
TITO B. DIAGONAL
Barcelonés de alta cuna y más alto standing financiero, muy apreciado en anteriores etapas de este diario, vuelve a ilustrarnos sobre los entresijos de las clases pudientes.
No, si hoy también. Hoy también tocaba dar tres cuartos al pregonero Progre Bienpensante de la Estricta Observancia… Si hasta en el Parlament(o) de Catalunya, entre pacto y pacto (el Molt Honorable José Montilla y Artur Mas están que casi se besan en la boca), han tenido tiempo esta mañana de realizar una declaración institucional sobre la Jornada Mundial por el Trabajo Digno… ¡Y eso con la que está cayendo! Lo que yo os diga, amadísimos, globalizados, megaletileonorisofiados y dignamente trabajados niños y niñas que me leéis.
“Por un trabajo digno y un salario justo” dicen los sindicalistas –profesionales, por supuesto— de todo pelaje y condición. Bueno, pues estoy de acuerdo con ellos. Es más. Les tomo la palabra. Cualquier trabajo, de esos que conlleva el fichar, sumarse a la cadena de montaje y esmerarse en el ensamblado de piezas, es siempre un trabajo digno. Como lo es, pongamos por caso, el de un interventor de una sucursal suburbana de La Caixa (ya sabéis, la buena-buena), que, a las ocho en punto de la mañana, está denegando hipotecas o revisando préstamos al interés más desinteresado –cosa que no quiere bajo, precisamente—o tres horas después se está tomando un cafelito con un cliente importante (pongamos que un ganadero que espera recibir la correspondiente subvención). Estos y cien mil tipos de empleo más son siempre trabajos dignos.
Como dignos son los salarios que los empresarios abonamos religiosamente. A mayor volumen de negocio empresarial, mayor seriedad a la hora de abonar los sueldos a la plantilla. Es un axioma. Son los pequeños empresarios, los subcontratistas de un subcontratista a su vez subcontratado (ocurre desde la construcción –actualmente en baja-- , y en otros sectores, como el del textil, la confección o las industrias auxiliares del automóvil), los que cometen mil y una trapacerías, racaneando cosa mala a la hora de abonar los salarios a sus trabajadores. Con la excusa de que ellos, estos empresarios de la escala baja –por no decir ínfima—, son unos currantes más, pues como que procuran eludir sus obligaciones con los asalariados. Mal hecho, pequeñines/as míos/as. Pero ya se sabe que no hay peor cuña que la de la misma madera.
Todos los sueldos, fijados por convenio, son justos. Y no sólo eso, sino que, además, benéficos. Eso aparte de tener una dimensión social, porque el curranterío tiene que abonar su cuota parte de impuestos, como todo hijo de vecino. Y, por una vez, sin que sirva de precedente, cito a Karl Marx: “De cada uno según su capacidad; a cada uno según sus necesidades”. Y es el Estado, con los impuestos que percibe de los de arriba (o sea, nosotros) y los de abajo (el resto) el que se encarga de sostener toda esa serie de servicios sociales sin los cuales las clases bajas ya no podéis vivir.
Por tanto está bien que los de bajo luchéis por un trabajo digno. Os lo concedo. Pero, eso sí, de 65 horas semanales que es lo que demanda la Unión Europea, el Estado de Estados. Mientras el obreramen cumpla con su jornada, nosotros, los empresarios continuaremos abonando salarios justos… Eso sí, lo más baratos posibles, que tampoco es cuestión de pasarse, ¿verdad, Celestino Corbacho, ministro de Trabajo de España?