En el mundo
tecnológico de la comunicación electrónica se producen las mismas cosas que en
el viejo mundo del chismorreo: Nada nuevo bajo el sol. Mayordomos infieles,
secretarios indiscretos, soldados desleales han existido siempre. Antes
cometían sus fechorías contra la intimidad y la confidencialidad tras cesar en
sus cometidos de confianza con declaraciones a la prensa sensacionalista o con
libros oportunistas. Ahora, lo único que ha cambiado es la rapidez en la
transmisión de la historieta, simultáneamente al desempeño del puesto. Antes
veían lo que podían por el ojo de la cerradura o tras los cortinones, ahora
miran las pantallas del ordenador y le llaman "wikileaks". "Wiki", expresión
originaria de los nativos de Hawái, significaría rápido y "leaks" filtración.
El contagio de estas artes del fisgoneo llegaría hasta la residencia del Papa y
lo bautizarían como "Vatileaks".
Wikileaks o Vatileaks
son frutos de la misma mentalidad y no conviene idealizar lo que nace de la
codicia, el resentimiento o la envidia de individuos de doble cara. Hay que
creerse que todos los que ostentan cargos de influencia o poder son seres
malignos que esconden tras su apariencia solemne una siniestra catadura para
tratar de justificar a los filtradores de bajo nivel. Lo revelador de a cual
tendencia pertenecen los espiados con fruición está en la frase del australiano
Julián Assange: "Disfruto machacando bastardos". Convendría pensar a qué tipo
de "bastardos" elige preferentemente el rey de los filtradores.
No hay
noticias de filtraciones de los gobernantes totalitarios de Irán, Corea del
Norte o Cuba, ni tan siquiera de algún chino reconvertido a la versión corrupta
del comunismo-capitalista. Tampoco de las tramas negras del terrorismo. Las
filtraciones son de despachos diplomáticos de naciones democráticas, de
supuestas instrucciones a escalones ínfimos de ejércitos de una alianza
democrática o de empresas que ejercen su actividad en mercados abiertos. La
careta de los "anonymous" no tapa rostros inocentes sino semblantes sectarios
empeñados en demoler la confianza en si mismos de pueblos que disfrutan de
libertad de expresión. La estúpida utopía anarquista de los antisistema sin
alternativa es una mala coartada para disfrazar una actividad de carcoma en las
vigas de madera de los castillos de piedra inatacables de frente. También,
según vemos, hay quien ha aprendido a carcomer en el alcázar pontificio. Da lo
mismo llamarse Paolo Gabriele o Bradley Manning. Wikileaks o Vatileaks son,
análogamente, tareas de carcoma. Nada de venganza contra las mentiras de poder
sino trabajos despreciables de contrapoderes sin futuro servidos por mayordomos
sin fronteras.
"Entregamos la
información a los medios y a ver que hacen" escribió Julian Assange. Por ello
los ladrones de documentos ajenos no pueden acogerse al derecho a la libertad
de información o expresión como los periodistas que difunden las noticias que
llegan a sus manos o los comentaristas que opinan sobre ellas. Los "wikileaks" no
informan ni opinan, simplemente roban dentro de las casas que los acogen.
Pertenecen a la clase delictiva de los criados infieles de siempre en moderna
versión electrónica.
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