de semana a sus aldeas de origen. A veces una humilde tienda de campaña cedida hace años ya por los “rotarios” y con agujeros por todas partes les sirve de morada en esos hogares improvisados.
Otros chavales no tienen tanta suerte y la muerte de los padres les ata a un terreno que no pueden abandonar para evitar perder los derechos sobre tan exigua propiedad, si así lo decide la familia.
Por otra parte, la pérdida de los padres y la relación con parientes de lazos no tan próximos provoca un efecto colateral entre las adolescentes, que a los 15 años ya suelen ser sexualmente activas. Ahí está la tarea de la trabajadora social Majera Lechesane. Ella es swazi y puede aproximarse más fácilmente a estas adolescentes a las que resulta difícil resistirse a la presión de un familiar que no siempre utiliza la fuerza, sino la persuasión. Majera se esfuerza en mostrarles mecanismos de defensa contra esta presión. Lleva dos años dinamizando grupos de 20 y 30 adolescentes y como todos los que trabajan en acción social, cree más en el goteo que en el chorreo.
FONDOS DE LA UNIÓN EUROPEA
La tarea de Acción contra el Hambre y otras organizaciones que operan en estos dos pequeñísimos países, como UNICEF, por ejemplo, ( a la que el Barça financia también algunos programas en Swazilandia a través de la propaganda en sus camisetas), o Save de Children, entre otros, cuentan para muchos de los programas que llevan a cabo con los fondos de la Comisión de Ayuda Humanitaria de la Unión Europea, ECHO. Al frente se encuentra un diplomático danés que lleva más de 30 años en Africa, Peter Beck Christiansen, y que no se permite resquicio al escepticismo.
Considera que los más de 3 millones de euros invertidos en 2007 en Lesotho pueden incrementarse y no desaprovecha ocasión para lanzar un mensaje contra la corrupción. Todo y que cree más en la persuasión que en la crítica abierta que, por experiencia, sabe que sólo les haría replegarse en torno a sus viciadas estructuras y perder terreno para actuar. Es el caso de la paradoja que vive Swazilandia con un Rey, Suati III, que cada año celebra la fastuosa fiesta del Junco, conocida mundialmente, en la que elige una joven virgen. Catorce esposas, con sus correspondientes casas y coches de lujo que le cuestan al país más del PIB, con una población que no sabe ni lo que es vivir con dos dólares al día.
Los propios medios de comunicación airean la corrupción de un gobierno en el que hasta 30 altos cargos han sido procesados cuando el primer ministro se ha puesto a investigar el origen oscuro de sus coches y casas, que exhiben sin pudor.
De sobra sabe el representante de la UE que las ONGS con su sola presencia ya generan un cambio de actitudes en la población. Así lo han demostrado recientemente con su censura la Junta Militar de Myanmar y el dictador Mugabe, impidiéndolas actuar.
FALTAN UN MILLÓN DE MÉDICOS EN ÁFRICA
Eva Vicent, 8 años ya de experiencia en misiones humanitarias con la ONG Acción contra el Hambre, ha hecho el camino opuesto de la mayoría de los sanitarios del continente africano. Esta enfermera que se formó en un hospital valenciano, que recibió una inmejorable oferta para especializarse en Suiza, considera que mientras tenga algo que aportar continuará en lugares como Swazilandia. Pero entiende perfectamente por qué médicos y enfermeras oriundos abandonan sus países para trabajar en Europa. Después de años de convivencia ha llegado a la conclusión que su abandono no lo motiva el dinero sino la impotencia ante la falta de recursos. “Es muy duro tener que atender niños sin un triste gotero o una ambulancia de las que carece el sistema de salud swazi”.
PEQUEÑOS RETOS PARA GRANDES OBJETIVOS
“Cuenta lo que ves, necesitamos que los periodistas lo deis a conocer, pero ten cuidado, porque si lo que explicas es demasiado terrible nos perjudica” me advertía la monja norteamericana Barbara Staley, bregada en cientos de escaramuzas en comunidades de Guatemala o con hispanos de Chicago. Por experiencia, me explicaba, cada año viaja a Nueva York, en busca de fondos para su orfanato de Lubombo y si cuenta que las cosas están tan mal se vuelve con las manos vacías. Los americanos, con ese sentido práctico de la vida, no quieren gastar dinero en un pozo sin fondo.