La
respuesta social a las duras medidas que está tomando el Gobierno de
Mariano
Rajoy
es, de momento, muy leve. La mayor parte de los ciudadanos lsas daba
por hechas y es consciente de que hemos vivido por encima de nuestras
posibilidades durante demasiado tiempo. El despilfarro en las
Administraciones públicas, prácticamente en bancarrota, la carencia
de ideas para afrontar la crisis, después de negarla, el desgobierno
socialista y la falta de liderazgo inteligente precipitaron la
victoria de Rajoy. Se esperaban medidas duras y rápidas, reformas
profundas en el modelo financiero, laboral, educativo e industrial.
Se confiaba en las promesas del programa electoral del PP:
sacrificios para todos, no vamos a tocar la sanidad y la educación,
no vamos a subir los impuestos. Pero también se esperaba una
convocatoria a un horizonte en el que ver los resultados, un
"discurso" en el que sustentar las reformas, una voz clara que
dijera cómo estamos y cómo vamos a salir de esto.
La
realidad era mucho peor de lo anunciado y Rajoy debía haber esperado
a saber qué se iba a encontrar antes de prometer nada. Todo era
mucho peor. Pero este Gobierno, especialmente su presidente, carece
de discurso, de esa gran idea que lo mueve todo. Y si lo tiene, lo
esconde. Actúa, anuncia las medidas de forma improvisada, tal vez al
impulso de las presiones, presenta las medidas desordenadamente, hace
lo contrario de lo que prometió y comunica mal lo que hace. El
Parlamento ha perdido su razón de ser -las propuestas, la
negociación, la tribuna de las ideas- especialmente porque el
presidente no protagoniza allí el debate constructivo sobre las
reformas. Los ciudadanos esperan desde hace meses una comparecencia
pública de Mariano Rajoy, pero el presidente está desaparecido.
Europa debería ser un objetivo fundamental, pero a Europa viajan los
ministros -menos de lo necesario y con voces no siempre uniformes-
pero no el presidente. Hemos perdido -desde Zapatero,
que eligió mal todos los aliados- nuestro papel en el concierto
internacional. Pero Rajoy tampoco lo ha recuperado y el peso de
España está bajo mínimos. El imprescindible diálogo con los
empresarios está ausente de la agenda del presidente. La reforma
financiera no acaba de rematarse y es un cáncer para la economía.
La
salida de la crisis es imposible sin reformas a fondo de todo el
tejido social, financiero, educativo, empresarial, sin un cambio de
modelo. Pero también es imposible desde la desconfianza interior y
exterior. Los mercados no parecen convencidos por las reformas
españolas. Los ciudadanos agotan su esperanza. O se explica,
presidente, o nos dice las razones de fondo de sus cambios, su
proyecto para España, el horizonte esperado o se va a quedar solo.
Alguien vaticino que Rajoy no iba a durar más de un año. De usted
depende, presidente, que no sea así. De usted y de la confianza que
suscite en los ciudadanos. No debe permanecer callado ni un día más.
El discurso, presidente, el discurso...