
Que Curri Valenzuela es una periodista que no deja indiferente a nadie, es algo notorio. Se la quiere o se la odia, y en paz. Que se pone el mundo por montera cuando se encocorota, también es patente: no hay sino que ver la que montó en la presentación de su novela, ‘Sola’, en el Círculo de Lectores, cuando expulsó del acto, con no poco enfado, a los redactores de algunos programas de televisión. Y no digo yo que no tuviese su algo de razón, porque esos programas no iban a cubrir un acto cultural –lo suyo no es la cultura, precisamente--, sino a dar el coñazo a los asistentes, que había bastantes y bastante notorios, desde Rato a Ana Botella, por citar solamente algunos, que yo llegué tarde y no los ví a todos.
Pero, en fin, dejemos para otra ocasión esto de la televisión-basura y vayamos al libro. El caso es que Curri se lanzó, no pequeña aventura por cierto, a escribir una novela, tras haber producido algunos libros periodísticos de esos que hacemos los simples mortales. Lo digo porque los simples mortales, cada uno de los cuales llevamos nuestra novelita en el alma, luego somos incapaces de sacarla al exterior y convertirla en negro de tinta sobre blanco de papel. Así que algo de mérito tiene ya la cosa de lanzarse, con veteranía periodística, polémicas y programa televisivo como mochila, a la tarea de escribir un relato de trescientas o cuatrocientas páginas. Y Curri lo hace con gusto.
Claro que se nota que es una primera novela, y eso deja huellas de espontaneidad y de una cierta falta de poso. Pero no me cabe la menor duda de que ‘Sola’, que es el relato, creo, de una abuela o bisabuela de Curri con fondo de guerra civil española, va a tener mucho éxito. Primero, por la personalidad de su autora, que conecta con capas amplias de la sociedad: tiene acérrimos defensores/as como tiene implacables detractores. Segundo, porque la verdad es que ‘Sola’ se lee de un tirón y acabas apasionándote por esa mujer dura, a la que la vida no consigue doblegar, que es la protagonista. Claro que esa protagonista tiene no pocos rasgos que, me parece, ha heredado Curri. Así que el retrato humano está bien logrado. Lo mismo que los paisajes, inequívocamente esos de la Comunidad (entonces provincia) de Madrid en la zona de Tielmes, Carabaña, Morata de Tajuña y hasta Chinchón, donde, aún hoy, el concepto de campo y de sus moradores sigue siendo, con todos los matices que usted quiera, el mismo que en aquellos infelices años treinta y tantos y primeros cuarenta del pasado siglo. Y es ese un paisaje que, me consta, bien conoce Valenzuela desde la niñez.
Tendría pegas formales y, desde luego, también ideológicas, a esta novela. Pero acerca de las primeras no me atrevo, como lego, a extender mis opiniones, y las segundas no deben pesar a la hora de escribir este comentario. Es patente mi diferencia de criterio en muchas cosas con Curri –no hay más que ver las discusiones televisivas que mantenemos--, a pesar de lo cual pienso que salvaguardamos una ya vieja amistad, que es lo importante. Así que considero muy legítimo y defendible su derecho a enfocar la novela exclusivamente desde el bando de los vencedores en la contienda, que es, al fin y al cabo, el bando que ella vivió en su niñez; otra cosa es que a uno le hubiese gustado una mayor equidistancia, pero en fin...
En suma, ya digo que el libro merece la pena de ser leído y chapeau al valor de Curri a la hora de lanzarse a este ruedo, mucho más difícil (aún) que el que alberga un programa televisivo de tertulias.