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'Solo son mujeres': ellas siempre pierden
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'Solo son mujeres': ellas siempre pierden

Ryszard Kapuscinski, polaco y maestro de periodistas, dijo en Los cínicos no sirven para este oficio algo que ya he citado en más de una ocasión porque estoy plenamente convencido de su veracidad: «Dentro de una gota hay un universo entero». Un montaje que acaba de estrenarse en el Teatro de La Abadía de Madrid, ‘Solo son mujeres’, es una nueva prueba de ello. Con texto de Carmen Domingo y dirigido por Carme Portaceli, unos pocos ejemplos de mujeres hablan con un grito sobrecogedor, desgarrado y tan estremecedor como real, de la vida misma, de la invisibilidad y el sufrimiento de la mujer durante la Guerra Civil Española, pero este ejemplo puede servir para todas las mujeres, de todos los tiempos, y de todos los bandos porque, al final, sucede lo mismo: ellas siempre pierden... Se trata de un montaje interdisciplinar donde confluyen interpretación, danza y música, que permanecerá en cartel hasta el 17 de abril, y cuenta en escena con Míriam Iscla, que interpreta a las mujeres de las cinco historias, Sol Picó en representación de todas las mujeres del mundo, y Carmen Conesa, como voz del inconsciente. La cantante y compositora Maika Makovski firma la música original.

No solo por ser mujeres militantes o luchadoras por los derechos de la mujer, sino por el mero hecho de ser esposas, hijas, madres o nietas de republicanos, muchas mujeres españolas fueron a dar con sus huesos en las cárceles en la Guerra y en la posguerra del 36 que, en ese momento, solo albergaban a prostitutas y delincuentes comunes. Ellas nunca fueron consideradas presas políticas. En ‘Solo son mujeres’ se cuenta la historia de cinco mujeres que viven la terrible guerra fratricida española y que padecen las peores secuelas de la misma. En la obra se conjugan realidad y fantasía en un mismo plano porque la ficción dramática, poética y musical tienen su base en historias concretas que sucedieron en las prisiones de mujeres de Las Ventas, Saturrarán, Amorebieta, Les Corts, Valencia, Palma de Mallorca, Sevilla, Málaga, Melilla, Segovia o de cualquier otra prisión femenina española de la época.

Son miles las historias de mujeres represaliadas por el bando ganador que murieron en las cárceles franquistas que nadie se ha preocupado por visibilizar. Todas ellas, en buena medida, están también escritas en las de algunos ejemplos que tomó Carmen Domingo cuando investigaba sobre el tema. Se han contado aún muy pocas veces y menos aún sobre un escenario. Carme Portaceli ha dado estructura dramática a las historias escritas por Carmen Domingo y el resultado constituye un espectáculo tan duro como bello, tan fascinante como indigesto, porque al final el espectador sale de La Abadía tocado íntimamente, con el cuerpo revuelto. Con todo, eso no es nada comparado con los sufrimientos que tuvieron que soportar tantas y tantas mujeres represaliadas por el franquismo, o afectadas hoy por tantas y tantas guerras como, desgraciadamente, siempre hay sobre la Tierra. Aquí se cuentan varias historias de mujeres como las de Tomasa Cuevas -militante de las Juventudes Comunistas, detenida, torturada y encarcelada y condenada a 30 años. Con la libertad condicional huyó a Francia y después a Praga-, Amparo Barayón -casada con el escritor Ramón J. Sender, trabajó en organizaciones anarquistas aunque era católica y de una familia de derechas-, o Matilde Landa -militante del Partido Comunista de España-, entre otras.

De las cunetas, al escenario

Sobre el escenario, un piano al fondo y, delante, en el suelo, muchas botellas vacías con un papelito dentro. Cada una de esas botellas contiene el nombre de una mujer muerta (alguien los había escondido entre las ropas, antes de ser enterradas en las cunetas, para su posterior identificación). En el proscenio hay varias grabadoras para recoger los testimonios de muchas otras mujeres supervivientes que lo han callado todo durante muchos años… Al fondo, en una gran pantalla, se proyectan imágenes de carreteras con cunetas, de la guerra de España, de monjas (desgarradora alguna declaración ante ellas…). Más tarde, se introduce en el escenario una especie de gran urna de cristal rectangular, con agua dentro para bautizar, a su pesar, a Matilde Landa que se suicidó en septiembre de 1942 en la prisión de Palma de Mallorca, bautizada en su última hora de vida (“me bautizaron con la agonía...”. “Vosotras sois mujeres, no sois nada”).

Míriam Iscla, Sol Picó y Carmen Conesa trenzan una interpretación magnífica en cada una de las disciplinas que confluyen en este impactante espectáculo. Carmen Conesa, aunque es una actriz soberbia, (lo demostró una vez más en el reciente monólogo de Max Aub, http://www.diariocritico.com/teatro/de-algun-tiempo-a-esta-parte-sobrevivir-a-toda-costa), aquí toca el teclado, la guitarra eléctrica y, además, canta estupendamente: “... Puente de los Franceses... Casa de Campo...”. Sol Picó baila con pasión desmedida, y Míriam Iscla se mete en el papel de esas cinco mujeres con una facilidad pasmosa, nerviosa -sin parar de arrugar un pico de su bata gris de cuadros-, llorando, desconsolada, hablando con una madre de la abuela a la que han encontrado enterrada también en la cuneta, con dolor de madre a la que se llevan sin su hijo; y de niña de la guerra llevada a Rusia (la vuelta a España, desorientada, “tengo que perdonar, pero antes tengo que recordar”, dice).

En conjunto, ‘Solo son mujeres’ constituye un espectáculo imprescindible, tan necesario como doloroso, de episodios que nunca debieran repetirse, ni aquí, ni en ningún lugar.

‘Solo son mujeres’, de Carmen Domingo

Directora: Carme Portaceli

Intérpretes: Míriam Iscla, Sol Picó y Carmen Conesa

Espacio escénico: Paco Azorín

Vestuario: Antonio Belart

Iluminación: Miguel Muñoz

Sonido: Efrén Bellostes

Ayudante de dirección: Judith Pujol

Teatro de La Abadía, Madrid

Hasta el 17 de abril de 2016

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