2012-05-26 03:20:18


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¿Académico de la Lengua?

TITO B. DIAGONAL
Barcelonés de alta cuna y más alto standing financiero, muy apreciado en anteriores etapas de este diario, vuelve a ilustrarnos sobre los entresijos de las clases pudientes.
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Ni Damián, mi redicho y supermegaculto valet de chambre, doctor en Letras, ha resultado inmune a las peripecias y avatares del personaje –bastante cutre, por cierto—de esta temporada. Sí, amadísimos, globalizados, megaletileonorisofiados y chiki-chikiqueteados niños y niñas que me leéis (incluyéndote a ti Laura que me lees aunque te olvidas de subirme) me estoy refiriendo a Rodolfo Chikilicuatre, el representante de España en el próximo Festival de Eurovisión. Un fenómeno, el tipo (al menos eso es lo que dice la empresa que explota sus derechos de imagen) que ocupa más página de prensa, bits en Internet y minutos en radio y televisión que los protagonistas del culebrón pepero.

La última suya ha sido la de dar una conferencia en el Instituto Cervantes, en Belgrado, capital de la república de Serbia. Con un par, el tío. Y gastándose un tupé artificial de los comprados en un “Todo a un eurito”. Y seguro que lo ha hecho a instancias del ministerio de Cultura, ese que pastorea César Antonio Molina (poeta de escasa –mejor así—producción), que sin duda está a favor de todas las formas de cultura, desde la elitista (Molina es un fiel exponente de ella) hasta la más tirada (perdón, quiero decir la más popular, chusmosamente popular). Rodolfo está que se sale con su inesperado éxito de público, que no de crítica. Pero claro, cuando los críticos se encabronan ante un fenómeno tal que así, pues como a los responsables del engendro les entra como un gustirrinín que se manifiesta en su rápida petición del estado de su cuenta corriente bancaria, para aumentar así su regodeo, su regocijo y su patrimonio.

Los entendidos dice, y dicen bien, que el Chikilicuatre es, cuando menos, un corruptor del lenguaje. Y le critican su léxico. Y tienen razón en todo, excepto en un término, el de perrea, segunda persona del imperativo del verbo perrear. Es un americanismo, decididamente vulgar, que lo mismo vale para un roto barriobajero que para un descosido sexual o, cuando menos, sicalíptico. Pero, de todas formas, en boca del cantante no deja de ser tan insustancial (polisémico, diría un lingüista de la escuela estructuralista) como el personajillo en sí.

Se trata, no obstante, pequeñines/as míos/as, de una parodia que muchos agradecen cosa mala. Al menos un inmensa mayoría de la fauna progre, los más exquisitos de su especie, que son capaces –eso dicen ellos—de dar su vida por la emancipación de las clases bajas, siempre y cuando no les obliguen a alternar con ellas. Una frase que no por cínica deja de ser menos cierta.

Puestas así las cosas, me veo obligado a romper una lanza o dos a favor de Rodolfo Chikilicuatre. Porque, ¿qué sería de quienes estamos en la cima del buen gusto y no existiera la más pedestre vulgaridad? ¿Dónde estaría nuestra condición de exquisitos con pedegree si no pudiera contrastarse a diario con las más horteriles tendencias de la parte baja –y ancha—de la pirámide social? Pues eso.

Chikilicuatre no debe entrar en la Real Academia Española de la Lengua. Todavía. No es el momento para unirse semanalmente a quienes, cada jueves, se empeñan en su trabajo de limpiar, fijar y dar esplendor a nuestro común idioma. Por ahora, claro. Porque si, en su momento, Paco Umbral (que en gloria esté) no consiguió un sillón, por sus méritos de innovador del lenguaje, resulta prematuro que Chikilicuatre, a las primeras de cambio, entre en la docta corporación. Un honor todavía no alcanzado por José Manuel de Prada. Y, pese a sus muchos merecimientos de innovación lexicográfica, ni siquiera por Chiquito de la Calzada. Chikilicuatre a lo suyo: a cantar en el Festival de Eurovisión y, luego, a seguir dando conferencias mundo adelante por todas las sedes del Instituto Cervantes. Quizá así, el ministro de Cultura, César Antonio Molina, lo tenga presente para ofrecerle la dirección del Cervantes. Llegado el caso, otros perrearían lo suyo por alcanzar tal prebenda.


    
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