
Dos siquiatras entraron en la escena pública mundial y local de golpe. Radovan Karadzic era uno de los hombres más buscados del planeta por cometer crímenes de guerra en la antigua Yugoslavia (entre 1992 y 1995). Y Edmundo Chirinos, quien está siendo investigado por la desaparición de una joven de 19 años de edad, encontrada sin vida en un parque de la ciudad de Caracas.
Karadzic, descubierto y arrestado en Nueva Belgrado, barrio nuevo rico de la capital de Serbia, será trasladado a la cárcel de Scheveningen, en el distrito costero de La Haya, y juzgado en el Tribunal Internacional de las Naciones Unidas, por 11 acusaciones de crímenes de guerra, exterminio, y complicidad con genocidio.
En Caracas, una historia que parece habérsele escapado a un hipnótico escritor de telenovelas tejió el drama de una joven anoréxica de 19 años, Roxana Vargas, que antes de desaparecer relató en su blog su descenso al infierno.
En ese diario digital Vargas menciona al psiquiatra conductista Edmundo Chirinos como su terapeuta, a quien lo une –asegura– una relación sentimental. Este médico ha desmentido todas las acusaciones de la paciente.
El desenlace de las dos historias pertenece al terreno inescrutable de la justicia. Otro aspecto importa más, porque ha sido poco mencionado: el encubrimiento que ciertas sociedades suelen hacer de las zonas oscuras que conviven en ella.
Conocida es la metáfora del cadáver del dinosaurio que se encuentra en la sala de una casa. Los miembros de esa familia pasan todos los días por encima de la criatura prehistórica, como si no estuviera allí. Pero lo cierto es que se encuentra en la sala, en estado de descomposición, y habla de los conflictos históricos del grupo familiar.
Radovan Karadzic era un ególatra, un poeta y un exhibicionista. Y uno de los estrategas de la limpieza étnica en los Balcanes, cuando Yugoslavia voló por los aires. El nacionalismo quemaba sus venas: creía en una Serbia para serbios. Era, también, un psicópata que fue presidente de la República de los Serbios en Bosnia (Srpska).
¿Cómo explicar entonces que viviera 12 años en Belgrado, con otra identidad (Dragan Davic), como un gurú de la medicina alternativa, con una frenética vida social, sin ser descubierto? La gente asegura que era simpático y entrañable. Parecía Papa Noel. Escribía cuentos para niños.
Vendía compuestos vitamínicos en una empresa de corte piramidal: el que más trae clientes y ventas, gana más. Karadzic era un as. Vendía como loco. Mandaba mensajes de texto furiosamente. Prometía ayuda para rejuvenecer, tener mejor aspecto, ser más inteligente, mejorar como persona y ser un tigre en la cama.
Sus lemas eran impresionantes: "Usted nunca estará solo e indefenso" y "No hay situaciones sin salida". Entre sus productos ofrecía un collar que alejaba las energías negativas.
Y daba cursos por todo el país sobre las ventajas de la vida sana.
Varios especialistas han coincidido en que era imposible vivir en pleno Belgrado, sin protección de servicios secretos y de la comunidad. Y ahí uno se pregunta qué sociedad puede convertir a un personaje que cometió semejantes atrocidades en los Balcanes en un viejito venerable. Una que sin duda se encuentra muy enferma y desquiciada.
Más allá de lo que haya ocurrido con Roxana Vargas, el caso de Edmundo Chirinos merece atención porque no es la primera vez que un paciente cuestiona sus métodos.
Sus recientes declaraciones ante periodistas de Globovisión resultan por lo menos imprudentes: menciona la sangre encontrada en su consultorio como producto de las sesiones de electroshock que le aplicaba a sus pacientes, y refiere públicamente las dificultades personales de Vargas para defenderse de las sospechas.
Estas ligerezas no son nuevas, pero no han impedido que avance como un profesional que ha podido ser ex rector de la Universidad Central de Venezuela, ex candidato presidencial, ex militante del Partido Comunista, y como él mismo ha confesado, ex psiquiatra de Rafael Caldera, Jaime Lusinchi y Hugo Chávez Frías.
¿No habría que preguntarse entonces cómo fue posible que toda esta situación pudiera vivir entre nosotros sin que nadie levantara una señal de alarma, sin que se advirtieran los restos del dinosaurio en la sala?
Sergio Dahbar
sdahbar@hotmail.com
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